En serio, ¿Hay una necesidad, o un interruptor automático del amor? La respuesta es que no, no existe está cierta y necia necesidad de colocar nuestro mundo a la disposición universal del autoengaño, aunque se sienta bien por un momento.
Caminas tu vida, ves mucha gente entre tanta multitud, y siempre encuentras a ese alguien, ese que te atrae sutilmente con engaño o con verdad, con orgullo o humildad, y nos convertimos en esos lectores clasistas, apresurados que juzgamos por la cubierta y vemos solo las portadas pero el contenido, ese debemos descubrirlo muy al fondo.
Y aunque no sabría qué decir justo ahora; en pensar en lo que me haría más daño, si su amor o su traición; en cuanto capte su mirada que me regalaba la sensación de verterme en un panal de mieles, era como estar en una eterna primavera, en ese instante solo sentí que mis ojos fueron abiertos a mi cruel realidad, me traía de vuelta al suelo donde estaba de pie, y descubrí, entendí que no estaré eternamente viva y si tengo que intentarlo de nuevo, de hallarte en otra vida, lo haría, tendría que hacerlo, pero tengo que seguir mi rumbo, mi realidad (con él a mi lado en preferencia).
Vagando, recuerdo que su voz es como un eco que calmaba mis pensamientos más agitados, esa calma un faro en noches de niebla, su risa una melodía que se quedó grabada en mis cienes, pero lo que no logré conocer, fue su llanto sus partes débiles, los secretos que guarda en esas lágrimas que nunca miré caer, entonces me quedé con la ternura que muestra en pequeños gestos, observar sus manos fuertes que parecen que fueron hechas para sostener y abrazar, su mirada que acoge y otras veces que aleja, su atracción palpable y su evasión inesperada.
Seguía yo sin entender por qué la vida tuvo que pasar así, debería evitarme más dolor, pero quizá nos nos llevamos tan bien.
Jamás había vivido una cercanía tan lejana, tantos años sin encuentro, estaba tan cerca que podría escuchar el acercamiento de sus pasos, (PERO NO PASÓ), el roce de su caminar contra el suelo, me imaginé mil veces cómo sería sentir su presencia a un brazo de distancia, (PERO NO PASÓ), en cómo sería el calor de su mano en la mía, pero, la realidad fue otra, los caminos que creíamos paralelos se desviaron sin que nos diéramos cuenta, las decisiones tomadas por cada uno por separado fueron aún más distantes que el espacio físico que nos separaba.
Quizá el destino sea el juez de una determinación que aún no podemos pronunciar. No sé si nuestros caminos volverán a cruzarse de verdad o si esta sensación de estar un paso será toda la historia que nos tocará vivir por ahora; contemplarlo y tenerlo a 5 centímetros bastaban, o al menos eso quise creer, que esa proximidad aunque fueron solo miradas cruzadas en una multitud que ya no existe, aunque fue solo el eco de su voz en un lugar común eso fue suficiente para alimentar la esperanza que no deje de sentir o que aún guardo una parte conmigo.
Se me atraviesan días en que la duda me consume entera, ¿Es este sentimiento real o solo un espejo donde miro lo que deseo de ver? Pero luego vuelvo a caer, a encontrar sus ojos ante el baldío y todo el ruido del mundo se apaga, en esos segundos no importa si es realidad o fantasía, importa que en ese instante el mundo tiene sentido, que hay un punto de referencia en la inmensidad del camino que recorro.
Quizá la vida no pasa así por casualidad si no porque cada encuentro y cada separación es un ladrillo en la construcción de quiénes somos.
Ese amor que no puedo definir, esa atracción que no puedo explicar, quizá sea más que un sentimiento, quizá una lección sobre cómo abrirse a lo desconocido, sobre cómo aceptar que no siempre tenemos todo resuelto en nuestras manos.
No sé si algún día conoceré la parte más desconocida, sus fragilidades o sus conceptos, si algún día sus manos rozarán la mía sin que el miedo nos separe, si algún día la evasión dará paso a una cercanía verdadera; pero hoy, en este momento la simple posibilidad es suficiente, la vida nos ha puesto en el mismo espacio a milímetros de distancia y eso ya es un regalo que no puedo despreciar.
El autoengaño pudo atraparme pero de seguir no vivir en él, es mi lucha constante.
Cuando conoces a alguien se parece mucho a abrir un mapa antiguo, no sabes con esa actitud que vas a encontrar, pero la curiosidad te empuja a avanzar, cuando lo conocí, sentí precisamente eso: una mezcla entre expectativa y vértigo.
Me aferro a su manera de hablar, en su forma de mirar el mundo que hacía que todo pareciera algo nuevo, cada conversación era un territorio inexplorado y cada silencio escondía preguntas sin respuestas.
Al principio creí que esa sensación era suficiente para quedarme, pensé que este tipo de viajes estaban hechos para vivirse sin pensar demasiado, pero, con el tiempo entendí que no todos los lugares están destinados a convertirse en hogar.
Había días en los que su presencia iluminaba todo, eran todos mis rincones, la experiencia de reír por cosas pequeñas sin saltar ningún detalle, andábamos sin rumbo, y el tiempo parecía detenerse en un punto cómodo del universo.
Pero, también existían momentos en los que su mundo y el mío parecían hablar idiomas distintos.
Aprendí que la emoción de descubrir a alguien no siempre significa que debamos quedarnos a su lado, pasa que conocer una persona es solamente es una experiencia que abre puertas dentro de nosotros mismos, su historia tenía caminos que no eran los míos y aunque por momentos quise convencerme de que podía adaptarme, que podía aprender a caminar en su dirección, algo dentro de mí sabía que no debía hacerlo, que no podría.
No fue una decisión impulsiva fue más bien un susurro constante dentro del pecho que repetía lo mismo: Admirar un paisaje no significa que debas vivir en él.
#5148 en Novela romántica
#1493 en Chick lit
#1725 en Otros
#335 en Relatos cortos
Editado: 17.03.2026