Al cortar la llamada con Volkan, el silencio del huerto se volvió sepulcral, roto únicamente por la respiración agitada de Mirza. Kraliçe lo observaba con el corazón en un hilo, sintiendo el cambio drástico en la energía del imponente magnate.
—¿Qué pasó, Mirza? —le exigió ella una vez más, dándole un paso al frente—. Explícame qué está pasando ahora mismo.
Mirza, completamente abrumado, se pasó una mano temblorosa por la cara, metió la otra con desesperación en el bolsillo de su pantalón y luego se revolvió el cabello, destruyendo su impecable peinado ejecutivo. El aire parecía faltarle.
—Güzelim, Kraliçe... Güzelim —articuló finalmente, arrastrando las palabras con una mezcla de asco y dolor—. Güzelim lo hizo.
—¿Pero qué hizo esa mujer? ¿Qué hizo? ¡Dime, explícame de una vez que me vas a volver loca! —reclamó Kraliçe, perdiendo la paciencia.
—Güzelim subió las fotos a todas las plataformas digitales —soltó él, mirándola con los ojos empañados en impotencia.
Kraliçe se quedó con la boca abierta, petrificada en su sitio. El golpe de la noticia la dejó sin aliento por unos segundos, pero de inmediato, su mente herida procesó la información a su manera. Levantó la barbilla y sentenció con amargura:
—Si ella lo hizo... es porque esas fotos son ciertas.
Esas palabras fueron la gota que derramó el vaso para el magnate. Con el tono de voz un poco más alto de lo normal, pero cargado de una frustración legítima y desesperada, Mirza se plantó firme ante ella.
—¡Entiende, Kraliçe! —le rugió con el alma en un hilo—. ¡Por Dios, entiende! ¿No te das cuenta de que esa mujer me está manipulando? ¡Que solo busca fastidiarme, destruir mi vida y separarme de ti! ¡Por favor, abre los ojos de una buena vez!
Kraliçe se quedó muda, impactada por la fuerza de su reclamo. Mirza, arrepentido al instante de haber levantado la voz, intentó acercarse para tocarla, pero ella, por puro instinto defensivo, se echó hacia atrás.
—Por favor, discúlpame... —suplicó Mirza, bajando la cabeza y apretando los puños—. Es que... esa maldita mujer me va a volver loco. La voy a matar. Te juro que la voy a matar.
Sin darle tiempo a reaccionar, Mirza avanzó y tomó a Kraliçe con firmeza por una mano.
—¡Suéltame! —le gritó ella, intentando zafarse.
—Me vas a acompañar. Vamos —ordenó él con una determinación inquebrantable, arrastrándola con cuidado pero sin detener el paso.
—¿Pero a dónde demonios voy a ir contigo? ¡¿Y mi carro?!
—Déjalo ahí. Yo mandaré a uno de mis hombres a buscarlo más tarde. ¡Vamos!
A regañadientes, con la rabia hirviendo en la sangre pero incapaz de soltarse de ese agarre que la jalaba hacia el destino, Kraliçe caminó a su lado entre los árboles hasta salir al sendero principal, donde Volkan ya los esperaba con el motor del coche encendido.
Camino de Fuego hacia la Capital
Mirza abrió la puerta trasera, esperó a que Kraliçe subiera de mala gana y luego se montó él en el asiento del copiloto, azotando la puerta. Miró a su mano derecha con una mirada que destilaba puro fuego.
—Inmediatamente a Estambul, Volkan. Vamos al edificio de Güzelim —bramó Mirza—. Voy a matarla yo mismo con mi propias manos.
—Cálmate... Cálmate, Mirza —le dijo Kraliçe desde el asiento de atrás, asustada por primera vez al ver el nivel de violencia contenida en el empresario.
Volkan no dijo una sola palabra; se limitó a mirar a Kraliçe por el espejo retrovisor, asintiendo levemente con la cabeza en señal de acuerdo con sus palabras, mientras hundía el acelerador a fondo para devorar la carretera.
El viaje fue un infierno silencioso dentro del auto, pero afuera, la tormenta corporativa estaba en su apogeo. Las agencias de inteligencia informática de Alkan Holding ya estaban trabajando a máxima marcha, tumbando una a una las plataformas digitales de Güzelim. El teléfono de Mirza no dejaba de vibrar; la pantalla mostraba decenas de llamadas y mensajes de la alta alcurnia de Estambul, socios comerciales y periodistas preguntando qué significaba ese escándalo. Mirza ignoraba todo, con la vista fija en el asfalto.
Mientras tanto, en la mansión Alkan, la señora Talya hacía milagros en la sala de juegos. Con el corazón en la boca, se esforzaba por entretener a la pequeña Duru con cuentos y juguetes, haciendo todo lo posible para que la niña no tuviera acceso a ningún teléfono ni encendiera la televisión, protegiéndola del veneno de Güzelim.
Por fortuna, en Ortaköy, la tecnología no jugaba un papel tan inmediato. La familia de Kraliçe continuaba con sus labores diarias completamente ajena al escándalo digital; el señor Ahmet seguía inquieto, pero por razones muy distintas, esperando el milagro de Iznik.
El Colapso en el Ático
En su habitación, Güzelim seguía en la cama, riéndose a carcajadas frente a la pantalla de su computadora portátil. Sin embargo, en un parpadeo, la sonrisa se le borró del rostro por completo.
El navegador se congeló. Le dio un clic frenético a la pantalla, actualizó una, dos, tres veces. Nada. Abrió su teléfono: no tenía Facebook, no tenía Instagram, sus cuentas habían sido completamente borradas del servidor. Los enlaces de los portales de chismes daban error 404.
—Dios mío... ¿Qué es esto? —susurró, sintiendo un sudor frío recorrerle la espalda.
Preocupada y perdiendo los estribos, se puso de rodillas en medio de la cama, aporreando el teclado de la computadora. La pantalla seguía en blanco. En ese momento, el chofer entró a la habitación con el rostro pálido.
—El jefe se enteró, Güzelim... Eso es lo más seguro. Mirza ya lo sabe —sentenció el hombre con la voz temblorosa.
Güzelim se quedó estupefacta. Se pasó ambas manos por la cabeza, jalándose el cabello hacia adelante, con los ojos desorbitados por el pánico.
—Mirza me va a matar... —susurró para sí misma, la realidad golpeándole la mente—. Mirza me va a matar.
Desesperada, saltó de la cama, sacó una maleta del clóset y empezó a llenarla con ropa y joyas a lo loco.
—¿Para dónde vas? —le preguntó el chofer, asustado.
—¡Nos tenemos que ir! ¡Nos tenemos que ir ya! ¡Mirza me va a matar si me encuentra aquí!
El chofer se acercó a la ventana para ver si el carro de escape estaba listo, pero al asomarse a la calle, se quedó completamente petrificado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y comenzó a dar pasos hacia atrás, tropezando con la alfombra.
—Gü... Gü... ¡Güzelim! ¡Güzelim, ven a ver esto!
—¡Cállate! ¿Qué te pasa? —chilló ella, soltando la maleta.
Caminó a paso lento, con el corazón latiéndole en las orejas, hasta llegar al ventanal. Al mirar hacia abajo, el alma se le cayó al piso. El edificio estaba completamente rodeado por camionetas negras y hombres de traje oscuro con auriculares. No había salida. La mujer se puso blanca, pálida, sofocada por el estrés. Intento agarrar su teléfono para marcarle a Mirza y suplicar piedad, pero la señal estaba muerta; el perímetro informático del edificio había sido intervenido.
—Mirza me va a matar, Mirza me va a matar... —repetía Güzelim como un mantra de locura.
—Y a mí también... —añadió el chofer, dejándose caer en un sillón, dándose por vencido.
El Encuentro Final
Abajo, el potente coche de Volkan frenó en seco frente a la entrada principal del edificio, rechinando las llantas. Al ver el despliegue de seguridad, Kraliçe miró a Mirza con indignación.
—¿Para qué me traes para acá? —le reclamó—. ¡Yo no quiero saber nada de esa mujer, Mirza!
—Cálmate y ven conmigo —le respondió él, abriéndole la puerta—. Porque ella misma te va a tener que decir toda la verdad en tu puta cara.
—¿Decirme qué? —soltó Kraliçe, pero la curiosidad y la rabia la hicieron bajarse del auto con un movimiento brusco.
Mirza se paró frente a sus hombres de seguridad, con una postura imponente y destructiva.
—No quiero que nadie se mueva. Pendientes todos, que esa mujer es una loca desquiciada —ordenó con voz de trueno.
Arriba, en el apartamento, el chofer volvió a asomarse por la rendija de la cortina y sintió que el corazón se le paraba.
—Güzelim... Llegó Mirza. Y no llegó solo. Viene con Volkan y con Kraliçe.
Al escuchar ese nombre, Güzelim perdió las piernas. Cayó de rodillas en el piso de la sala y comenzó a arrastrarse, tapándose los oídos y gritando como una completa lunática:
—¡Me va a matar! ¡Me va a matar! ¡Me va a matar!
Mientras tanto, en el pasillo del piso superior, los pasos pesados de Mirza Alkan resonaban firmes sobre la alfombra, seguidos por el andar decidido de Kraliçe y la sombra protectora de Volkan. Los tres se detuvieron exactamente frente a la puerta del apartamento.
Mirza levantó su mano derecha y comenzó a tocar la madera con golpes secos, violentos y autoritarios que retumbaron en todo el lugar, anunciando el fin del juego para la serpiente
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Editado: 18.06.2026