Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 16: El Estallido Digital y Cercos de Rabia

La cercanía de Mirza y la vibración de su voz terminaron por quebrar, aunque fuera por un instante, la infranqueable barrera de Kraliçe. Atrapada entre su pecho y la urgencia de sus ojos grises, ella soltó un suspiro tembloroso, rindiéndose a la evidencia de que no podía huir de esa conversación.
—Está bien... —articuló Kraliçe con la voz entrecortada—. Te voy a escuchar. Habla.
Sin embargo, la tregua no significaba sumisión. En su mente se desató una tormenta de contradicciones: una parte de su corazón quería creer en la desesperación del magnate, pero su orgullo y las heridas del pasado le gritaban que tuviera cuidado. Entre el "no te creo" y el "tal vez te creo", Kraliçe comenzó a bombardearlo con preguntas filosas, buscando respuestas en el fondo de sus pupilas.
—¿Por qué hiciste todo esto, Mirza? ¿Por qué pusiste ese inmenso terreno a mi nombre? Legalmente todo ese huerto me pertenece ahora... ¡¿Por qué lo compraste a mi nombre si yo no te lo pedí?! ¡Yo no quiero tu dinero! ¿O es que acaso pensaste que podías comprarme a mí y a mi perdón con escrituras y millones? ¡Contéstame!
A pocos metros de ellos, el viejo capataz encargado de la supervisión del huerto observaba la escena completamente desconcertado, sin entender absolutamente nada del drama de alta sociedad que se estaba desarrollando entre los árboles frutales. Mirza, al notar la presencia del trabajador y sintiendo que la situación era demasiado íntima, se giró hacia él con respeto pero con firmeza.
—Señor, por favor... denos un momento a solas para hablar —le pidió el magnate.
—No hay ningún problema, señor Alkan. Con su permiso —asintió el hombre, retirándose discretamente entre las hileras de árboles.
La Alerta en la Carretera
Mientras tanto, en el sendero oculto donde el auto de Alkan Holding estaba estacionado, el teléfono de Volkan comenzó a sonar de manera estridente. Al ver que se trataba de la oficina central de la corporación en Estambul, contestó de inmediato.
—¿Sí? Habla Volkan.
—¡Señor Volkan! ¡Qué bueno que responde! —exclamó la secretaria ejecutiva con la voz al borde de la histeria—. ¿No ha revisado las redes sociales ni las plataformas digitales? ¡Tiene que revisar ahora mismo! Está pasando algo espantoso... La señora Güzelim acaba de subir un fajo de fotografías horrible. Los portales de chismes se están volviendo locos y las acciones de la empresa están empezando a tambalearse. ¡Avísele al señor Mirza de inmediato!
A cientos de kilómetros de allí, en el barrio de Ortaköy, la casa de los Soylu experimentaba una tensa calma. La familia intentaba continuar con sus rutinas, pero el señor Ahmet andaba extrañamente inquieto. El viejo caminaba de un lado a otro de la sala, asomándose repetidamente por la ventana del frente y revisando su teléfono celular cada dos minutos. Su corazón de padre estaba en vilo, esperando con ansias una llamada o un mensaje que le confirmara que su arriesgada jugada en Iznik había valido la pena.
Pantallas de Veneno y Llamadas Desviadas
En la fastuosa mansión Alkan, la atmósfera era de puro horror. La señora Talya permanecía estática en la biblioteca, con los ojos fijos en la pantalla de la televisión y en las alertas de su propio teléfono. Las peores pesadillas mediáticas se estaban haciendo realidad: la loquera desquiciada de Güzelim estaba expuesta en todos los portales digitales, mostrando las fotos manipuladas junto a Mirza.
Con las manos temblando de indignación, Talya marcó el número de su hijo. En Iznik, el celular de Mirza vibró en su bolsillo, pero el magnate, concentrado en los ojos de Kraliçe, desvió la llamada sin siquiera mirar la pantalla.
Volkan, desesperado tras revisar su propio teléfono y constatar la magnitud del desastre digital, intentó marcarle a su amigo una, dos y tres veces. Mirza continuaba desviando las llamadas, fastidiado por la interrupción. Pero Volkan, conociendo la gravedad de la bomba que acababa de estallar, insistió con una terquedad militar hasta que la línea finalmente conectó.
Mirza sacó el aparato de mala gana, presionó el botón de aceptar y le rugió a su mano derecha:
—¡Volkan! ¡Te dije que me dieras un momento! ¡Estoy hablando con Kraliçe!
—¡Escúchame tú a mí, Mirza, y no me cuelgues! —gritó Volkan desde el auto, cortándole el paso—. ¡Tienes que revisar las plataformas digitales ahora mismo! ¡Güzelim lo hizo! Subió todas las malditas fotos... Estás en todas las tendencias de Instagram, Facebook y los portales de noticias. ¡Esa loca te declaró la guerra abierta!
Furia de Fuego y Hielo
Mirza se quedó estático, sintiendo que la sangre se le congelaba en las venas. Cortó la llamada de golpe y, con dedos torpes por la adrenalina, entró en la primera aplicación que encontró en su pantalla.
Lo que vio lo llenó de una rabia ciega, una ira tan descomunal y destructiva que su rostro se transformó por completo. Las imágenes distorsionadas de su privacidad estaban expuestas al escarnio público, destruyendo su nombre y, peor aún, la última oportunidad de recuperar la confianza de la mujer que tenía enfrente.
Lleno de una furia que casi le hacía echar candela por los ojos, Mirza le dio la espalda a Kraliçe de manera abrupta, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Kraliçe, al ver la transformación radical de su semblante y la violencia contenida en sus movimientos, dio un paso al frente, la curiosidad y la alarma ganándole al orgullo.
—¿Qué pasó, Mirza? —le exigió, tocándole levemente la espalda—. ¿Qué pasó? ¡Háblame!
Mirza no quería decir nada; la humillación y el asco lo ahogaban.
—¡Dime qué está pasando, Mirza! ¡No te quedes callado! —insistió ella, asustada por el aura de peligro que de pronto emanaba del empresario.
Sin responderle, Mirza marcó un número de marcación rápida en su teléfono, comunicándose directamente con su jefe de seguridad privada y sus contactos de inteligencia informática. Su voz, cuando habló, ya no era la del hombre suplicante de hace unos minutos; era la de un depredador implacable listo para destruir a su presa.
—Quiero que se muevan ya —ordenó Mirza, con una frialdad que cortaba el aire—. Utilicen todos los recursos legales y tecnológicos que tengamos. Quiero que cierren y tumben todas las plataformas digitales de Güzelim en este maldito segundo. Borren todo. Y escúchame bien: manden a tres equipos operativos de inmediato. Quiero que le rodeen el edificio por completo. No la dejen salir a ninguna parte, ni al pasillo, ni a la calle. Manténganla cercada hasta que yo llegue a Estambul.
La Ignorancia de la Serpiente
A kilómetros de distancia, ajena al contraataque que se había desatado en su contra, Güzelim se encontraba en la opulencia de su habitación. Sentada en medio de la cama, rodeada de cojines de plumas y con la música a alto volumen, la mujer miraba los miles de comentarios y notificaciones que inundaban sus publicaciones.
Estaba muerta de risa, soltando carcajadas histéricas y macabras mientras saboreaba lo que ella consideraba su victoria definitiva sobre el imperio Alkan y la maestra de Ortaköy. No tenía la más mínima idea de que el sistema informático estaba a punto de congelar sus cuentas, ni de que los autos negros de la seguridad de Mirza ya estaban doblando la esquina de su calle para cerrarle el mundo por completo




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