La biblioteca de la mansión Alkan quedó sumida en una tensión asfixiante. Al ver la mirada desencajada de su padre y sentir la fuerza con la que la había tomado por los hombros, la pequeña Duru experimentó una punzada de temor que jamás había sentido hacia él.
Viendo la reacción tan violenta de Mirza, la niña comenzó a dar pasos hacia atrás, despegándose de sus brazos con cuidado, decidida a retirarse y mantener un absoluto silencio. Mirza, al darse cuenta del miedo reflejado en los ojos de su hija, sintió que el corazón se le partía en dos. Instintivamente, estiró las manos hacia ella con desesperación.
—Hija... Perdóname, perdóname, mi amor —le suplicó Mirza con la voz rota—. No quise asustarte, por favor...
Pero el daño ya estaba hecho. Duru lo miró con una mezcla de tristeza y reproche infantil. Antes de darse la vuelta y salir corriendo hacia las escaleras, se detuvo en el umbral, lo señaló con su manito y soltó una frase que hirió a Mirza más que cualquier puñalada:
—Papi... Te estás volviendo loco. Estás igualito a ella.
La niña no esperó respuesta; corrió a toda prisa hacia su habitación y trancó la puerta con llave. Mirza se quedó congelado en medio de la biblioteca, con los brazos vacíos y el alma destrozada.
—¡No, hija! ¡Duru, ven, por favor, escucha a tu papá! —gritó Mirza hacia el pasillo, pero solo obtuvo el eco del silencio. La señora Talya miró a su hijo con una profunda pena, sabiendo que la obsesión y el dolor lo estaban arrastrando al abismo.
La Nueva Estrategia de la Serpiente
Mientras el caos reinaba en la mansión Alkan, en el apartamento de Güzelim la atmósfera era radicalmente distinta. Mirza había cometido un error garrafal en medio de su ataque de furia: tras confrontarla y lanzarle las fotografías impresas, dejó el sobre abandonado en el suelo de la sala.
Güzelim, que hacía unos minutos se arrastraba por el piso fingiendo un llanto desgarrador y una crisis de histeria digna de un premio de actuación, se repuso en un parpadeo. Toda esa loquera desquiciada desapareció de su rostro, dejando ver una expresión fría, calculadora y maquiavélica. Se puso de pie con total tranquilidad, se sacudió la toalla y miró las imágenes esparcidas en la alfombra. Una sonrisa retorcida se dibujó en sus labios. Mirza le había dejado las armas en su propio terreno. Aquello la hizo pensar de inmediato en una nueva estrategia; un plan mucho más oscuro y definitivo para terminar de destruir todo y acabar con la paz de Kraliçe de una vez por todas.
Sin el más mínimo remordimiento, Güzelim caminó de regreso al baño principal, ignorando las fotos en el suelo. Se deslizó nuevamente dentro de la tina llena de espuma junto a su chofer y continuó pasándola de lo más rico, relajándose y mimándose como si absolutamente nada hubiera pasado, mientras en su mente terminaba de tejer la red de su próximo ataque.
El Peso de un Imperio de Regalo
Al final de la tarde, Kraliçe cruzó el umbral de la casa de los Soylu. Venía cansada de su primer día de clases en la Academia Yıldız, pero con la mente ocupada en el tierno encuentro con Duru. Sin embargo, al entrar a la sala, el ambiente denso la hizo ponerse en alerta. Encontró a sus padres sentados de una manera extraña, mirándose entre sí con rostros serios y una actitud completamente diferente a la habitual.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Kraliçe, frunciendo el ceño—. ¿Por qué me miran así? ¿Sucedió algo malo?
Ahmet y Nazan se quedaron en silencio, pero Görkem no pudo contener la rabia que le quemaba el pecho. Se levantó del sofá de un salto y soltó el veneno:
—Por aquí estuvo el innombrable. Sí, tu gran señor Mirza Alkan vino a meter las narices en nuestra casa otra vez.
Kraliçe sintió que el estómago se le comprimía.
—¿Cómo que vino? ¿A qué vino ese hombre aquí, Görkem?
—¡Cálmate, Görkem! ¡Ya cállate la boca, que me tienes harta con tus arranques! —intervino Nazan, perdiendo la paciencia con los impulsos de su hijo—. Deja que hablemos tranquilos. Cálmate, que en esta vida para todo hay una explicación y una razón de ser.
Ahmet, manteniendo la calma, tomó la carpeta de cuero que Mirza había dejado caer en la entrada y se la extendió a su hija con solemnidad.
—Kraliçe... revisa esto, por favor.
Kraliçe tomó el documento con desconfianza. Al abrir la carpeta y comenzar a leer las escrituras oficiales del Estado, las cláusulas legales y los anexos de la nómina, sus ojos se abrieron de par en par. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Leyó una, dos y tres veces las letras doradas del contrato. El huerto de Iznik estaba registrado legalmente a su nombre, y toda la gente desempleada de Ortaköy figuraba con sueldos estables pagados por Alkan Holding.
La confusión y el orgullo herido la hicieron temblar.
—Yo... yo no puse ni una sola moneda para esto —articuló Kraliçe, con la voz temblando de pura indignación—. ¿De dónde sale este dinero? ¿Quién pagó esta propiedad?
—Te lo acabamos de decir, hija. Eso lo trajo Mirza —respondió Ahmet mirándola fijamente.
La Kraliçe orgullosa e indomable despertó con una furia ardiente. Cerró la carpeta de golpe, sintiendo que Mirza estaba intentando comprar su perdón y su dignidad con escrituras y millones.
—¡Yo no quiero absolutamente nada de ese señor! —excluyó Kraliçe, con los ojos inyectados en rabia—. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a hacer una cosa así a mis espaldas? ¡¿Quién se cree que es para comprar nuestras vidas y regalármelas como si fuera una limosna?!
Nazan, observando la reacción volcánica de su hija con la sabiduría que solo dan los años, se puso de pie, le tomó la mano con suavidad y miró profundamente esos ojos de leona que Kraliçe compartía con ella.
—No sé, Kraliçe... Yo tampoco entiendo sus métodos —dijo Nazan con voz pausada—. Pero después de ver cómo reaccionó al fajo de fotos que le mostramos, creo firmemente que necesitamos que alguien nos explique... que alguien nos aclare qué es lo que realmente está pasando entre ustedes y qué busca ese muchacho con todo esto.
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Editado: 18.06.2026