El primer mes en Suyay fue un desafío de señas, frustraciones y malentendidos. Mientras los hombres blancos habían sido divididos en grupos para trabajar en las cosechas y la pesca, el pequeño de cabellos dorados se había quedado bajo la estricta tutela de Killari.
Aquella tarde, ambos estaban sentados en el suelo de piedra de uno de los patios interiores del palacio, rodeados por macetas de barro desbordantes de flores coloridas. Killari tenía frente a ella un pequeño cuenco con agua, una piedra y un trozo de lulo.
—Agua —pronunció la joven, señalando el cuenco con lentitud, exagerando la modulación de sus labios—. A-gua.
El niño la miraba con el ceño fruncido, concentrado hasta el punto de que casi no parpadeaba. Sus pequeños dedos juguetearon nerviosos con el borde de su túnica limpia, un regalo que la emperatriz le había hecho al ver los harapos con los que había llegado.
—A... a-wa —repitió él, con un acento tosco y extraño.
—¡Casi! —Killari sonrió ampliamente y asintió, animándolo—. Otra vez. Agua.
El pequeño tomó aire, pero al intentar repetirlo, su lengua se trabó con un sonido incomprensible. Frustrado, soltó un bufido y bajó la cabeza de inmediato, encogiendo los hombros como si tratara de hacerse una bolita. Sus ojos se cerraron con fuerza y levantó un brazo para cubrirse el rostro, en un acto reflejo y doloroso.
Killari sintió un nudo en la garganta. No era la primera vez que el niño hacía ese gesto. Las cicatrices que el sanador había encontrado en su espalda el primer día contaban una historia de castigos crueles cada vez que cometía un error.
Con extrema suavidad, la princesa bajó la mano que señalaba el cuenco y se acercó a él. No lo tocó de inmediato para no asustarlo más.
—Ey... mírame —susurró, con un tono dulce y cantarino—. Aquí no. Nadie te hará daño aquí.
Al no sentir ningún golpe, el niño abrió un ojo, asomándose por debajo de su propio brazo. Vio a Killari sosteniendo el trozo de lulo con una sonrisa cálida. Ella le ofreció la fruta, tal como lo había hecho su madre la noche en que se conocieron.
Él bajó el brazo lentamente. Sus ojos, del color de las hojas tiernas, brillaron con una mezcla de duda y alivio. Tomó el lulo y le dio un pequeño mordisco.
—A-gua —murmuró el niño de repente, con la boca medio llena, señalando el cuenco. Esta vez, la pronunciación fue mucho más clara.
Killari soltó una carcajada cristalina que pareció iluminar el patio entero.
—¡Sí! ¡Agua! —celebró, aplaudiendo suavemente.
Por primera vez desde que lo había sacado del océano, el pequeño Víctor dejó escapar una sonrisa genuina. Era tímida y pequeña, pero para Killari, valía más que todo el oro de su pechera.
Medio año después, el clima en el palacio había cambiado para el niño de cabellos de oro. Ya entendía gran parte del idioma de Suyay, se comunicaba con oraciones cortas y se movía con más soltura por los pasillos. Sin embargo, los fantasmas de su pasado a bordo de aquel barco aún lo perseguían.
Una tarde calurosa, Víctor caminaba por uno de los patios exteriores llevando una pequeña canasta con lulos y maíz hacia las cocinas. Distraído, tropezó de frente contra una figura alta y corpulenta que venía en dirección contraria cargando sacos de tierra. Era Nicholas.
El choque hizo que la canasta de Víctor cayera, esparciendo la fruta por el suelo de piedra.
Nicholas soltó un gruñido gutural. Con el rostro rojo por el sol y el cansancio del trabajo en los campos, miró al niño con auténtica furia.
—¡Maldito estorbo! —le gritó Nicholas en su idioma natal, levantando una mano pesada y callosa, listo para darle un revés—. ¡Mira lo que hiciste!
Víctor soltó un jadeo de terror. El progreso de seis meses se esfumó en un segundo. Cayó de rodillas, se cubrió la cabeza con ambos brazos y apretó los ojos, esperando el golpe ardiente que conocía tan bien. Temblando, se hizo un ovillo en el suelo.
Pero el golpe nunca llegó.
En su lugar, escuchó el sonido seco de un agarre firme. Al abrir un ojo, vio una muñeca morena, adornada con gruesos brazaletes de oro, deteniendo el brazo de Nicholas en el aire.
Era Illari. El príncipe heredero no llevaba su corona, pero su sola presencia irradiaba un peligro absoluto. Con el pecho desnudo brillante de sudor tras su entrenamiento militar y los músculos tensos, miraba al forastero con una frialdad que helaba la sangre.
—Vuelve al trabajo. Ahora —ordenó Illari en el idioma de Suyay. Su voz era baja, pero afilada como una lanza.
Nicholas entendió el tono perfectamente. Tragó saliva, bajó el brazo bruscamente, se soltó del agarre y se alejó a paso rápido, murmurando maldiciones por lo bajo.
Víctor seguía en el suelo, temblando, incapaz de bajar los brazos. Illari suspiró y su expresión dura se suavizó de inmediato. Se arrodilló ágilmente frente al niño, ignorando las frutas desparramadas, y le puso una mano cálida y pesada en el hombro.
—Oye, enano. Ya pasó. Mírame —le dijo Illari con voz tranquila.
Víctor bajó los brazos poco a poco, mirándolo con grandes ojos llorosos.
—Ese hombre... no te va a tocar. Nadie en Suyay te pondrá una mano encima mientras yo respire, ¿entendido? —El príncipe le revolvió el cabello rubio con una sonrisa ladeada. Era esa misma sonrisa que Killari decía que lo hacía parecer arrogante, pero que a Víctor le transmitió una seguridad inmensa—. Ahora, ayúdame a juntar esto antes de que mi hermana nos regañe a los dos por ensuciar el patio.
Víctor asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Mientras recogían los lulos juntos, sintió que el nudo en su estómago desaparecía por completo. Ya no era solo la princesa quien velaba por él; tenía a un príncipe guerrero de su lado. Por primera vez en su vida, sentía que tenía una familia.
Hacia la novena luna desde su llegada, los inmensos pasillos del palacio ya no le parecían un laberinto aterrador a Víctor, sino un verdadero hogar.