V. Peregrinaje al Borde de la Realidad
Sin más equipo que su voluntad y el amor que los unía, emprendieron un viaje que ningún mapa humano se atrevería a registrar. Salieron de los límites de lo conocido y cruzaron el Desierto de los Espejos, una llanura de sal cristalina donde el mayor peligro no era la sed, sino los reflejos. Tuvieron que luchar contra sus propios egos, contra versiones oscuras de sí mismos que les gritaban sus mayores inseguridades: que su amor era una locura, que Adrián solo era un insecto ante una diosa.
Navegaron por el Río del Tiempo, un cauce de aguas plateadas donde un paso en falso podía envejecer a un hombre cincuenta años en un segundo o devolverlo a la infancia. Adrián, el mortal de las forjas, se convirtió en el protector absoluto de la divinidad debilitada. Cuando Liliana ya no era más que un susurro de luz, un rastro de niebla que apenas podía sostenerse en pie, él la cargó sobre sus espaldas. Caminó kilómetros sobre rocas afiladas, alimentándola con su propia energía vital, compartiendo su calor humano para evitar que ella se disipara en el aire frío de las montañas.
Finalmente, tras lo que parecieron eones de agonía, llegaron al corazón del Abismo. Allí, sentado en un trono tallado en meteoritos que aún emitían el calor del espacio profundo, se encontraba el Oráculo. Era un ser sin rostro, una silueta de vacío envuelta en túnicas de polvo estelar.
—Vienes a pedir lo imposible, pequeño habitante de las forjas —tronó la voz del Oráculo, que sonaba como el choque de dos planetas—. Para que una diosa se vuelva carne, o para que un humano habite entre las estrellas, el universo exige un tributo de sangre y luz. El equilibrio exige una vida por una libertad. ¿Estás realmente dispuesto a entregar la totalidad de tu futuro para que ella tenga un presente a tu lado?
Adrián no dudó. Su respuesta fue un susurro cargado de la fuerza de mil tormentas: —Mi futuro no tiene valor si ella no está en él.