II. La Extranjera del Cristal y la Plata
Un martes de noviembre, el invierno decidió adelantar su llegada. El frío empezó a morder los huesos de Adrián con una ferocidad inusual, y el viento traía consigo el aroma metálico de la nieve próxima. Al llegar a su santuario bajo el roble, Adrián se detuvo en seco. El aire no era el mismo; vibraba con una frecuencia distinta, una nota cristalina que hacía que el vello de sus brazos se erizara.
Bajo el árbol, sentada sobre una manta que parecía tejida con hilos de niebla y jirones de nubes, estaba ella.
No era una mujer común. Su presencia desafiaba la lógica de Argental. Su cabello poseía el brillo cegador de la nieve bajo la luna llena, y su piel era de una palidez tan extrema que parecía emitir una luz propia; bajo su superficie, se vislumbraban las venas como finos ríos de zafiro líquido. Sostenía entre sus manos un libro cuyas tapas eran de obsidiana pulida y sus hojas de cristal soplado, tan finas que parecían poder romperse con un suspiro. No había rastro de tinta en ellas; las letras eran hendiduras talladas que atrapaban y refractaban la luz agónica del crepúsculo.
—¿Eres tú el guardián de este roble? —preguntó ella sin levantar la vista de inmediato.
Su voz no parecía salir de una garganta humana; era una resonancia que nacía del viento mismo, un susurro que llenaba el espacio entre los dos. Adrián, petrificado y con el corazón martilleando contra sus costillas, tardó un instante en responder.
—Solo soy alguien que busca un poco de paz en un mundo que hace demasiado ruido —logró decir al fin—. ¿Qué es ese libro? ¿Cómo puedes leer en cristales vacíos?
Ella levantó la mirada, y Adrián sintió que caía en un abismo de plata. —Es el Registro de los Suspiros —dijo ella con una sonrisa teñida de una melancolía milenaria—. Aquí se escriben automáticamente las cosas que los mortales olvidan desear mientras están ocupados sobreviviendo. Me llamo Liliana, y vengo de un lugar donde el sol es solo una leyenda lejana contada por los ancianos de las estrellas.