Cadenas de Oro

Capítulo 1

Todo comenzó un día en que se encontraba a la orilla del océano, sintiendo la arena en sus pies y viendo hacia el horizonte cómo el agua y el cielo se convertían en uno. Era en esos momentos donde sentía la conexión con la naturaleza, como si fueran un solo ente. Tan concentrada estaba en aquello, que se espantó al oír gritos masculinos. Apresurada, creyendo que era alguien de su pueblo, corrió hacia el lugar de donde provenían las voces.

Y ahí fue donde vio el comienzo del fin de su vida: muchos hombres de ropas extrañas y facciones desconocidas estaban llegando a la orilla. Algunos respiraban agitados, otros estaban aún en el vasto océano gritando por ayuda, y más atrás, un barco. No parecía estar roto, ya que no se hundía, pero sí estaba convertido en un desastre; tal vez una tormenta se les atravesó en el camino, como a veces le pasaba a sus barcos pesqueros.

Oculta detrás de unas plantas, aquellos hombres no la vieron. Estaba por retirarse cuando escuchó un grito infantil proveniente del agua. Un niño de no más de diez lunas movía los brazos, desesperado. No lo pensó dos veces. Salió de su escondite y corrió hacia el mar. Al empezar a nadar hacia el pequeño, escuchó los ruidos sorprendidos de algunos hombres detrás de ella, pero los ignoró completamente.

Cuando llegó hasta el niño, lo sujetó fuerte contra su pecho y empezó a nadar de regreso a la orilla. Cansada —esa era la única palabra que describía cómo se encontraba ahora—, se aseguró primero de que el pequeño estuviera a salvo. Al mirarlo bien, se llevó una inmensa sorpresa: su cabello era del color de los granos del maíz y sus ojos parecían hojas de árboles en pleno crecimiento. Jamás había visto a alguien así.

Notó que varios hombres a su alrededor la miraban curiosos, todos tan diferentes a ella y a su gente. Volvió su atención al niño.

—¿Estás bien? —preguntó.

Pero él pareció no entender lo que decía.

El pequeño le respondió algo en un lenguaje que no supo reconocer. Al ver que ella no lograba entenderlo, él señaló su propia pierna. Ahí se podía ver una herida, no tan profunda, pero que sí estaba abierta. Killari se dio vuelta y le ofreció su espalda; el niño pareció comprender lo que trataba de hacer. Cuando ya estuvo seguro y aferrado a ella, la joven se giró para encarar a las otras personas.

—Vengan, puedo ayudarlos.

Pero, otra vez, no lograron entenderla. Esto ya la estaba molestando.

—Ayuda, a-yu-da —pronunció varias veces, gesticulando.

Los forasteros se miraban desconcertados, hasta que uno de ellos dijo una palabra mientras la observaba dudoso. Al ver que el hombre había captado la idea, Killari sonrió feliz, asintió y repitió la palabra que él acababa de pronunciar.

Así fue como terminó guiando a todos aquellos sujetos a través de la densa flora del lugar. Cada cierto tiempo, miraba hacia atrás para asegurarse de que no se perdieran y, de paso, le sonreía al niño para que no se asustara. Estaban cerca de su hogar. Había recorrido esos caminos desde que era una bebé. Y ahí estaba: entre el manto de árboles y flores se alzaba una inmensa ciudad brillante. Solo debían subir la colina y ya estarían en las puertas.

De pronto, unos guardias de piel trigueña se dirigieron corriendo hacia la chica. En un movimiento rápido, rodearon a los forasteros, colocando lanzas afiladas cerca de sus cuellos.

—¿Se encuentra bien, alteza? —preguntó uno de ellos.

—Yo estoy bien, pero este pequeño no. Los encontré en la orilla de la playa; al parecer, su barco atravesó una tormenta —empezó a explicar, mientras bajaba al niño de su espalda y se lo entregaba a uno de los guardias—. Quiero que el sanador los vea. Yo hablaré con mi padre sobre ellos.

—De acuerdo, princesa.

Los guardias bajaron las lanzas y se acercaron a los hombres para escoltarlos al interior del pueblo.

Cuando por fin la joven pudo hablar con su padre, el sol ya se estaba ocultando para dar paso a la luna. El emperador la esperaba en el centro de su gran sala, flanqueado por su esposa a la derecha y su hijo mayor a la izquierda.

—Hija mía, toma asiento —pidió su madre, acercándose para tomar su rostro delicadamente y acariciarlo antes de guiarla hacia su lugar.

—Escuché que has dejado entrar a personas desconocidas dentro de nuestros muros... de nuevo —señaló su padre.

—Sí, lo siento, padre, pero ellos necesitaban ayuda.

—Mi dulce hermana, siempre tan amable —intervino su hermano mayor con una sonrisa de medio lado—. Algún día eso llevará a tu destrucción.

—Que los dioses no lo quieran —susurró la emperatriz.

—Killari, ¿quiénes son? —volvió a tomar la palabra el emperador.

—No lo sé. Al parecer se perdieron en el océano. Sus ropas y rostros son diferentes. El más pequeño tiene el cabello del color del oro y sus ojos son similares a las hojas de un árbol.

Todos parecieron sorprendidos. En toda la ciudad, e incluso en los pueblos cercanos, nadie poseía esas características. Su gente tenía la piel de una hermosa canela tostada por los rayos del sol, el cabello negro como la noche y ojos del color de la tierra recién arada. Aunque algunos tenían tonos más claros, jamás llegaban a los colores que la joven describía.

—No hablan nuestra lengua, pero tampoco logré identificarlos con el idioma de alguno de nuestros vecinos —añadió Killari.

—Luego de comer, iremos a verlos —decidió su padre.

La cena transcurrió de manera calmada y, al terminar, la familia real se encaminó a los aposentos del palacio de las estrellas, donde los forasteros habían sido atendidos.

Los náufragos se encontraban hablando entre sí, tratando de descifrar cómo habían llegado a ese lugar y por qué los tenían allí. De repente, un gran bullicio resonó afuera. Las pesadas puertas de madera se abrieron y la presencia de cuatro figuras los dejó estáticos. Entre ellas, reconocieron a la joven que los había salvado.

Para los hombres de mar, la visión era tan extraña como fascinante. La luz del recinto se reflejó en las enormes pecheras de oro que llevaban los dos hombres, quienes lucían el torso al descubierto y taparrabos blancos. El emperador imponía una autoridad absoluta con solo una mirada desde debajo de su corona dorada, engastada con piedras preciosas y plumas. Su hijo, con una corona similar, parecía tenso, listo para atacar ante el menor movimiento de los forasteros. Ambos llevaban los brazos pintados con coloridos símbolos de animales que parecían cobrar vida con cada gesto.




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