Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 7: Candados Rotos y Dulces Sorpresas

​El trayecto de regreso en el coche fue silencioso hasta que Mirza, inquieto por sus propios pensamientos, decidió pasarse al asiento del copiloto al lado de Volkan. Se quedó con la mirada fija en el asfalto que brillaba bajo los faroles de Estambul, reviviendo cada segundo del abrazo y el aroma de Kraliçe. Volkan, divertido por la obvia distracción de su amigo, rompió el hielo con una sonrisa pícara:
​—Mirza... me habías dicho que esa mujer era el mismísimo demonio, pero por lo que acabo de ver, más bien parece que un ángel acaba de caer en tu vida.
​Mirza no respondió. Siguió sumergido en su propio mundo, completamente ido. Al ver que no reaccionaba, Volkan estiró la mano y le dio un pequeño toque en el hombro. Mirza brincó en el asiento, sobresaltado.
​—¡Oye, amigo! ¿Qué te pasa? —se rió Volkan—. Te estoy diciendo que jurabas que era un demonio, pero tiene toda la pinta de ser el ángel que necesitabas.
​Mirza esbozó una sonrisa contenida, casi tímida, y desvió la mirada hacia la ventana.
​—Ah, eso... Bueno, no lo sé. Esa mujer tiene algo sumamente extraño, Volkan. No sé qué demonios me está pasando con ella.
​Mientras tanto, Kraliçe entró a su casa de puntillas. Sus padres ya dormían profundamente, pero la tranquilidad le duró muy poco. En medio de la penumbra del pasillo, su hermana Elif se materializó como un fantasma, con los brazos cruzados y una mirada llena de pura intriga.
​—¿Y dónde está tu coche? ¿Quién te trajo a esta hora? —susurró Elif, acorcolándola.
—¡Cállate y relájate, Elif! Vas a despertar a mamá —le chistó Kraliçe, tratando de avanzar.
—No me voy a callar nada si no me cuentas ya mismo. ¡Llamo a mamá ahora mismo!
—Está bien, está bien... —cedió Kraliçe con una sonrisa pícara que no pudo ocultar—. Me trajo un amigo con el que estoy haciendo unos negocios, eso es todo.
​Elif abrió los ojos de par en par, completamente emocionada.
​—¡Cuéntame más! Por favor, ¡cuéntame más! ¿Por fin te vas a enamorar?
—¿Qué dices? Yo no me voy a enamorar de nadie —sentenció Kraliçe intentando recuperar su postura firme—. Solamente me dio un aventón porque se armó una pelea horrible en el Meyhane, y para evitar más problemas, me trajo. Es todo.
—Ay, no... a mí esto no me huele nada bien —insistió Elif, acercándose a su rostro—. Me estás ocultando algo muy grande, Kraliçe. Tus ojos están demasiado brillantes hoy.
​Kraliçe, sintiéndose descubierta, corrió hacia el baño para evadirla, pero Elif se le pegó atrás, metiéndose detrás de ella.
​—¿Qué haces? —reclamó Kraliçe.
—Vengo a ver tus ojos de cerca para comprobar si están brillantes. ¡Ja! ¡Te caíste! Sí, estás enamorada. ¡La gran Kraliçe Soylu está enamorada!
​En ese momento, la puerta del baño se abrió más y apareció Giray, el hermano menor, apretándose los ojos con fastidio, completamente adormilado por la bulla.
​—¿Cuál es el escándalo que tienen ustedes dos aquí adentro? —protestó Giray con la voz ronca—. Déjenme dormir. ¿Qué es lo que pasa?
—¡Que Kraliçe está enamorada! —soltó Elif a viva voz.
—¡Que te calles, Elif! —le gritó Kraliçe, muerta de la vergüenza.
—Yo no estoy diciendo nada malo... A ver, Giray, pregúntale tú dónde dejó su coche y quién la trajo en ese tremendo...
​Antes de que Elif terminara la frase, Kraliçe salió disparada del baño, se metió en su habitación y trancó la puerta con llave. Elif se quedó del otro lado, dándole pequeños golpes a la madera con tono burlón.
​—¡Ábreme, por favor! Mañana por la mañana me lo vas a tener que contar absolutamente todo, no te vas a escapar.
​Al día siguiente, el domingo amaneció con la energía vibrante de siempre. Era el día sagrado de la familia: el día de preparar las cosas para la comunidad y los abuelos del barrio. Toda la casa se activó temprano. La cocina era un hervidero de movimiento, preparando las cestas, organizando las frutas frescas y los jugos que regalarían en la plaza. Pero antes de salir, la tradición dictaba un desayuno en familia.
​Mientras compartían el té turco y los panes calientes, Görkem miró de reojo a su hermano menor y soltó la bomba:
​—Giray... ¿por qué te levantaste anoche? Escuché demasiada bulla en el pasillo.
​Giray peló los ojos grandísimos, dándose cuenta de que lo habían atrapado. De inmediato, las miradas de todos en la mesa se concentraron en ellos. Su madre Nazan, su padre Ahmet y Elif dejaron los cubiertos.
​—No... yo no sé por qué había tanta bulla anoche —balbuceó Giray, tratando de salir del paso—. Yo solamente estaba hablando con Kraliçe... diciéndole que si estaba enamorada o algo así.
​Kraliçe le lanzó una mirada fulminante desde el otro extremo de la mesa, una que gritaba un silencioso "¡Cállate ya!". Elif se puso la mano en la boca, soltando una risita sarcástica y cómica que contagió el ambiente.
​—¡Cuenta, cuenta, cuenta! —exigió Görkem, sumándose al juego—. Kraliçe, ¿quién es? ¿Tiene dinero? ¿Cómo es él?
—Nada de lo que están pensando —interrumpió Kraliçe, intentando sonar seria mientras sentía las mejillas calientes—. Solamente me trajeron a casa porque hubo un problema en el local, no inventen historias.
​Nazan se le quedó viendo detalladamente a la cara, con esa intuición de madre que no fallaba jamás. Luego miró a su esposo, Ahmet. El padre de familia esbozó una sonrisa cálida, llena de orgullo, y asintió lentamente.
​—Creo que nuestra Kraliçe finalmente ha cortado sus cadenas —comentó Ahmet con tono emotivo—. Creo que esos candados de acero por fin se rompieron y hay una puerta abierta.
​Toda la familia empezó a jugar y a bromear con ella, celebrando la sola idea de que la protectora de la casa abriera de nuevo su corazón. Todos querían verla feliz. Sin embargo, Görkem, que era sumamente celoso y protector con su hermana mayor, se quedó pensativo, analizando la situación en silencio.
​En cuanto terminó el desayuno, Görkem tomó a Elif del brazo y la llevó aparte, hacia una esquina de la casa.
​—Dime la verdad, Elif. ¿Qué fue lo que pasó anoche? ¿Quién la trajo? —le exigió con seriedad.
—Görkem, la trajeron en un coche negro de lujo, de esos imponentes —le confesó Elif en voz baja—. Se bajó un señor realmente bello, impecablemente arreglado con un traje de esa gente que respira dinero por los poros, y le abrió la puerta a Kraliçe con mucha delicadeza. Yo estaba viendo todo escondida desde la ventana.
​Görkem apretó la mandíbula, quedándose completamente pensativo y preocupado por el estatus del misterioso hombre.
​Horas más tarde, el ambiente en la plaza de Ortaköy era pura felicidad. Kraliçe ya se encontraba en su puesto, con las carpas perfectamente armadas bajo el sol del mediodía. Los abuelitos del barrio la rodeaban, llenándola de bendiciones, mimos y palabras de agradecimiento mientras ella, con su energía positiva de siempre, les repartía las frutas y los jugos frescos. El negocio "Altın Hasat" brillaba con luz propia.
​De repente, a Kraliçe se le bajó la tensión de golpe. Las palabras se le atoraron en la garganta y se quedó completamente muda, boquiabierta, estática en medio de la carpa.
​Abriéndose paso entre la gente humilde del pueblo, apareció Mirza Alkan.
​No venía solo. El imponente magnate caminaba con una actitud relajada, completamente despojado de su armadura de hielo de la oficina. Venía tomado de la mano de su pequeña hija de cinco años, Duru, y al otro lado lo acompañaba su madre, Talya Alkan. Los tres vestían ropas de altísima calidad, destilando una elegancia aristocrática que contrastaba de forma hermosa con la sencillez del mercado popular.
​Kraliçe sintió que el mundo se detenía. Mirza se detuvo frente a ella, con una mirada mansa y una sonrisa suave que le transformaba el rostro por completo.
​—Hola, Kraliçe. ¿Cómo estás? —la saludó Mirza con voz cálida—. Te presento a mi hija, Duru... y ella es mi madre, Talya.
​Kraliçe, tragando saliva y tratando de recuperar la compostura ante la mirada atenta de los abuelitos, extendió la mano con timidez.
​—Mucho gusto... mucho gusto. Sean bienvenidos.
​Aún un poco desorientada por la sorpresa, Kraliçe comenzó a explicarles la dinámica del lugar, carraspeando un poco para aclarar su voz:
​—Bueno... esta es una obra social que realizo todos los domingos. Es mi manera de ayudar a los abuelos y a la comunidad de Ortaköy.
​Talya Alkan se quedó completamente encantada con Kraliçe. La observó de arriba abajo, admirando no solo su espectacular belleza física, sino el aura de bondad que desprendía.
​—Eres una mujer verdaderamente hermosa, Kraliçe —dijo Talya con una dulzura sincera, tomándole una mano—. Y este gesto tan noble que haces por esta gente habla de un corazón de oro. Estoy fascinada.
​La pequeña Duru, que miraba la escena con sus ojitos puros y curiosos, dio un paso al frente para saludar. Kraliçe, sintiendo que el corazón se le derretía por completo, se agachó de inmediato para quedar a la altura de la niña. Con total ternura, buscó en la cesta la manzana más roja, brillante y perfecta que tenía y se la extendió.
​—Toma, hermosa. Esto es para ti —le dijo Kraliçe con una sonrisa angelical.
​Duru recibió la fruta con sus manos pequeñas, estiró los brazos y abrazó el cuello de Kraliçe.
​—Muchas gracias... muchas gracias, hermosa Kraliçe —susurró la pequeña con voz tierna.
​Antes de soltarla, Duru se inclinó y le plantó un tierno y sonoro beso en la mejilla a Kraliçe.
​Kraliçe se incorporó lentamente, llevándose una mano a la mejilla, justo donde aún sentía el calor del beso de la niña. Se quedó completamente conmovida, muda, mirando a Mirza con los ojos cargados de una emoción tan pura que no admitía palabras. El hombre de hielo la miraba con una devoción absoluta, y en ese rincón ruidoso de Ortaköy, ambos supieron que la historia ya no tenía vuelta atrás.




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