PRÓLOGO
Antes de que las ciudades fueran de hierro y el cielo se ocultara tras el velo del humo, el mundo recordaba su origen. En aquellos tiempos, la frontera entre lo que se puede tocar y lo que solo se puede soñar era tan delgada como el ala de una libélula. Pero los siglos pasaron, y los hombres, en su afán de conquista, olvidaron mirar hacia arriba.
En el cenit del firmamento, donde el frío es una melodía constante, Selene, la Diosa de la Luna, observaba el lento declive de la maravilla humana. Para una deidad, el tiempo no es un río, sino un océano estático; los milenios son apenas parpadeos de luz plateada. Sin embargo, su hija Liliana, nacida de la luz de las estrellas más jóvenes, sentía una curiosidad prohibida. Ella no veía a los mortales como simples hormigas de barro, sino como chispas efímeras que ardían con una intensidad que el cielo jamás podría conocer.
—"Madre," —preguntó Liliana una noche, mientras peinaba las mareas de la tierra con sus dedos de luz—, "¿por qué corren tanto si saben que su camino termina en la ceniza?"
—"Porque son sombras que temen a la oscuridad," —respondió la Diosa con una voz que hizo temblar las constelaciones—. "Viven de prisa porque son breves. No te acerques a ellos, pequeña, pues el calor de su sangre es un veneno que consume la eternidad."
Pero Liliana no escuchó la advertencia. En su corazón estelar, se preguntaba qué se sentiría tener un cuerpo que se cansa, un pecho que se agita y una voz que necesita ser escuchada antes de que el tiempo la apague. Deseaba entender el misterio del "ahora", ese concepto que los dioses no poseen porque lo tienen todo para siempre.
Mientras tanto, en el valle de los hombres, un joven llamado Adrián caminaba de regreso a casa tras una jornada agotadora. No sabía que esa tarde, al buscar el refugio de un viejo roble en la colina, no solo encontraría un atardecer más. No sabía que estaba a punto de convertirse en el ancla de una diosa y en el enemigo de un destino escrito antes de la creación del mundo.
El escenario estaba listo. El sol comenzaba su descenso, la luna reclamaba su reino de plata, y en el Pequeño Cerro, el destino comenzaba a afilar sus hilos. Esta es la crónica de cómo un suspiro mortal fue capaz de silenciar el mandato de los dioses.