El primer día de la visita real había pasado en un torbellino agotador para la servidumbre. La noche cayó sobre la mansión de verano; solo quedaba servir la cena, limpiar los enormes salones y, por fin, podrían ir a dormir.
Tras dejar el comedor impecable, Mary, Víctor y Killari se reunieron en la cocina para cenar las sobras. El ambiente era inusualmente tranquilo. Emma y Emily entraban de tanto en tanto, apresuradas, para atender los últimos caprichos de la realeza antes de retirarse.
Ya en la seguridad de su pequeña habitación en el ala oeste, Killari y Víctor repitieron el ritual de todas las noches. Se sentaron en el suelo, a la luz de una vela consumida, y volcaron su botín sobre una tela. Contaron las monedas de oro, los cubiertos de plata y los pequeños adornos que habían ido recolectando. Según sus cálculos, ese pequeño tesoro podría mantenerlos vivos y ocultos al menos un año, si eran cuidadosos.
Escondieron la bolsa bajo la madera del suelo y se recostaron en sus catres.
—Killari... ¿estás segura de esto? —preguntó el joven en la oscuridad, mirando el techo mohoso.
—Completamente —respondió ella con firmeza—. Mañana, a esta misma hora, seremos libres.
El niño guardó silencio unos segundos. —Extrañaré a Mary... y a Emily y Emma también.
—Yo también las voy a extrañar, pequeño. Pero este no es nuestro lugar. Ahora duerme; necesitarás toda tu energía para mañana por la noche.
La mañana llegó demasiado rápido, trayendo consigo la misma rutina asfixiante. Tras levantar, vestir y peinar a las invitadas, y servir un desayuno monumental, las princesas decidieron que el día soleado era perfecto para dar un paseo a caballo.
Víctor y Killari fueron los encargados de llevar los animales al patio delantero y ayudar a las jóvenes nobles a montar.
Mientras caminaban hacia los establos, la princesa Camille iba a la cabeza, marcando el paso con arrogancia. Catherine caminaba apartada, con la nariz metida en un libro, obligando a sus hermanas a tirar de ella para que no tropezara. La pequeña Eliza iba al final, caminando lento y con la mirada en el suelo, siendo regañada constantemente por Camille por su mala postura.
Rebecca, por su parte, caminaba pegada a Killari, hablando sin parar.
—Oye, pero... ¿cómo te llamas exactamente? ¿De dónde eres? ¿Cómo llegaste aquí? ¿Sabes? Hace algún tiempo conocí a alguien con un tono de piel parecido al tuyo, pero venía de las islas del sur y... —El parloteo era incesante. Sinceramente, la oji-café había dejado de prestarle atención hacía varios minutos.
—Ya llegamos, Altezas —anunció Killari con una sonrisa forzada, y se giró para susurrarle a Víctor en la lengua de Suyay—. Rebecca me agrada, pero habla demasiado.
El rubio se mordió el labio para evitar soltar una carcajada.
—¡Tu idioma... es increíble! —exclamó Rebecca de pronto, con los ojos brillando de fascinación—. ¿Cómo se habla? ¿Tienen letras escritas? ¿Qué fue lo que le dijiste recién?
—Alteza, el Barón las está esperando para comenzar el recorrido —intervino Víctor rápidamente, ofreciéndole una sonrisa encantadora y diplomática—. Le prometo que, cuando vuelvan, intentaremos responder a todas sus dudas.
La pelirroja asintió, satisfecha con la promesa.
Killari se encargó de ayudar a Camille (quien murmuraba quejas por debajo del aliento) y a Catherine a subir a sus monturas. Rebecca se impulsó sola sobre su caballo, demostrando gran agilidad, por lo que Víctor se acercó a la pequeña Eliza para ayudarla. La niña lo miró fijamente con sus grandes ojos celestes y murmuró un «gracias» tan bajito que casi se lo llevó el viento, sonrojándose violentamente.
Cuando el grupo se alejó al trote, los dos sirvientes soltaron un suspiro de alivio casi al unísono.
—Oye... creo que a la princesita le gustas —se burló Killari, dándole un suave codazo a Víctor y levantando las cejas de manera sugerente—. Mi pequeño sol se está convirtiendo en un rompecorazones.
—¡¿Qué?! Claro que no —protestó Víctor. Un intenso color rosado cubrió sus mejillas y apartó la mirada, avergonzado—. Es linda, pero no me gusta.
Al verlo encogerse de hombros, Killari sonrió con ternura. —Bueno, mejor para mí. Si no te gusta nadie, jamás te irás de mi lado.
Se acercó a él y le revolvió el cabello dorados. Al hacerlo, notó algo. —Víctor... ¿has crecido? —Antes, el niño apenas le llegaba a la cintura; ahora, casi alcanzaba su barbilla—. Estás creciendo muy rápido. Y necesitas un corte de pelo, lo tienes demasiado largo.
Tomó entre sus dedos la cola de caballo del chico, que ya le caía por debajo de los hombros.
—Tu padre e Illari lo llevaban largo también. ¿Por qué yo no puedo? —se quejó él, frunciendo el ceño.
El corazón de Killari dio un vuelco al escuchar esos nombres, pero mantuvo la expresión serena. —Eso es porque estábamos en nuestro hogar. Aquí he notado que solo las mujeres llevan el cabello tan largo; los hombres de la ciudad lo usan corto. No quiero que te miren como a un bicho raro, ¿lo entiendes, verdad? Ellos son demasiados y nosotros solo dos. No podemos ir contra todo su mundo... todavía. —Le acarició la mejilla con afecto—. Pero aquí entre nos, te ves muy guapo así.
El chico suspiró, asintiendo con tristeza. —Es solo que... siento que, llevándolo así, aún estoy conectado con Suyay. Que aún sigo con ellos.
Killari bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —Lo sé, mi niño. Yo siento lo mismo. —Se obligó a sonreír y le dio una palmada en la espalda—. Pídele a Emma que te lo corte esta tarde. Es por tu seguridad.
La tarde siguió su curso. Mientras Emma y Emily asistían a las invitadas en sus aposentos y Mary preparaba el servicio de té junto a Víctor, Killari fue asignada a la sala principal con la Reina.
La mujer mayor leía un grueso tomo encuadernado en cuero, sentada rígidamente en un sillón, mientras Killari permanecía de pie en una esquina, inmóvil y en silencio, esperando cualquier orden. El tic-tac del reloj de pie era el único sonido en la habitación.