Cactus.

Espina dos, Desde mis ojos.

Atlas.

Siempre se me ha hecho inevitable tener que ir por un dulce antes de ir a la oficina, pero también se me hace imposible llegar temprano una vez. Inquieto veía cómo el reloj de la cafetería marcaba cada segundo. Entre más avanzaba, más tiempo perdía. Miré a la cajera que estaba muy inversa en contar los billetes de la persona delante de mí. Es irreal pensar en cuántas veces la gente parece olvidar que todos tenemos problemas, digo, ella no tiene la culpa de que yo sea irresponsable, pero podría hacer mejor su trabajo para hacernos más felices a todos.

Después de que me dio mi café, duré treinta minutos corriendo a la oficina. Entre tantas cosas que me pasaban por la cabeza yendo de camino, no me podía sacar de que después de mucho tiempo iba a lograr verla de nuevo. Era emocionante y, aunque mis nervios me podían jugar sucio, me supe controlar antes de entrar al edificio.

—Esa sonrisa lo dice todo —dijo Alejandra cuando escuchó mis pasos.

-—¿Cuál? —arrugué el entrecejo siguiéndole el juego—. Ya está aquí, supongo.

—Llegó hace como cinco minutos, casi corrió a la oficina de su padre, pero —una llamada cayó en su teléfono.

Quise esperar a que terminara de hablar, pero con su dedo índice me hizo señas para que fuese de una vez a lo que iba. Le guiñé el ojo y di unos pasos hacia el ascensor. Me regresé rápido y puse el café al lado del monitor.

—Cuídalo por mí —le dije en voz baja. Esperé su confirmación y en cuanto la tuve, me fui a toda velocidad hacia la oficina del director.

Nunca fui capaz de pronunciar su nombre. Quizás era por la insistencia que puso sobre mi padre para que ni siquiera me acercara a sus hijas. El director no fue tan bueno con ninguna persona que él creyera que tenía por debajo, a comparación de su hija que en mis recuerdos de aquella pelinegra de piel clara y lindos ojos no eran más que buenos momentos a los que quise volver repetidas veces. Su hermana y ella fueron mis compañeras de juego durante los largos días aburridos en la oficina de mi papá. Gracias a sus privilegios, pudimos explorar casi todo el edificio sin que nos sacaran a regaños de muchos lugares.

Lindas memorias que se avivaron cuando pude ver a la mayor de ellas. Se había convertido en una mujer deslumbrante, con grandes ojos y linda cintura; fue el objetivo de muchos desde su primer día de trabajo. Estela es una chica risueña, inteligente y estoy seguro de que ha sido resaltante desde los primeros años de su vida. En cambio, Estefany siempre fue un poco amargada. Sin importar mucho eso, la hermana menor de los Silva y yo, tuvimos grandes aventuras cuando niños. Una chica a la que le guardó mucho aprecio y ahora estaba a dos pisos de verla.

Me troné los dedos de la mano cuando faltaba un piso y sentí vibrar mi celular.

—¿Aló? —Escuché a Carlos.

—No es el momento, estoy ocupado.

Las puertas se abrieron y vi cómo ella salió disparada de la oficina de su padre.

Colgué tan rápido como pude. No quiero abrazarla, quizás ella no me recuerde igual. Ha crecido bien y esa cintura suya no tiene que envidiarle a su hermana. Después de todo, no sería tan mala idea abrazarla.

Su cabeza estuvo en contra de la puerta de la oficina desde que salí del elevador. No quise ser imprudente y mantuve silencio esperando que ella sintiera mi presencia. No sucedió así, entonces opté por decir algo neutral.

—No quiero interrumpir —se asustó un poco y juraría que casi se le cae el cactus—. Pero creo que llegaste antes de lo pautado-quise sonreír, pero ella habló antes.

—¿Perdón? Me confundes, solo vine por algo de mi padre.

Mi sonrisa no terminó de salir antes de que sintiera un balde de agua fría cayéndome encima. Fruncí el entrecejo.

¿No sabe quién soy yo?

—No, no lo creo —extendí mi mano. Diré mi nombre, es imposible que no sepa quién soy—. Mi nombre es Atlas y estoy seguro de que esos ojos los conozco bien.

Vio mi mano y luego mi cara.
—A mí me pareces bastante olvidable. No soy quien crees.

¿Qué carajos? ¿Qué se supone que haga ahora? ¿En realidad es ella? Pero claro que es ella, no perdió ni una facción de cuando era niña.

—Auch —dije buscando cómo aligerar el ambiente—. ¿Eres así de espinosa todo el tiempo? —Sonreí buscando empatizar.

No funcionó. Quiso irse y yo quise quedarme reflexionando sobre cómo alguien que fue tan importante para mí me había olvidado por completo. El golpe de realidad se sintió fuerte y sentí cómo mi pecho se vació.

—No puedo dejar que te vayas así —la tomé del brazo de manera gentil.

—Suéltame —no quería asustarla, y aunque quise reafirmarle quién era, recordé algo importante.

—No fue un buen comienzo, pero créeme, eres a quien espero —con mi celular en mano, fue rápido buscar la foto de su hermana junto a ella y enseñársela—. Estefany, ¿cierto? La hija del director —me vi obligado a hablarle de su padre esperando a que eso sirviera.

Estaba confundida, la conocí lo suficiente para saberlo. Me quedé viendo sus ojos con la esperanza de que se iluminaran al recordar mi nombre. Comencé a sentir miedo de que haya olvidado quién fui para ella y eso me hizo pensar en que por mucho tiempo la había puesto en un pedestal por algo que ni siquiera notó.

—No sé quién eres o por qué tienes esa foto, pero no puedes frenarme si quiero irme —con sus palabras dio todo por hecho.

La chica que había desaparecido por once años se había quedado perdida y ahora tenía al frente a otra persona con su rostro y voz. La niña que me había salvado la vida, la que nunca quise dejar que el tiempo borrara, me había olvidado. La solté del brazo decepcionado y su cactus dio a parar contra el piso.

Quiso recogerlo avergonzada, pero no puso suficiente atención a qué agarraría con sus manos.

—Cuidado —ignoró mi advertencia.

Se levantó adolorida y brevemente recordé las muchas veces que había pasado algo similar. Era tan terca como de costumbre. Así que hice lo que era costumbre para mí.



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En el texto hay: romance, drama, jovenadulto

Editado: 09.05.2026

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