IV. La Noche de las Sombras Largas
La Diosa Selene no conocía la piedad, pues la piedad requiere una comprensión del cambio que los inmortales no poseen. Para ella, solo existía el Orden. Al percibir que su hija se negaba a abandonar el mundo mortal y que su esencia se estaba "contaminando" con sentimientos humanos, decidió castigar al mundo que la retenía.
El castigo fue sistemático y aterrador. Primero, robó la luz de la noche. Durante siete días y siete noches, la luna desapareció del firmamento. Después, una a una, las estrellas se fueron apagando como velas sopladas por un gigante invisible. La oscuridad resultante no era una simple ausencia de luz; era una masa densa, una negrura física que devoraba la llama de las lámparas de aceite y las antorchas. En Argental, el pánico se convirtió en una plaga. Privados de la luz que guía los ciclos, los hombres perdieron el norte de su moral y empezaron a actuar como bestias en la penumbra.
—Si no vuelvo ahora, ella no se detendrá —lloró Liliana bajo el roble, que ahora parecía marchitarse bajo la presión divina—. Convertirá toda la tierra en un mausoleo de hielo, una roca muerta flotando en el vacío.
—No —dijo Adrián con una resolución que hizo vibrar el aire. Tomó la mano de Liliana con una fuerza que desafiaba a los mismos dioses—. No permitiré que te convierta en una estatua de plata fría. Hay un camino que los hombres de mi linaje mencionan en susurros. Mi madre hablaba de un Oráculo que habita en el Abismo de las Estrellas Caídas. Dicen que él existía antes que los dioses y que conoce las leyes fundamentales que incluso Selene debe obedecer. Si hay una forma de que te quedes, él la sabe.