Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 8: Hilos del Pasado y la Calma antes de la Tormenta

​Todo fluía de una manera preciosa en la plaza, hasta que el espacio de paz fue invadido. Görkem se acercó a la carpa con paso firme. Intentando disimular su desconfianza, forzó una sonrisa gigantesca y miró fijamente al grupo.
​—Buenas tardes... —soltó de golpe—. Kraliçe, ¿quiénes son los invitados?
​Kraliçe sintió un frío en el estómago. Se quedó sonriendo de manera congelada, sabiendo perfectamente que si Görkem descubría la identidad de Mirza, la plaza entera se iba a encender en fuego. Intentó inventar una excusa rápida, pero antes de que pudiera emitir una sola palabra, Elif apareció de la nada. Elif, con esa personalidad suya tan "tostada", alegre y sin un tornillo en su lugar, saltó emocionada y sin pizca de maldad:
​—¡Holaaa! ¿Usted es el señor que trajo a mi hermana anoche, verdad? —exclamó riéndose—. ¡Sí, el del carro lujoso ese!
​Görkem mudó el color del rostro. Al escuchar aquello y atar cabos con el apellido del magnate, la rabia le inundó las venas. Dio un paso al frente, encarando a Mirza con los puños apretados.
​—Con que usted es el señor... —escupió Görkem, con la voz temblando de ira—. El gran dueño de Alkan Holding. El hombre que compró nuestro terreno en Iznik y pretendía dejarnos sin empleo y sin sustento.
—¡Cálmate, Görkem! —intervino Kraliçe de inmediato, poniéndose en medio—. Cálmate, que para esto hay una explicación.
​Mirza, manteniendo una madurez impecable, miró al joven con serenidad.
​—Te entiendo perfectamente —dijo Mirza con voz calmada—. Solamente que...
​—Yo no tengo nada que hablar con usted, señor —lo cortó Görkem, soberbio—. Y no entiendo qué hace metido en nuestro barrio.
​—¡Görkem, por favor, bájale dos! —le exigió Kraliçe, tomándolo del brazo—. El señor Alkan ha retirado la oferta de compra. El huerto sigue siendo nuestro, estamos a punto de completar el pago.
​—¿Ah, sí? No lo creo —replicó el hermano, mirando a Mirza con desconfianza—. No creo que un hombre de negocios cambie de parecer tan rápido. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué busca? ¿Quieres enamorar a mi hermana para después hacerla sufrir?
​—¡Cálmate, hermanito, por favor! —suplicó Kraliçe, desesperada—. Ellos son nuestros invitados, respeta.
​Al darse cuenta del desastre, Elif agarró a Görkem del hombro y, entre regaños y empujones, se lo llevó a rastras lejos de la carpa. Kraliçe, con el rostro encendido de la vergüenza, se giró hacia Talya y Mirza.
​—De verdad... les pido una disculpa enorme por el comportamiento de mi hermano —susurró apenada.
​Talya Alkan le sonrió con una dulzura infinita, restándole importancia al asunto.
​—Tranquila, mi vida. Entiendo perfectamente —dijo la elegante señora—. Es completamente normal que un hermano cele y proteja a una hermana tan hermosa como tú. No te preocupes.
​Mirza asintió, sin poder quitarle la mirada de encima a Kraliçe; cada segundo que pasaba, quedaba más encantado con su valentía. Talya y Duru se acomodaron en un lado de la carpa mientras Kraliçe continuaba atendiendo a los abuelitos del barrio.
​En ese momento, Ahmet Soylu, el padre de Kraliçe, se acercó a la mesa para llevar unas cestas. Al levantar la vista y enfocar a la madre de Mirza, se detuvo en seco.
​—Un placer, mucho gusto... —empezó a decir Ahmet, pero luego abrió los ojos de par en par—. ¿De casualidad... usted no es la señora Talya Alkan? ¿La esposa de Cihan Alkan?
​Talya se puso de pie, asombrada.
​—¿Ahmet Soylu? ¡No lo puedo creer! —exclamó la mujer con una sonrisa—. ¿Cómo está, señor Ahmet?
​Kraliçe y Mirza se quedaron mudos, mirando la escena sin entender nada. Resultaba que Ahmet y la familia Alkan se conocían perfectamente del pasado, de los tiempos en que Ahmet era un respetado empresario antes de retirarse de los negocios.
​—¡Qué pequeño es el mundo! —dijo Ahmet, estrechando su mano—. Ya como uno está fuera de los negocios, casi que se olvida de los viejos tiempos, pero ya me acordé de ti. Con razón tu hijo es tan inteligente, salió a su padre.
​Mirza sonrió, sorprendido por la conexión.
​—Vaya, veo que se conocen —comentó Mirza—. Bueno, los dejo hablando un rato.
​Mientras Ahmet y Talya se quedaron conversando cómodamente, recordando el pasado, Mirza tomó de la mano a la pequeña Duru y se acercó al puesto de Kraliçe. Ante la mirada atónita de la comunidad, el multimillonario y su hija comenzaron a ayudarla a repartir las frutas y los jugos a los ancianos. Nazan, la madre de Kraliçe, observaba la escena desde lejos con el corazón derretido. Ver a ese hombre tan poderoso agacharse con humildad para servir al pueblo junto a su hija la dejó impactada. «Este hombre es demasiado... es increíble», pensó Nazan con una sonrisa protectora.
​Al terminar la jornada, llegó el momento de la despedida. Talya Alkan, completamente fascinada con la velada, tomó las manos de Kraliçe.
​—Kraliçe, no acepto un no por respuesta. Quiero invitarte a una cena esta misma noche en nuestra casa, para compartir formalmente. Mirza te pasará buscando.
​Kraliçe, conmovida por la calidez de la señora, aceptó con una sonrisa.
​Horas más tarde, la casa de los Soylu era un auténtico manicomio. En la habitación de Kraliçe se vivía una escena de comiquita, en cámara rápida. Nazan y Ahmet se habían metido en el cuarto para ayudarla a elegir el atuendo, descartando ropa a una velocidad impresionante.
​—¡No, esa ropa no! —decía Nazan, tirando un pantalón a la cama.
—¡Eso está feo, esto no, esto tampoco! —repetía Ahmet, sacando vestidos del clóset mientras Kraliçe se reía a carcajadas de la locura de sus padres.
​Hasta que, por fin, ¡paz! Encontraron el traje perfecto. Era un vestido espectacular de color champagne, de una tela suave que caía con una elegancia sublime, transmitiendo una profunda calma y tranquilidad, pero resaltando su imponente porte de reina.
​A la hora acordada, un imponente coche negro se estacionó frente a la casa. Kraliçe se encontraba de espaldas en la entrada, despidiéndose de sus padres. Al escuchar la portezuela, se dio la vuelta.
​Mirza Alkan caminaba hacia ella, pero al verla con el vestido champagne bajo la luz de la luna, se quedó tan petrificado que el impacto le hizo soltar las llaves de su coche, las cuales cayeron al suelo con un tintineo seco. Kraliçe se acercó a él con paso elegante, divirtiéndose por el efecto que causaba en el magnate.
​—Buenas noches, Mirza —dijo ella con una sonrisa pícara.
—Buenas... buenas noches —logró articular él, sin palabras, completamente deslumbrado.
—Bueno, vámonos —continuó Kraliçe con una risita—, pero si no recoges las llaves del piso, dudo que podamos ir a alguna parte.
​Mirza reaccionó, se rió de su propia torpeza y recogió las llaves. El ambiente en el auto fue pura complicidad y risas flotando en el aire.
​Al llegar a la mansión Alkan, todo estaba organizado de forma espectacular. La cena era un despliegue de lujo y calidez. Talya la recibió con los brazos abiertos; Cihan Alkan, el patriarca de la familia, quedó prendado de la educación y la belleza de Kraliçe desde el primer segundo, y la pequeña Duru corrió a abrazarla por la cintura, repitiéndole que era la mujer más hermosa del mundo.
​Se sentaron a la mesa. La cena transcurrió entre risas, conversaciones inteligentes y anécdotas. Alzaron sus copas de cristal y brindaron por el destino, por los huertos de Iznik y por la hermosa conexión que acababa de nacer. Todo era felicidad absoluta, sonrisas y una paz perfecta.
​Sin embargo, en este mundo, nada puede ser color de rosa para siempre.
​Justo cuando Mirza miraba a Kraliçe con los ojos llenos de una ilusión que creía muerta, y mientras el tintineo de las copas resonaba en el lujoso comedor, el sonido estridente del timbre de la mansión cortó la música ambiental de golpe. Un silencio denso cayó sobre la mesa. Segundos después, las puertas dobles del comedor se abrieron, y la expresión de paz en los rostros de Talya y Cihan se transformó en una máscara de absoluto terror.
​La parte rústica y oscura de la historia acababa de cruzar el umbral.




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