El ambiente idílico se fragmentó en mil pedazos. El sonido del timbre no fue una falsa alarma; la puerta del comedor se abrió de par en par y una mujer avanzó con una seguridad venenosa, deslizándose como una serpiente silenciosa dispuesta a inyectar su ponzoña. Era Güzelim. Ella era la mujer con la que Mirza, en sus noches más oscuras y solitarias, apagaba sus ganas; un escape puramente físico que ahora amenazaba con destruirlo todo.
Güzelim entró al lujoso comedor, miró la mesa y soltó una carcajada cargada de ironía:
—¡Vaya, vaya! Pero ¿qué están celebrando aquí sin mí?
La cara de todos los presentes se apagó al instante. Kraliçe, manteniendo una madurez envidiable, no se alteró visiblemente. Con total elegancia, tomó su servilleta de tela, se limpió los labios con parsimonia y esperó, aunque el ambiente se había vuelto denso como el plomo. Güzelim de inmediato fijó su mirada desafiante en ella, intentando intimidarla. Pero esa mirada arrogante tuvo el efecto contrario: activó en Kraliçe a la mujer leona que siempre había sido. Kraliçe enderezó la espalda y le devolvió el golpe visual con una prepotencia digna de una reina. El choque de miradas quedó marcado en el aire; un duelo silencioso entre la dignidad pura y el veneno.
La señora Talya, rompiendo el hielo con una frialdad cortante, se puso de pie:
—¿A qué se debe tu visita, Güzelim?
—Vine a visitarlos... —respondió ella, mirando de reojo la vajilla de lujo—, aunque creo que llegué en el momento inoportuno.
—Al menos lo admites —sentenció el señor Cihan desde la cabecera de la mesa—. Realmente llegaste en un momento inoportuno.
Al notar la obvia tensión familiar, Kraliçe prefirió mantener su orgullo intacto y se dispuso a levantarse:
—Si quieren, yo me puedo retirar para que hablen tranquilos.
—No, tú no te puedes retirar —le ordenó Mirza de inmediato, con una voz firme que no admitía réplicas—. Tú eres nuestra invitada de honor.
Güzelim se llenó de una rabia ciega. Movió el tacón con impaciencia contra el suelo y sacudió su costosa cartera de diseñador, mirando a Mirza con despecho.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es tan privado que yo no me puedo quedar a cenar? —reclamó.
—Güzelim, por favor, ¿podemos hablar en privado? —le pidió Mirza, conteniendo los puños.
Kraliçe se quedó pensativa, analizando cada gesto. Güzelim, sintiéndose falsamente la dueña de la casa, ni siquiera esperó a que la invitaran a pasar al estudio; dio la espalda con arrogancia y caminó adelante, marcando el paso con sus tacones. Mirza respiró profundo, exhausto, y la siguió, dejando el comedor sumido en un silencio sepulcral.
El silencio era incómodo, pesado, insoportable... hasta que la pequeña Duru miró a Kraliçe, peló los ojos y soltó con total naturalidad infantil:
—Ya llegó la que está más loca.
El comentario de la niña fue tan genuino que todos en la mesa soltaron una pequeña risa, intentando calmar la tremenda tormenta que se había desatado. Sin embargo, Kraliçe era demasiado inteligente. Ya había analizado toda la escena, el lenguaje corporal de Mirza y la actitud de aquella mujer. Una punzada de incomodidad y tristeza le atravesó el pecho.
—Creo que lo mejor es que me retire —insistió Kraliçe, poniéndose de pie.
—No, por favor, no te vayas —le suplicó Talya tomándola de la mano—. ¿Por qué te vas a ir?
—No, Kraliçe, no te puedes ir —la secundó Cihan con firmeza—. Esta es tu cena.
—¡No te vayas, no te vayas! Quédate —le pidió Duru, abrazándole la pierna—. Ella está loca, se va a ir ahorita, vas a ver.
Mientras tanto, en el despacho privado de la mansión, las paredes casi temblaban. Mirza acorraló a Güzelim con una mirada asesina.
—¿Por qué te presentaste aquí sin avisar? ¿Qué demonios haces en mi casa? Te dejé muy claro que no quería volver a saber nada de ti. ¡Explícame qué significa este espectáculo!
—¡No, explícame tú a mí! —gritó Güzelim, señalando hacia el comedor—. Una cena formal, toda tu familia reunida... ¿Quién es esa mujer, Mirza? ¿Una nueva "socia", una inversionista? ¡Por favor! Mirza Alkan, si me entero de que me estás engañando con esa muerta de hambre, te juro que te voy a destruir.
—¡Cálmate, Güzelim! —bramó Mirza, tomándola por las muñecas—. Yo no tengo absolutamente nada contigo. Te lo he dicho mil veces.
—¿Ah, no? ¿Y qué pasa con todo lo que vivimos? ¿Con las noches que pasamos juntos?
—Ya te lo dije en su momento —sentenció Mirza con una frialdad que congelaba las venas—. Esos solo fueron momentos de debilidad... momentos que yo necesitaba para apagar la soledad. Fue pura pasión pasajera, nada más. Jamás significaste algo para mí.
Herida en su orgullo, Güzelim se soltó de su agarre hecha una furia. Salió del despacho como un torbellino y regresó directo al comedor. Se paró frente a la mesa, miró a Kraliçe con desprecio y soltó unas palabras cargadas de ponzoña, buscando humillarla:
—Claro... entiendo perfectamente lo que pasa aquí. A algunas nos utilizan cuando lo necesitan y luego nos echan a un lado, para después traer a otra Baseline a la que van a utilizar exactamente igual.
Kraliçe se quedó completamente callada, clavándole esos ojos de leona que herían más que cualquier insulto. La señora Talya no aguantó más el atrevimiento.
—¡Güzelim, ya basta! Por favor, retírate de mi casa en este mismo instante —le exigió con una autoridad implacable.
Güzelim soltó una risa histérica, abriendo los brazos:
—¿Ah, de verdad? ¿O sea que me están corriendo? ¡Me están corriendo de la mansión para que su digna "invitada" no se entere de que yo soy la mujer de Mirza! ¡La mujer que comparte su cama!
Un silencio de impacto cayó en la habitación; a todos se les quedó la boca abierta por el descaro. Mirza, que venía entrando al comedor, sintió que la sangre se le subía a la cabeza. Avanzó con paso destructor, la tomó fuertemente por un brazo y la arrastró hacia la salida.
—¿Qué te pasa a ti? ¿Por qué tienes que hablar así? ¿Por qué tienes que decir esas bajezas en mi casa? —le gritó Mirza, completamente descontrolado.
Kraliçe, sintiendo un nudo de profunda tristeza y decepción en el corazón, no esperó a ver el desenlace de aquel pleito de hormiga. Se levantó de la mesa de inmediato, con la dignidad intacta pero el alma herida, y se dirigió a paso rápido hacia la puerta principal de la mansión.
—¡Kraliçe, espera! —gritó Mirza en la distancia, soltando a Güzelim por completo—. ¡Güzelim, lárgate de aquí! ¡No te quiero volver a ver en mi vida, te lo advertí!
Pero Kraliçe ya estaba abriendo la gran puerta de madera. Sintió unos pasos apresurados detrás de ella; la pequeña Duru corrió y se le pegó atrás, tomándola de la mano con fuerza para que no se marchara. Kraliçe la miró con los ojos empañados por la melancolía del momento. La niña, con una madurez asombrosa para sus cinco años, le apretó los dedos y le dijo con ternura:
—Cálmate, hermosa Kraliçe... No te pongas triste. Ella siempre que viene a la casa hace esos mismos espectáculos horribles. No le hagas caso.
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Editado: 18.06.2026