Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 6: El Pacto del Bósforo y Almas Desnudas

​Kraliçe le dio una larga calada a su cigarrillo. Guardó silencio, permitiendo que el humo flotara entre ellos mientras las palabras de Mirza flotaban en el aire frío de la noche. El licor de la taberna comenzaba a apaciguar la agitación en su pecho y el tabaco terminaba de relajar sus músculos tensos. Por primera vez, Kraliçe no sintió el impulso de atacar; se quedó allí, quieta, escuchando con atención absoluta, mientras el imponente magnate continuaba desnudando una faceta que nadie más conocía.
​—El amor es hermoso, es bello... —continuó Mirza con la voz impregnada de una melancolía profunda—, pero también destruye. El amor te acaba, Kraliçe. Te rompe de formas que no puedes imaginar. Por eso tienes que enfocarte en otras cosas, en el poder, en los negocios, para no volver a sufrir jamás.
​Él hizo una pausa, girando el rostro para mirarla directamente a los ojos bajo la penumbra del muelle.
​—Detallé cada letra de la canción que interpretaste en el Meyhane. Sentí... sentí como si me la estuvieras cantando a mí, de una forma diferente, pero con el mismo dolor.
​Kraliçe no dijo una sola palabra. Sus defensas se iban abriendo milímetro a milímetro ante la confesión de ese hombre de hielo. Mirza, atrapado en el magnetismo de la noche y sin entender del todo por qué se estaba confesando con la mujer que horas antes lo había desafiado, soltó un suspiro pesado.
​—No sé por qué te estoy diciendo esto —admitió él, mirando de nuevo hacia las aguas—. Pero yo... yo amé una vez a una mujer. Una mujer hermosa, maravillosa. Alguien que daba la vida por mí, así como yo la daba por ella. Ella no tenía riquezas materiales, no tenía nada, pero parecía tenerlo todo porque era una persona realmente feliz, honesta, buena. Y no sé por qué... hay algo en ti, en tu fuerza, en tu mirada, que me la refleja. Esa mujer llenaba mi vida por completo.
​Kraliçe, ajena por completo a la tragedia y arrastrada por el escepticismo que la acompañaba desde sus diecinueve años, asumió que la historia era el típico abandono de la alta sociedad. Con una ironía afilada, le soltó sin anestesia:
​—Sí, el amor destruye y hace que cierres puertas que quizás pensabas dejar abiertas para siempre. ¿Quién sabe qué le harías tú a esa mujer para que se fuera de tu vida y no volviera más?
​El comentario cayó como un balde de agua helada. Mirza se llenó de una rabia ciega; apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y la mandíbula le tembló. Estuvo a punto de estallar, pero respiró hondo, repitiéndose a sí mismo en su mente: «Cálmate, Mirza. Ella lo está diciendo porque no sabe. Ella no sabe qué pasó».
​Cuando logró dominar la tormenta interna, la miró con unos ojos cargados de un dolor tan real que a Kraliçe se le congeló la sangre.
​—¿Sabes dónde está esa mujer ahora, Kraliçe? —preguntó él con un hilo de voz—. Esa mujer está en mi alma y en mi pensamiento. Está viva en mi hija de cinco años. Ella no se fue porque quiso. No me abandonó. Ella se fue porque Dios la necesitaba a su lado... Perdió su propia vida en el momento exacto en que daba una vida.
​Un silencio sepulcral se apoderó del Bósforo. A Kraliçe la invadió una sensación de "trágame tierra" que la dejó completamente paralizada. El remordimiento la golpeó con fuerza en el estómago. De inmediato, disimulando el nudo en la garganta y la falta total de palabras, soltó el pedazo de cigarrillo que le quedaba, lo tiró al suelo y lo pisó con la punta del tacón, intentando procesar el peso de su error.
​A Mirza se le escapó una lágrima traicionera que brilló bajo la luz del farol. Al ver el sufrimiento de ese hombre imponente, el instinto bondadoso de Kraliçe la traicionó: estiró la mano para tocarlo, para ofrecerle un consuelo humano, pero a mitad de camino recordó quiénes eran y echó las manos hacia atrás, entrelazando sus dedos con nerviosismo.
​—Lo siento... —susurró ella entre dientes, con una timidez extraña en su carácter—. De verdad, discúlpame. No... no tenía idea. No sé qué decirte.
​Mirza asintió levemente, aceptando las disculpas silenciosas. A partir de ese momento, la atmósfera cambió por completo. La hostilidad se evaporó y dio paso a una conversación larga, tendida y madura. Hablaron de la vida, del dolor, de las responsabilidades y del peso de proteger a quienes amaban.
​Y entonces, en medio de la madrugada, Mirza la miró con una suavidad inédita y pronunció las palabras que Kraliçe creía imposibles:
​—No voy a comprar el huerto de Iznik, Kraliçe. Retiraré la oferta de Alkan Holding. No habrá resorts de lujo, no habrá puertos privados y no se demolerá absolutamente nada en esas tierras. El huerto es tuyo.
​La noticia impactó a Kraliçe con una descarga de alegría y emoción tan desbordante que su mente racional se apagó. Sintió una oleada de energía positiva recorrerle el cuerpo y, arrastrada por la pura gratitud colectiva hacia su pueblo, acortó la distancia y lo abrazó con fuerza.
​Mirza se quedó estático, completamente sorprendido por el contacto. Sus manos quedaron suspendidas en el aire por un segundo, congeladas ante la calidez de ese cuerpo, pero finalmente cedió. Rodeó la cintura de Kraliçe con sus brazos y la apretó contra su pecho en un abrazo intenso y prolongado.
​En ese instante se produjo una colisión sensorial absoluta. Hubo una penetración profunda de olores: la fragancia del perfume caro y amaderado de Mirza se mezcló con la esencia dulce y el pH de la piel de Kraliçe; el aroma de su cabello indomable inundó los sentidos del magnate, y el calor de sus anatomías pareció generar un puente directo entre sus cerebros. Estaban conectados, fundidos en un espacio donde el tiempo se detuvo.
​—¿Mirza? ¿Estás ahí? —la voz imprudente y potente de Volkan rompió la magia de golpe, resonando desde la distancia.
​Ambos se soltaron de inmediato, recuperando la compostura a toda prisa, aunque con la respiración ligeramente alterada.
​—Sí, sí... estoy aquí, Volkan —respondió Mirza, aclarándose la garganta.
​Kraliçe, con las mejillas encendidas por el rubor de la emoción y la cercanía, se acomodó la camisa de seda.
​—Bueno... yo me voy —anunció ella, dando un paso atrás.
—Si quieres, te llevamos —ofreció Mirza de inmediato.
—No, gracias. Puedo irme sola.
—Te voy a llevar, Kraliçe —insistió él con un tono firme pero protector—. No te voy a dejar caminar sola a esta hora. Los hombres de la taberna todavía podrían estar afuera merodeando.
​Tras dudarlo un segundo, Kraliçe aceptó. El trayecto en el automóvil de lujo estuvo envuelto en una tensión completamente diferente a la del inicio de la noche. Sentados en el asiento trasero, manteniendo una distancia prudencial, ninguno de los dos podía ocultar una risita extraña, sutil y contenida que se dibujaba en sus rostros. Volkan iba al volante, manejando con tranquilidad, pero no podía evitar mirar a cada rato por el espejo retrovisor, divirtiéndose en silencio al notar la complicidad magnética que acababa de nacer entre su indomable amigo y la reina de Ortaköy.
​Minutos después, el coche se detuvo frente a la acogedora y hermosa casa de Kraliçe.
​—Bueno, ahora ya sé dónde vives —comentó Mirza mirándola de reojo con una sonrisa enigmática.
​Kraliçe abrió la puerta del auto, pero antes de bajarse, se giró hacia él con una mirada pícara y desafiante:
​—Vaya... veo que sabes demasiadas cosas de mí, señor Alkan. Casi parece que me estuvieras investigando.
​Al verse descubierto, las mejillas de Mirza se tiñeron de un ligero color rojo, perdiendo por completo su semblante frío de negocios.
​—Para nada... —intentó defenderse el magnate, desviando la mirada.
​Kraliçe soltó una pequeña risa triunfante, bajó del vehículo y clavó sus ojos en los de él por última vez esa noche.
​—Está bien, te creeré. Buenas noches, Mirza.
​Se dio la vuelta y caminó hacia su entrada con su elegancia habitual, dejando a un Mirza Alkan completamente desarmado, con el corazón latiendo a un ritmo que creía olvidado y con el aroma de ella impregnado en cada fibra de su ropa




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