La agotadora cena había concluido. Tras dejar todo impecable y asegurarse de que la familia real estuviera cómoda en sus aposentos, la servidumbre se reunió en la parte trasera de la mansión.
Habían extendido una vieja manta sobre el pasto húmedo y compartían algunos trozos de fruta que Mary había guardado. El ambiente era inusualmente tranquilo, casi mágico. En el centro del grupo, Víctor estaba sentado en un taburete mientras Emily, de pie detrás de él, le cortaba la larga cabellera dorada con unas tijeras de costura.
Cuando Emily dio el último tijeretazo, sacudió los hombros del niño y se sentó en la manta junto a las demás. Víctor, ahora con el cabello corto que enmarcaba sus facciones más maduras, se dejó caer sobre el césped y clavó la vista en el firmamento despejado.
—Hace mucho que no teníamos un momento así para nosotros —opinó Emma, suspirando mientras miraba las estrellas.
—Desearía que este momento fuese eterno —murmuró el rubio, sintiendo la brisa fresca en su nuca desnuda.
—Será eterno si lo quieres, pequeño —respondió Mary con voz calmada y maternal—. Vivirá siempre en tu mente y en tu corazón.
La conversación fluyó con suavidad un rato más, hasta que el cansancio comenzó a pesar en sus párpados. Debían dormir pronto o no rendirían a la mañana siguiente. Cada uno se levantó para ir a sus habitaciones, pero antes de cruzar la puerta, Víctor hizo algo inusual: abrazó con fuerza a Emma, a Emily y, por último, a Mary. Cuando las mujeres le preguntaron, sorprendidas, a qué se debía tanto afecto, él solo sonrió con tristeza.
—Recordé que jamás lo había hecho —se justificó.
Poco después, en su pequeña habitación, la pelinegra y el rubio estaban sentados sobre sus camas. Se habían quitado los uniformes de sirvientes para ponerse ropas civiles y oscuras. A sus pies descansaban dos pequeños sacos de tela: uno contenía sus escasas pertenencias, y el otro, todo el oro y la plata que habían robado.
El plan era sencillo. Víctor iría a la cocina a buscar una bolsa con raciones que había escondido detrás de un mueble, mientras Killari sacaría los dos sacos por la puerta trasera y lo esperaría en las sombras del patio.
Tras esperar una hora para asegurarse de que todos durmieran, se pusieron en marcha.
Víctor se deslizó por los pasillos con pasos ligeros y cuidadosos. Al llegar a la enorme cocina, se agachó y empezó a buscar a tientas detrás de la pesada alacena, pero la bolsa no estaba por ningún lado. El pánico y la frustración comenzaron a apoderarse de él; la oscuridad absoluta no ayudaba en nada.
De repente, una luz cálida lo iluminó por la espalda.
El niño giró bruscamente, con el corazón en la garganta. Frente a él se encontraba Mary. Su cabello platinado caía suelto sobre sus hombros y su camisón blanco ondeaba ligeramente con la brisa que entraba por la ventana. En su mano derecha sostenía un candelabro de bronce, y en la izquierda... la bolsa de comida que Víctor buscaba.
El ojiverde se quedó petrificado. Habían sido descubiertos. No sabía qué hacer ni qué decir; la idea de lastimar a Mary jamás cruzaría por su mente, pero tampoco podía simplemente volver a su cuarto.
Mary no gritó. Caminó despacio hacia él, dejó el candelabro sobre la mesa de madera y desató la bolsa.
—Van a necesitar más comida. Esto no será suficiente para el viaje —susurró la mujer mayor, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas. Empezó a meter en el saco todo lo que encontró a su alcance: hogazas de pan, queso, manzanas y frutos secos—. Deben irse rápido. Vayan hacia el norte. Está muy lejos, pero en esa dirección hay un pequeño pueblo llamado Ville Fleurie. Busquen a un hombre llamado Alexandre Lefebvre; es un viejo amigo mío y los ayudará.
Cerró la bolsa con un nudo firme y la puso entre las manos temblorosas del chico.
—No se detengan. Sigan caminando, escondiéndose de día si es necesario, hasta que estén muy, muy lejos de aquí —continuó Mary, acunando la mejilla del rubio con una mano cálida—. El Barón no los dejará ir tan fácilmente. Sean precavidos. No llamen la atención. Los quiero mucho, mi niño.
—¿Cómo sabías que...? —logró articular Víctor, con la voz ahogada.
—Lo sospeché. Y si te sirve de consuelo... Emily y Emma también lo sospechaban. Las chicas les desean un buen viaje.
Víctor no aguantó más. Dejó caer la bolsa sobre la mesa y se aferró a la cintura de la mujer, abrazándola con todas sus fuerzas, despidiéndose de la única madre que había conocido en ese continente cruel.
—¡Gracias! —susurró él contra su pecho.
Se separó rápidamente, tomó la comida, se limpió una lágrima traicionera y salió corriendo hacia la puerta trasera, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
En las sombras del patio trasero, Killari aguardaba con el corazón desbocado. Miraba hacia todos lados, aferrando los sacos con fuerza. No podían estar seguros de que Jacob no estuviera merodeando por los establos, y los guardias reales pronto harían el cambio de turno. No tenían mucho tiempo. Cuando por fin vio a Víctor salir de la oscuridad de la cocina, corrió hacia él.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? Debemos irnos ya —lo apuró, tomando su mano libre y tirando de él hacia la espesura.
—Fue la señora Mary —jadeó Víctor, intentando seguirle el ritmo.
—¡¿Qué?! —Killari frenó en seco, horrorizada, y miró hacia la puerta de la mansión, esperando ver antorchas encendiéndose.
—Ella nos descubrió. Pero... nos deseó un buen viaje y nos dio más comida —explicó el chico, levantando la pesada bolsa de tela—. Dijo que debemos ir hacia el norte, a un pueblo llamado Ville Fleurie, y buscar a un tal Alexandre Lefebvre.
Los ojos de Killari se ablandaron por una fracción de segundo, agradeciendo en silencio a la única persona de ese lugar que había demostrado tener corazón. Pero la supervivencia era lo primero.
—Bien. Haremos eso. Pero primero, debemos alejarnos de aquí. No podemos parar.