III. El Idilio de los Mundos Opuestos
Aquel encuentro fortuito fue el catalizador de una primavera secreta que floreció en el corazón del invierno más crudo. Durante semanas, el Pequeño Cerro se convirtió en un refugio fuera del tiempo. Adrián y Liliana tejieron un universo privado donde las leyes de la física y la lógica de los hombres no tenían jurisdicción.
Adrián, el joven de las forjas, se convirtió en el maestro de lo tangible. Le enseñó a Liliana el valor de las cosas finitas, aquellas que los dioses suelen despreciar por su brevedad. Le dio a probar el sabor explosivo de una manzana madura, le mostró cómo el calor de una fogata puede consolar el alma en una noche gélida, y le explicó la extraña satisfacción de un cansancio bien ganado tras un día de trabajo honesto. Pero, sobre todo, le habló del miedo a la muerte.
—Es el miedo lo que nos hace amar con esta desesperación —le decía Adrián mientras sostenía sus manos frías—. Porque sabemos que cada segundo es un regalo que no se repetirá. El miedo es lo que hace que la vida sea sagrada.
A cambio, Liliana le abrió las puertas del cosmos. Le reveló que el cielo nocturno no es un vacío negro y aterrador, sino una red infinita de hilos de luz plateada que conectan el latido de cada ser vivo en el universo. Con un sutil gesto de sus dedos, hacía que el agua del arroyo cercano desafiara la gravedad y fluyera hacia arriba, fragmentándose en miles de diamantes líquidos que flotaban y giraban alrededor de ellos como planetas minúsculos.
Sin embargo, a medida que su amor se profundizaba, la salud de Liliana empezó a flaquear. Su forma física, antes sólida, aunque etérea, comenzó a volverse traslúcida. Se volvía más tenue día tras día, como un dibujo a carboncillo que el viento empieza a borrar lentamente de la hoja.
—Mi madre es Selene, la Diosa Primordial de la Luna —confesó una noche de tormenta, mientras los truenos retumbaban sobre Argental—. Ella me permitió descender para observar y estudiar a los seres de barro, pero mi permiso ha expirado. El equilibrio del cielo reclama mi esencia. Ella me exige ser la Guardiana del Velo, una posición de poder inmenso, pero de soledad absoluta. Me obligará a observar el mundo desde el cenit por toda la eternidad, sin poder tocar jamás la tierra, sin poder sentir jamás el calor de tu piel.