Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 14: Senderos Interceptados y el Eco de la Verdad

​El pulso de Estambul parecía latir con una prisa ajena al torbellino que consumía a Mirza Alkan. En el ala privada de su oficina, el mapa logístico para el fin de semana estaba desplegado sobre el gran escritorio, pero sus ojos grises no veían rutas ni coordenadas corporativas; solo buscaban una oportunidad de redención. A su lado, Volkan observaba los preparativos con una mezcla de lealtad y profunda preocupación.
​—La logística está lista, Mirza —rompió el silencio Volkan, cruzándose de brazos—. Los hombres de avanzada ya aseguraron el perímetro de los huertos en Iznik y el transporte está coordinado para que no haya imprevistos. Pero sigo sin entenderlo del todo... ¿Estás seguro de lo que estás haciendo?
​Mirza se levantó de un salto, con una energía arrolladora que delataba la urgencia en su sangre.
​—No tengo otra opción, Volkan. Recibí una llamada... Una llamada que cambia las reglas del juego. El señor Ahmet me contactó directamente. Kraliçe viaja este sábado por la mañana a los campos; va sola, decidida a seleccionar personalmente la cosecha de primera calidad para Altın Hasat. Ella no sabe absolutamente nada de esto, el viejo organizó el aviso a mis espaldas porque quiere que aclaremos el destino de una vez por todas. Es el momento de decirle la verdad. No puedo dejar pasar este sábado.
​Volkan sacudió la cabeza, soltando un suspiro cargado de escepticismo.
​—A ver, hermano, aterriza por un segundo. Kraliçe no te quiere ver ni en pintura. Llevas tres meses respirándole en la nuca fuera de su casa y lo único que has conseguido es que monte una estrategia militar para evadirte. Si apareces de la nada en medio del campo, en su refugio sagrado, ¿qué demonios le vas a decir? ¿Por qué arriesgarte a que te eche a patadas del pueblo?
​La mandíbula de Mirza se tensó, y sus ojos brillaron con la desesperación de un gigante herido.
​—Necesito que al menos me escuche, Volkan. Solo pido eso. Que me mire a los ojos y entienda que todo este maldito infierno es un malentendido provocado por la locura de Güzelim. Esas fotos son una infamia del pasado y manipulaciones de una enferma. Si Kraliçe decide odiarme después de conocer la verdad, lo aceptaré; pero no voy a permitir que me aborrezca basándose en una mentira. Nos vamos a Iznik este mismo sábado temprano. Organiza todo para salir de inmediato.
​La Partida y el Anhelo de Paz
​El amanecer del sábado tiñó el cielo de Ortaköy con tonos dorados y violetas. En la casa de los Soylu, el movimiento comenzó antes de que el sol terminara de despertar. Kraliçe se ajustó las botas de campo, se recogió el cabello indomable en una coleta alta y revisó sus anotaciones. Sentía una opresión extraña en el pecho, pero la idea de reencontrarse con la tierra fértil de Iznik actuaba como un bálsamo para su mente cansada.
​En la entrada, la familia se reunió para despedirla. Nazan le acomodó el cuello de la chaqueta con infinita ternura, mientras Ahmet guardaba un silencio sepulcral, sosteniendo una mirada cargada de complicidad que su hija, cegada por la prisa, no logró descifrar. Los hermanos menores también hicieron acto de presencia, entre los comentarios alegres de Elif y los abrazos protectores de Görkem.
​—Lleva cuidado en la carretera, mi vida —le pidió Nazan, besándole la mejilla—. Tómate tu tiempo. Selecciona lo mejor, pero sobre todo, respira.
​—Así lo haré, mamá —sonrió Kraliçe, intentando forzar una calma que no tenía—. Necesito este viaje. No solo voy por la mercancía de primera para el negocio; necesito despejar la mente, alejarme del ruido del barrio y encontrar un poco de paz. Siento que el aire aquí me ahoga.
​Con un último saludo, Kraliçe subió a su vehículo y emprendió la marcha hacia la ruta de Iznik. Conforme los perfiles de los puentes de Estambul quedaban atrás en el espejo retrovisor, sintió que una parte de la pesada coraza que había cargado durante tres meses empezaba a aligerarse con la promesa del viento del campo.
​Caza en los Huertos de Iznik
​El viaje de Mirza y Volkan fue un reflejo de la tensión contenida. El potente coche negro devoró los kilómetros de autopista hasta que el paisaje urbano se transformó en colinas verdes, viñedos antiguos y los majestuosos huertos que ahora, por ley y derecho, le pertenecían a la profesora de literatura.
​Al llegar a las inmediaciones de la propiedad agrícola, el vehículo se detuvo en un sendero de tierra apartado, oculto tras una hilera de árboles frondosos. Mirza bajó del auto, ajustándose la chaqueta, con la respiración alterada por la adrenalina del momento.
​—Quédate aquí, Volkan —ordenó Mirza, sacando su teléfono celular—. Mantente en contacto vía telefónica en todo momento. No quiero que el movimiento de un carro tan imponente llame la atención de los lugareños ni la alerte a ella antes de tiempo. Tengo que internarme a pie. Tengo que dar con esa mujer yo solo.
​—Entendido, Mirza. Estaré atento al teléfono —asintió Volkan con seriedad—. Ve y recupera a tu leona, pero recuerda: ve con el corazón abierto, no con la prepotencia del despacho.
​Mirza no necesitó escuchar más. Dio la vuelta y se adentró a paso firme por los caminos vecinales, guiado por el aroma dulce y fresco de las frutas maduras. A lo lejos, el coche de Kraliçe ya estaba estacionado cerca de las carpas principales de la cosecha.
​Ella ya estaba allí, caminando entre los árboles, tocando las hojas y buscando la paz que tanto le habían robado, completamente ajena a que, a pocos metros de distancia, el hombre de hielo avanzaba decidido a romper el pacto del silencio y quemar la última coraza que los separaba.




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