Cada atardecer

capitulo 1

I. El Ermitaño del Silencio y el Rugido del Acero

En la ciudad de Argental, la existencia se medía en el peso del metal y la densidad del hollín. Era una metrópolis que respiraba a través de chimeneas colosales, donde el cielo no era un horizonte azul, sino una mortaja grisácea que asfixiaba la luz del sol. El hierro era la única ley; se encontraba en las vigas que sostenían los edificios, en el aliento metálico de los ciudadanos y en las cadenas invisibles de un progreso que había olvidado la contemplación.

Allí vivía Adrián, un joven cuya mirada cansada albergaba una chispa de alma antigua, un anacronismo viviente atrapado en los engranajes de una era industrial que trituraba los sueños para alimentar las calderas. Trabajaba doce horas diarias en las grandes forjas del sector sur. Allí, el calor era tan abrasador que las palabras parecían derretirse en la garganta antes de ser pronunciadas; el estruendo de los martillos hidráulicos silenciaba cualquier pensamiento que no fuera la mera supervivencia.

Por eso, su escape no era un simple capricho de juventud, sino su medicina, su única forma de no volverse piedra. Cada tarde, con los pulmones cargados de ceniza y los hombros pesados por el cansancio, Adrián abandonaba los muros de la ciudad y recorría un sendero de piedras olvidadas. El camino serpenteaba hacia arriba, alejándose del hedor del carbón, hasta alcanzar el Pequeño Cerro.

Este lugar era el último reducto de una naturaleza virgen que la civilización, en su apetito voraz, aún no había logrado devorar. En la cima, desafiando a los vientos, se alzaba el Roble de las Eras. Era un titán de madera cuyas raíces se hundían profundamente en los estratos secretos de la tierra, absorbiendo memorias de siglos olvidados, mientras sus ramas, como dedos nudosos y sabios, buscaban acariciar las nubes.

Bajo su sombra, Adrián dejaba de ser un operario anónimo para convertirse en un rey sin corona. Su ritual era sagrado: observar el "Incendio del Cielo". Era ese momento fugaz en que el sol, antes de morir bajo el horizonte, entregaba su última sangre al firmamento, tiñendo el mundo de un carmín violento y hermoso. Ese color le recordaba los cuentos que su madre le susurraba al oído cuando era niño, historias de reinos mágicos y luces eternas, antes de que ella partiera definitivamente hacia el reino de las sombras.



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En el texto hay: diosa luna, amor, amor aventura magia

Editado: 02.06.2026

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