Kraliçe permaneció de pie en la sala, con los documentos legales firmados por Mirza apretados contra el pecho. Miró a sus padres con fijeza, procesando la información con la mente fría y analítica de una mujer sumamente inteligente. A pesar de la furia de su orgullo, su intuición le decía que tras el laberinto de mentiras de Güzelim y la inmensa inversión en el huerto, había una verdad oculta.
—Todo esto tiene una explicación... —sentenció Kraliçe, mirando a Ahmet y Nazan—. Y les juro que yo misma voy a averiguar qué es lo que está pasando aquí.
Sin añadir más, tomó la carpeta de cuero y se retiró a su habitación, buscando el aislamiento de sus propios pensamientos.
Mientras tanto, en las imponentes oficinas de Alkan Holding, el mundo corporativo parecía girar de manera impecable. Los proyectos billonarios avanzaban, las acciones subían y los negocios internacionales se cerraban con un éxito espectacular, como si en la vida del magnate Mirza Alkan no estuviera ocurriendo ninguna tormenta personal. Pero detrás de su impecable traje de diseñador, Mirza era un hombre vacío, cuyo único motor era el recuerdo de la maestra de Ortaköy.
Secretos en el Receso
Los días continuaron su curso en la Academia Yıldız. Durante los minutos del receso escolar, cuando el timbre anunciaba el descanso y los pasillos se llenaban de risas, la pequeña Duru corría de inmediato a buscar a Kraliçe. El aula de la maestra se había convertido en el refugio secreto de ambas.
En uno de esos descansos, mientras compartían una merienda, Duru miró a Kraliçe con una seriedad que no correspondía a sus pocos años.
—Kraliçe... veo a mi papá muy triste todos los días —soltó la niña con un hilo de voz.
Kraliçe sintió una punzada en el corazón, pero disimuló de inmediato.
—Mi amor... ¿esa mujer loca ha vuelto a ir a la casa? —preguntó, temiendo que Güzelim siguiera atormentándolos.
—No, ella no fue más nunca, mi abuela no la deja entrar —aseguró Duru, negando con la cabeza—. Pero yo veo a mi papá llorar a escondidas en la biblioteca. ¿Por qué no hablas con él? Mira...
Duru sacó su pequeño teléfono celular y le mostró una fotografía reciente. En la imagen de la pantalla, Mirza aparecía abrazando fuertemente a Duru; sonreía para la cámara, pero el brillo de sus ojos se había apagado por completo.
Kraliçe tragó grueso, sintiendo que algo en su pecho se removía con fuerza, exigiéndole romper el hielo.
—Está muy linda la foto, Duru... Tu papá sale muy bien —intentó animarla Kraliçe.
—¿Pero tú no le ves los ojitos a mi papi? —insistió la niña, clavándole esos profundos ojos grises—. Papi está muy triste.
—Yo lo veo bien, mi vida... lo veo contento. Tu papá te quiere muchísimo.
—Sí, mi papi me quiere a mí... ¡pero a ti también te quiere! —exclamó Duru con total honestidad infantil—. Papi llora por ti, Kraliçe. Yo lo sé.
Kraliçe se quedó sin palabras ante la madurez de la pequeña. Al ver la angustia de Duru, se arrodilló frente a ella y le tomó las manos, cediendo finalmente ante la presión del amor.
—Hagamos algo, Duru... Te prometo que voy a hablar con tu papá. Pero tienes que cumplir nuestra promesa: no le digas absolutamente nada a nadie. Yo hablaré con él a solas y después te cuento qué me dijo, ¿trato hecho?
Los ojos grises de Duru se iluminaron con una alegría desbordante.
—¡Sí! ¡Eso era justo lo que quería escuchar! —exclamó la niña, dándole un abrazo emocionado.
A pesar de la promesa hecha a la niña, las semanas siguieron pasando y Kraliçe mantuvo su estricta rutina de evasión en el barrio: salía antes del amanecer y regresaba de noche para evitar encontrarse con el auto de Mirza estacionado en la acera. Estaba ganando tiempo, esperando el momento exacto para dar el paso.
El Plan Secreto de Ahmet
Una noche, Kraliçe se sentó a la mesa con su padre para discutir el futuro del negocio familiar. "Altın Hasat" (Cosecha de Oro) se había expandido gracias a la inversión misteriosa en las tierras, convirtiéndose en un local tan prestigioso y grande que incluso las familias más adineradas de Estambul acudían al barrio a comprar las frutas más frescas del mercado.
—Papá, voy a hacer una inversión grandísima para Altın Hasat —le explicó Kraliçe con entusiasmo—. Necesito viajar personalmente a los campos de Iznik a seleccionar las cosechas de primera calidad de este mes.
Ahmet levantó la mirada de su té, analizando las palabras de su hija.
—Me parece excelente, hija. ¿Y cuándo piensas ir?
—Este sábado por la mañana —respondió ella con seguridad—. Me iré temprano para pasar el día allá en los campos.
Kraliçe se levantó de la mesa para ir a descansar. En cuanto Ahmet se quedó solo en la sala, el anciano suspiró profundamente, miró hacia el techo y unió sus manos en una súplica silenciosa.
—Alá, perdóname... Por favor, perdóname por lo que voy a hacer, pero yo necesito que esta gente se encuentre de una buena vez y aclare su destino —susurró el viejo con el corazón encogido.
Ahmet no podía seguir soportando ver la sombra de tristeza en su casa. Su esposa Nazan ya estaba resignada a ver a Kraliçe viviendo una vida sin amor, blindada bajo una coraza de hielo; pero en los pocos días en que su hija había sonreído al lado de Mirza Alkan, la había visto verdaderamente feliz. Como padre, estaba dispuesto a todo por recuperar esa sonrisa.
Sin perder un segundo, Ahmet tomó su teléfono, buscó un número privado y llamó directamente al despacho del magnate.
—¿Mirza? Habla Ahmet Soylu —dijo el viejo con voz firme—. Escúchame bien y no me interrumpas. No sé cómo demonios lo vas a hacer, ni qué excusa vas a inventar... pero Kraliçe viaja este sábado por la mañana a buscar frutas a los campos de Iznik. Se va a quedar sola todo el día allá. Invéntate lo que quieras, pero búscala. Y que quede claro: jamás te llamé, no vas a decir que yo te dije. Te doy esta oportunidad con una sola condición: quiero que te alejes del ruido del barrio y aclares las cosas con mi hija de una vez por todas.
Mirza Alkan, que se encontraba revisando unos informes en su escritorio, peló los ojos de par en par al escuchar las palabras del patriarca. El corazón le dio un vuelco salvaje en el pecho.
—Señor Ahmet... yo le prometo que... —empezó a decir Mirza, pero el viejo ya había colgado la llamada.
La adrenalina invadió el cuerpo del gigante. Mirza tiró el teléfono sobre el escritorio, se puso de pie de un salto y salió disparado de su oficina ejecutiva con una energía arrolladora que dejó a sus secretarias desconcertadas. Mientras caminaba a paso veloz hacia el ascensor privado, sacó su celular personal y marcó a su hombre de máxima confianza, su mano derecha para los asuntos más delicados.
—¡Volkan! —bramó Mirza por el auricular en cuanto contestaron—. Deja todo lo que estés haciendo ahora mismo y ven a buscarme. Tenemos que armar una logística de inmediato. ¡Nos vamos a Iznik este sábado!
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Editado: 18.06.2026