Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 10: Corazas de Hielo y un Reencuentro Inesperado

​Kraliçe, con los ojos empañados por una profunda tristeza, miró a la pequeña Duru. Se conmovió ante la pureza de la niña, se agachó levemente y le acarició el rostro con dulzura.
​—Gracias por ser tan especial, mi niña... Gracias por ser tan linda conmigo —susurró Kraliçe con la voz entrecortada.
​En ese instante, la señora Talya se apresuró a salir de la mansión. Al ver que Mirza se acercaba con la mirada desesperada, dispuesta a dar una explicación, tomó a la niña con suavidad de los hombros.
​—Duru, mi amor, vamos adentro —le dijo Talya, intentando darle espacio a su hijo—. Tu papá tiene que hablar a solas con Kraliçe. Vamos.
​La pequeña Duru dio unos pasos hacia la entrada, pero el instinto la hizo detenerse. Se dio la vuelta corriendo, envolvió sus bracitos alrededor de Kraliçe una vez más y le rogó con los ojos cristalinos:
​—No te vayas... No te vayas, por favor.
​Kraliçe la estrechó contra su pecho con una ternura infinita, pero guardó un doloroso silencio. No quería prometer algo que no podría cumplir. Talya se llevó finalmente a la niña, dejando a la pareja a solas bajo la fría luz de la entrada.
​Mirza, con el alma en un hilo, acortó la distancia y tomó las manos de Kraliçe entre las suyas, buscando desesperadamente que lo escuchara. Sin embargo, con una calma pasmosa y una suavidad implacable, Kraliçe deslizó sus dedos hacia atrás, soltándose de su agarre. Lo miró fijamente, con una madurez que congelaba el ambiente.
​—No tengo por qué ponerme así, Mirza —dijo ella con voz pausada—. Y la verdad, tampoco tengo por qué escuchar tus explicaciones... porque tú y yo no somos nada. Simplemente me invitaron a una cena familiar y acepté. Creo que ya es hora de marcharme para que no sigan habiendo estos malos entendidos.
​—Kraliçe, por favor, solo escúchame un segundo... —suplicó él.
​Pero el destino no pretendía darles tregua. La puerta se abrió de golpe y Güzelim regresó al ataque, completamente desquiciada, con los ojos inyectados en envidia y desprecio.
​—¡Mírenla qué digna! —escupió Güzelim, apuntándola con el dedo—. ¡Eres una robamaridos! ¡Una oportunista que se mete en las casas ajenas!
​El insulto fue el detonante. En un microsegundo, la Kraliçe pacífica desapareció y se activó su modo más indomable y feroz. Avanzó como una leona, invadiendo el espacio de Güzelim, y antes de que la mujer pudiera reaccionar, Kraliçe alzó la mano y le asestó una bofetada tan monumental que le volteó la cara por completo. El eco del golpe resonó en toda la entrada de la mansión.
​Mirza y el personal de seguridad se quedaron paralizados, con los ojos abiertos de par en par. Kraliçe, sin perder un ápice de su porte imperial, se acomodó el vestido champagne, dio un paso al frente y le clavó una mirada asesina a Güzelim, quien se sostenía la mejilla, estupefacta.
​—A mí me respetas —sentenció Kraliçe con una voz que temblaba de pura autoridad—. En mi vida he tenido una relación, pero a mí ningún hombre me ha tocado de la forma en que tú te atreves a insinuar. Así que mides tus palabras conmigo. Si él es tu marido, tu amante o tu peor pesadilla, ese es un problema que tienen que arreglar ustedes dos. Yo salgo sobrando aquí. Buenas noches.
​Sin mirar atrás, Kraliçe dio la vuelta con elegancia y caminó con paso firme hacia la salida de la propiedad. Mirza, desesperado, hizo el amago de correr tras ella para abrazarla y detenerla, pero Güzelim, completamente histérica y fuera de sí, se le cruzó en el camino, agarrándolo de la camisa mientras gritaba de forma dramática y teatral, asumiendo el papel de la esposa ultrajada:
​—¡¿Dejaste que me pegara?! ¡¿Viste lo que me hizo esa muerta de hambre y no hiciste nada?! ¡¿Vas a dejar que me humille así en tu propia casa?!
​Güzelim chillaba con una locura idéntica a la de las villanas más desquiciadas de las telenovelas, impidiendo que Mirza pudiera dar un solo paso. Para cuando el magnate logró quitársela de encima a empujones, el auto de Kraliçe ya se había perdido en la oscuridad de la noche de Estambul.
​La Coraza de los Tres Meses
​Kraliçe llegó a su casa con el corazón destrozado, pero con la mirada de acero. Apagó su teléfono celular por completo; no quería llamadas, no quería mensajes, no quería saber nada del mundo. Cuando cruzó el umbral, sus padres la recibieron con preocupación al ver su rostro apagado. Görkem, al notar la tensión, se llenó de una cólera ciega.
​—¿Qué pasó, Kraliçe? —exigió saber el hermano, furioso—. ¿Qué te hizo ese tipo? ¡Dime ya mismo!
​—Él no me hizo nada, Görkem... —respondió ella, intentando sonar entera—. Solamente llegó una mujer a la casa. Pero les repito, él y yo no tenemos nada.
—¡Explica bien las cosas! No nos dejes así —insistió Görkem, con la mandíbula tensa.
—¡No quiero hablar con nadie! —sentenció Kraliçe, cerrando el tema.
​Se metió en su habitación, trancó la puerta y se desplomó en la cama. En el silencio de la noche, los fantasmas de su pasado regresaron a su mente, recordándole por qué había mantenido su corazón bajo llave durante tantos años. Pero en lugar de quebrarse, Kraliçe canalizó el dolor en orgullo. Se levantó, respiró hondo y se llenó de una coraza inquebrantable. Prometió que ningún hombre volvería a vulnerarla.
​A partir de esa noche, comenzó una guerra fría de evasión. Mirza Alkan se mudó prácticamente a la acera de la casa de los Soylu. Su imponente coche negro pasaba horas estacionado frente a la vivienda, esperando una oportunidad para hablar. Pero Kraliçe implementó una estrategia militar: calculaba los horarios, salía antes del amanecer y regresaba extremadamente tarde, obligándose a trabajar horas extras con tal de no encontrarse con él.
​El tiempo empezó a correr. Pasaron tres meses enteros en los que Kraliçe borró a Mirza de su mapa. Incluso dejó de asistir a su amada obra social de los domingos en la plaza de Ortaköy para evitar topárselo. Sus padres, Ahmet y Nazan, tenían que dar la cara ante la comunidad y ante el propio Mirza, inventando excusas para protegerla.
​—Kraliçe no pudo venir hoy... está en otro pueblo buscando mercancía —decía Ahmet con incomodidad.
—Tuvo que irse temprano a conseguir frutas frescas en los campos de Iznik —añadía Nazan cuando Mirza preguntaba por ella con los ojos cargados de una tristeza infinita.
​Desesperado por recuperar su perdón, Mirza tomó una medida extrema. Compró el huerto de Iznik, pero lo registró legalmente a nombre de Kraliçe Soylu. Además, invirtió una fortuna para sembrar tierras, modernizar el lugar y puso a trabajar a prácticamente toda la población desempleada de Ortaköy, ganándose el respeto y el amor de todo el barrio. Era su manera de demostrarle que sus intenciones eran puras, que él cumplía su palabra. Pero Kraliçe seguía herida, "endemoniada" por el orgullo, y se negaba a dar el brazo a torcer.
​El Veneno de la Serpiente
​Mientras Mirza sufría por la ausencia de Kraliçe, Güzelim se encargaba de hacerle la vida imposible. Su obsesión llegó a niveles alarmantes de locura. Se colaba en la mansión burlando la seguridad, se metía en la habitación de Mirza para tomarse fotos entre sus sábanas, se tomaba selfis en su baño privado y aparecía de la nada en las oficinas de Alkan Holding. Mirza andaba como loco, perdiendo la paciencia, sacándola a rastras con la seguridad del edificio y exigiéndole que se alejara, pero la mujer parecía inmune a los límites.
​Una tarde, la locura de Güzelim tocó las puertas de la familia Soylu. Aprovechando que Kraliçe no estaba en casa, la mujer se presentó en la vivienda del barrio y armó un escándalo mayúsculo en plena calle. Nazan salió a encararla, y Güzelim, con una sonrisa triunfante, le sacó un fajo de fotografías impresas.
​—¡Mire bien a su digna hija! —gritó Güzelim para que los vecinos escucharan—. ¡Para que vea con qué clase de hombre se está metiendo! Mírelo aquí, durmiendo conmigo en su cama. Mirza es mío, siempre lo ha sido y siempre lo será. Su hija solo es un pasatiempo.
​Nazan recibió el impacto de las fotos con una profunda indignación y repugnancia. Cuando Güzelim se marchó, la casa de los Soylu se inundó de un rechazo absoluto hacia el magnate. Al no conocer la versión real de Mirza—que aquellas fotos eran viejas o tomadas a la fuerza mientras él dormía por el acoso de la mujer—, la familia decretó que no querían volver a saber nada de ese hombre.
​Cuando Kraliçe llegó por la noche y escuchó el cuento de boca de su madre, una rabia ardiente le recorrió el cuerpo, pero se obligó a mantener la mente fría.
​—No voy a hacer nada, mamá —dijo Kraliçe, apretando los puños hasta clavarse las uñas—. Ese hombre ya no existe para mí.
​El Aula de la Academia Yıldız
​Llegó el final del verano y con él, el inicio del año escolar. El ambiente de tensión parecía haberse calmado en el barrio, y la familia se resignaba a que el capítulo de los Alkan estaba cerrado para siempre. Para Kraliçe, era el momento de enfocarse en su verdadera pasión y estrenar su título en su nuevo trabajo.
​La mañana del lunes, la Academia Yıldız bullía de estudiantes de la alta sociedad. Kraliçe se encontraba en uno de los salones más amplios, organizando los materiales sobre el escritorio y recibiendo a sus nuevos alumnos con la elegancia y la sonrisa profesional que la caracterizaban.
​De repente, por el pasillo exterior, un uniforme escolar pasó a toda prisa. Unos ojitos curiosos miraron a través del cristal de la puerta y se detuvieron en seco. La puerta del aula se abrió de golpe y una pequeña figura corrió con desesperación por el pasillo del salón, directo hacia la maestra.
​Antes de que Kraliçe pudiera reaccionar, la niña saltó y la envolvió en un abrazo asfixiante, enterrando el rostro en su cintura. Kraliçe se quedó sorprendida; debido a la fuerza del abrazo y a que la niña tenía la cabeza ladeada, no podía verle el rostro con claridad.
​—¡Te encontré! ¡Te encontré! —exclamó la pequeña voz, temblando de emoción.
​Cuando la niña finalmente levantó la cabeza, Kraliçe se topó directamente con esos hermosos y profundos ojos grises que tanto había extrañado. La maestra sintió un vuelco en el corazón y, sin importarle el protocolo, se arrodilló de inmediato en el suelo para quedar a su altura, tomándole las manitos.
​—¿Duru? —susurró Kraliçe, con los ojos abiertos de par en par—. Mi amor... ¿Cómo estás? ¿Qué haces aquí?
​—¡Yo estudio aquí, hermosa Kraliçe! —respondió la niña con una sonrisa gigante y los ojos llenos de lágrimas—. ¡Este es mi nuevo colegio!
​—¿De verdad? —Kraliçe sintió que se le hacía un nudo en la garganta—. Pues... yo también doy clases aquí. Voy a ser tu maestra, mi vida. Te voy a tener muy cerca.
​Duru no aguantó más y volvió a abrazarla por el cuello, sollozando bajito contra su hombro.
​—¿Dónde estabas? Te necesité tanto... Te extrañé demasiado, Kraliçe. En la casa no sabíamos nada de ti. Mi papá... mi papá está sufriendo mucho, no come, no duerme. Mi abuela Talya también está muy triste. Todos en la casa te necesitamos, Kraliçe... Por favor, no te vuelvas a ir.
​Kraliçe se quedó congelada en el suelo del aula, sintiendo cómo la coraza que había construido con tanto empeño durante tres meses empezaba a agrietarse ante las dolorosas y honestas palabras de la niña. El destino la había puesto exactamente en el centro del mundo de Mirza Alkan otra vez.




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