—Si él quiere seguir con esto, pues no me queda más opción. Jamás me alejarán de ti, mi pequeño rayo de luna —susurró la joven.
Estaba sentada en el frío suelo de piedra de una lujosa habitación, envuelta en las pesadas telas de un pomposo vestido celeste que sentía como una armadura ajena. Con movimientos lentos y cuidadosos, mecía al bebé que descansaba en sus brazos, aferrándolo contra su pecho como una leona acorralada.
Había llegado a aquel gélido reino como una esclava más. Diferente a las demás, eso sí. Venía de tierras cálidas que jamás habían sido pisadas por esos hombres del otro lado del océano. Una rareza. Un trofeo. «Exótica», les había escuchado murmurar con desdén tiempo atrás, cuando la exhibieron por primera vez.
Pero se equivocaban si creían que podían doblegarla. Ella era Killari, princesa de Suyay, hija del sol y de la luna. Y estaba dispuesta a incendiar ese nuevo mundo antes de permitir que le arrebataran lo que más amaba.