VII. El Puente Eterno y el Legado del Roble
Selene, por primera vez desde que el universo fue joven, sintió una emoción humana: la envidia. Vio en ese abrazo una plenitud, una conexión tan absoluta que ella, en su trono solitario del cielo, jamás podría poseer. Comprendió que, si destruía a Adrián, destruiría la única razón por la cual su hija seguía brillando. El odio de la Diosa se transformó en un respeto amargo.
No hubo una victoria total, sino un Pacto. Se dictó una sentencia que reescribió las leyes del cosmos: Liliana recibió el don de la mortalidad. Viviría en la tierra, compartiría el destino de Adrián, vería cómo su piel se arrugaba y cómo sus fuerzas flaqueaban con los años. Sentiría el dolor, el hambre y, finalmente, el final de sus días.
Sin embargo, el equilibrio debía mantenerse. Para pagar la deuda de su libertad, cada vez que la luna llegara a su plenitud en el cielo, Liliana debería recuperar su forma divina por una noche. En esas horas, ascendería al cenit para guiar a las estrellas, calmar las mareas y conducir a las almas perdidas a través del velo, manteniendo el pulso del universo.
Desde entonces, en Argental y más allá, se cuenta la historia de los amantes del Pequeño Cerro. Cada atardecer, sin falta, se les ve subir por el sendero de piedras olvidadas. Adrián ya camina con paso lento, su cabello es una corona de canas que atestigua el paso del tiempo, y Liliana camina a su lado con una gracia que todavía delata su origen estelar. Se sientan bajo el Roble de las Eras a ver el ocaso, celebrando cada minuto de su existencia finita como si fuera el tesoro más grande del mundo.
Y cuando la luna llena brilla en todo su esplendor, Adrián se queda solo bajo el árbol, mirando hacia arriba con orgullo y una sonrisa serena. Sabe que la estrella más brillante del firmamento, la que guía a los marineros y consuela a los tristes, es su esposa cumpliendo su promesa de luz, antes de regresar siempre, con el primer rayo de sol, a los brazos del hombre que enseñó a una diosa lo que significa estar viva.