Buzdan Zırh: Yaralı Gurur"

Capítulo 18: Puertas Rotas y el Juicio de la Verdad

El eco de los golpes de Mirza Alkan retumbaba en las paredes del pasillo como disparos de artillería. Frente a la madera maciza, la mandíbula del magnate estaba tan tensa que parecía a punto de romperse. Detrás de él, Kraliçe observaba la escena con los brazos cruzados, conteniendo la respiración, dividida entre el impacto de ver a Mirza desatado y la expectativa de lo que encontraría detrás de esa entrada.
—¡Abre la puerta, Güzelim! ¡Sé perfectamente que estás ahí adentro con tu maldito cómplice! —rugió Mirza, con una voz de trueno que hizo vibrar las bisagras.
Adentro, el silencio era sepulcral, quebrado únicamente por los sollozos histéricos de Güzelim, quien se tapaba la boca con ambas manos, arrodillada en la alfombra de la sala. El chofer, con los ojos desorbitados, miraba la cerradura temblar con cada impacto, completamente paralizado por el miedo. Ninguno de los dos se atrevía a respirar, apostando a que el silencio haría que el empresario desistiera.
Al ver que no obtenía respuesta, la furia de Mirza se multiplicó. Dio un paso atrás, se pasó una mano por el rostro para contener la violencia salvaje que le pedía el cuerpo, y le dio un golpe brutal a la puerta con el puño cerrado, seguido de una patada limpia que astilló el marco.
—¡No vas a esconderte de mí, Güzelim! —le gritó Mirza, con los ojos inyectados en sangre—. ¡No me obligues a tumbar esta maldita puerta abajo! ¡Abre ahora mismo o te juro por mi vida que entro por las malas!
El Colapso de la Resistencia
El chofer no pudo más. Sabiendo de lo que era capaz Mirza Alkan cuando ponían en juego su honor y a su familia, el hombre se levantó del sillón como si lo hubiera picado una serpiente, ignorando los gestos desesperados de Güzelim para que se detuviera.
—¡No, jefe, no la tumbe! ¡Ya voy, ya voy! —gritó el chofer con un hilo de voz, corriendo hacia la entrada con las manos temblando.
Quitó el pasador, giró la llave a toda prisa y abrió la puerta. En el umbral, la figura de Mirza Alkan se recortó como la de un juez implacable. Sin pedir permiso, el magnate empujó la hoja de madera, entrando como un torbellino de furia contenido. Detrás de él ingresaron Volkan, con la mirada vigilante de un halcón, y Kraliçe, cuyos ojos de leona captaron de inmediato la escena del crimen.
El apartamento era un caos. En el centro de la sala, la maleta abierta a medio llenar y las joyas esparcidas delataban la inminente huida. Para Kraliçe, esa simple imagen fue la primera puñalada de realidad: la mujer no estaba celebrando una victoria; estaba huyendo como una criminal atrapada.
Careo de Sangre y Fuego
Mirza avanzó dos pasos y se plantó frente a Güzelim, quien seguía en el suelo, con el cabello alborotado y el rostro desfigurado por el llanto y el pánico. Toda la altanería, las risas macabras y la sensualidad de telenovela con la que planeaba su venganza se habían evaporado, dejando solo el cascarón de una mujer acorralada.
—Mírala, Kraliçe. Mírala bien —dijo Mirza, apuntando a Güzelim con el dedo índice, mientras se giraba hacia la maestra de Ortaköy—. Esta es la mujer que destruyó mi paz. Esta es la loca que fue a la casa de tus padres a venderles una mentira.
Kraliçe avanzó con paso firme, colocándose al lado de Mirza. Su mirada recorrió a Güzelim con una mezcla de profunda repugnancia y lástima. Luego, fijó sus ojos en el chofer, quien permanecía arrinconado contra la pared, temblando como una hoja.
—Tú... —le espetó Mirza al chofer, agarrándolo por el cuello de la camisa con una fuerza descomunal—. Vas a hablar ahora mismo si no quieres que te hunda en la cárcel más oscura de este país. ¡Habla! ¡Dile a Kraliçe qué significan esas fotografías!
El chofer, sintiendo la presión en la garganta y viendo que el imperio Alkan estaba listo para aplastarlo, se desmoronó por completo.
—¡Es mentira, señora! ¡Es todo una mentira de Güzelim! —chilló el chofer, mirando desesperadamente a Kraliçe—. Esas fotos en la cama con el señor Mirza son viejas, de hace meses... Ella lo dopó con unas pastillas en el whisky para poder tomárselas mientras él dormía. El señor Mirza no ha estado con ella desde hace cinco meses. ¡Todo lo planeó ella para sacarle dinero y para que usted lo odiara! ¡Se lo juro por Dios, yo solo seguía órdenes!
Las palabras del hombre cayeron en la sala como bloques de cemento. Kraliçe sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Volteó despacio hacia Mirza, viendo el dolor crudo, la humillación y la desesperada súplica de inocencia reflejada en el rostro del gigante que, a pesar de sus millones, había sido víctima de una mente retorcida. La verdad, desnuda y brutal, finalmente estaba sobre la mesa




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