Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 5: Fuego en la Noche y Almas en el Bósforo

Mirza estaba completamente sumergido en la silueta de aquella mujer. Sobre el escenario del Meyhane, Kraliçe cantaba sentada en un taburete alto, con una pierna erguida donde apoyaba el brazo, inclinándose hacia el micrófono con una pasión que parecía desgarrarle el pecho. En un gesto cargado de sensualidad natural, echó su larga cabellera hacia atrás. Al verla, Mirza sintió un calor repentino y se aflojó la corbata, incapaz de apartar los ojos de ella. Llamó al mesonero con una seña y ordenó una bebida exclusiva para que se la llevaran directamente.
Cuando la última nota de la canción se extinguió, el lugar estalló en aplausos. Kraliçe bajó del escenario mientras el mesonero se abría paso entre la multitud y le entregaba la copa.
—Te mandan esta bebida de aquella mesa —le dijo el hombre.
Kraliçe, acostumbrada a las atenciones de sus clientes pero siempre guardando las distancias, no se preocupó. Sin embargo, por pura cortesía, le pidió al mesonero que le indicara quién era para darle las gracias. El hombre señaló hacia la penumbra:
—La mesa siete.
Kraliçe caminó lentamente hacia los escalones, bajando la mirada con un gesto de extrañeza y preocupación, intentando descifrar la identidad del misterioso caballero entre la luz difusa. A su alrededor, la multitud coreaba con euforia: «¡Kraliçe! ¡La mejor!». Pero al levantar la vista y enfocar la mesa siete, se quedó helada. El suelo pareció desaparecer bajo sus pies. Era él. Dio un paso hacia atrás por puro instinto y se llevó la mano al pecho, con el corazón desbocado. ¿Qué hace este hombre aquí?, pensó con furia. Él es quien quiere destruirme, y yo a él.
Mirza, sosteniéndole la mirada con arrogancia y fascinación, le hizo una sutil seña con la mano. A su lado, Volkan, que observaba la intensa fijación de su amigo, se inclinó hacia él.
—¿Quién es esa mujer, Mirza? —preguntó intrigado.
—Una mujer que creo que es el mismísimo demonio —respondió Mirza con la mandíbula tensa—. Pero no lo sé... hay algo en ella que me quiere volver loco.
Kraliçe, tragándose el orgullo, le dedicó un frío e imperceptible asentimiento de cabeza en respuesta a su saludo. La gente le suplicaba otra canción, pero ella ya no quería cantar. Se dirigió a la mesa de sus amistades, se sentó e intentó actuar con normalidad, riendo y bebiendo, aunque sus ojos inevitablemente escapaban de reojo hacia la mesa siete cada tanto.
El alcohol ya empezaba a hacer efecto en algunos clientes del local. En un momento de la noche, Kraliçe se puso de pie para acomodarse el pantalón, una acción que acentuó de forma espectacular su imponente y hermosa figura. Al sacudir su cabello con orgullo, un hombre de la mesa contigua, bastante pasado de tragos, olvidó el respeto sagrado que todo el barrio le profesaba y la tomó atrevidamente por la cintura.
Kraliçe reaccionó de inmediato, empujándolo con asco y apartándolo con fuerza. Pero antes de que sus amigos pudieran intervenir, una sombra imponente cruzó el local a la velocidad del rayo. Mirza Alkan se había levantado de su mesa hecho una furia. Llegó directo hasta el sujeto y le propinó un puñetazo demoledor que lo mandó al suelo. Acto seguido, los hombres de la taberna se lanzaron encima del agresor; nadie tocaba a la reina de Ortaköy.
El caos se apoderó del Meyhane. Otro de los acompañantes del borracho intentó golpear a Mirza por la espalda, pero Kraliçe, al ver el peligro, se interpuso valientemente entre ambos. Comenzó un violento tira y encoge entre los clientes hasta que finalmente lograron sacar a patadas a los revoltosos. Con la respiración agitada y la adrenalina a tope, Mirza miró al dueño del local, quien se acercaba furioso a pedir explicaciones. Volkan se plantó al lado de su amigo, imponente como un toro listo para la batalla.
—¿Cuánto vale tu negocio? —soltó Mirza con prepotencia, sacando su chequera—. Dime cuánto vale. Lo compro ahora mismo solo para que saques a todo el mundo de aquí.
Kraliçe lo tomó del brazo y lo soltó con desprecio, mirándolo con los ojos encendidos en ira.
—¿Qué te pasa a ti? ¿También vas a comprar esto? ¿Qué demonios te pasa? —le reclamó a gritos.
—¡Estoy intentando defenderte! —respondió Mirza, frustrado por su reacción.
—¡No me defiendas! ¡Yo me sé defender sola!
La clientela, al ver que el millonario le gritaba a su Intocable, comenzó a cerrarle el paso a Mirza y a Volkan, dispuestos a lincharlos. Kraliçe, manteniendo el control, extendió las manos hacia su gente:
—¡Tranquilos, tranquilos todos! No pasa nada.
Mirza guardó silencio, tragándose el orgullo al ver el poder que esa mujer de jeans ajustados tenía sobre las masas.
—Está bien. Si incomodo, mejor me voy —dijo él con frialdad.
—Sí, es lo mejor. Vete —sentenció Kraliçe sin titubear.
Mirza se le quedó viendo fijamente, inundado por una mezcla de impotencia y deseo. Aquella mujer era un enigma absoluto, una fuerza de la naturaleza indomable a la que el dinero no podía comprar. Sin decir más, él y Volkan salieron de la taberna, pero no se marcharon; se quedaron en la acera exterior, conversando en voz baja bajo la luz de los faroles.
Horas más tarde, la agitación dentro del local comenzó a mermar. Kraliçe, agotada mentalmente, decidió que era hora de marcharse. Salió a la calle con paso rápido, sin mirar a los lados, por lo que no notó la presencia de los dos hombres que seguían allí. Caminó con rumbo fijo hacia su lugar de escape: la orilla del Bósforo.
Afuera, Volkan le dio un codazo a Mirza.
—Mirza, mira quién va allá. ¿No es la mujer de la taberna?
Mirza la detalló en la distancia. Su andar elegante era inconfundible.
—Sí, es ella —susurró.
La siguió con la mirada mientras Kraliçe se detenía frente al agua oscura. Ella sacó un cigarrillo, lo encendió y comenzó a fumar, sumergida en sus pensamientos, buscando paz en el murmullo de las olas. De repente, una silueta alta se posicionó a su lado. Kraliçe no tuvo que voltear; el aroma a perfume caro y maderas orientales delató de inmediato a Mirza Alkan.
—¿Es tan oscuro tu pasado como se ven ahora las aguas del mar? —preguntó Mirza con voz grave, rompiendo el silencio de la noche—. No creo que tu peso o tu carga sea más fuerte, más atrapante o más hiriente que la mía, Kraliçe.
Ella soltó una bocanada de humo y lo miró de reojo, con una risa amarga.
—¿Qué vas a saber tú de cargas o de dolor? Tú lo tienes todo. Tienes el mundo a tus pies.
Mirza desvió la mirada hacia el horizonte negro del Bósforo, y con una seriedad que le erizó la piel a Kraliçe, sentenció:
—El dinero no lo es todo, Kraliçe. El dinero está porque se trabaja, pero hay vacíos que ninguna cantidad de oro puede llenar...




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