El frío del suelo de piedra no era solo una sensación superficial; era una aguja de hielo que perforaba la piel, subiendo por as costillas até alojarse en el centro del pecho. Silvain parpadeó despacio, pero sus párpados se sentían pesados, pegados por una mezcla de cansancio y la humedad pútrida del sótano. La oscuridad era una masa sólida, un océano de brea que tragaba cualquier resquicio de esperanza. Sus muñecas latían a un ritmo febril, dictado por las cadenas de hierro que mordían su carne con un hambre sobrenatural. El metal no era solo frío; estaba imbuido de una magia cáustica que reconocía la chispa de su naturaleza cambiapieles y la castigaba con quemaduras invisibles cada vez que su instinto susurraba por libertad. Ya había aprendido, a través de gritos que murieron en aquellas paredes, que intentar transformarse era una invitación a la agonía.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que vio la luz del día? Las horas no pasaban; se acumulaban en una pila indistinta de dolor sordo y sombras. Podrían haber sido días ou semanas. El tiempo perdía su contorno cuando el único reloj era el latido descompasado de un corazón aterrorizado. Tiró de los grilletes, un reflejo mecánico e inútil. El metal raspó contra el aro de piedra, produciendo un chirrido agudo que reverberó en sus dientes, enviando un escalofrío desagradable por su espalda. Inútil. Siempre inútil.
El aire era espeso, cargado con el olor a moho, tierra húmeda y un hedor metálico a miedo antiguo. Parecía que las paredes habían absorbido el pavor de todos los que fueron encadenados allí antes que él, devolviéndolo en exhalaciones gélidas. Silvain intentó respirar hondo, pero el oxígeno parecía insuficiente, pegándose a su garganta como polvo. Su cabello plateado, que antaño brillaba bajo la luz de la luna, ahora no era más que mechones opacos y enmarañados que picaban sus hombros desnudos. El trapo de lino áspero que servía de vestimenta apenas ofrecía protección o dignidad, pero a Morghana nunca le importaron tales futilidades humanas.
"Los compañeros no necesitan dignidad", su voz susurraba en su memoria, arrastrándose como una serpiente. "Los compañeros existen el uno para el otro. Tú existes para mí".
Un nudo le apretó la garganta y tragó saliva para no asfixiarse. El vínculo, aquel hilo invisible y maldito que pulsaba entre sus corazones, vibraba con una insistencia enfermiza. Ella decía que él era suyo. Decía que él necesitaba aquel dolor para sentirse completo. Pero si el destino lo había unido a ella, ¿por qué cada latido de su corazón se sentía como un clavo siendo martillado en su alma?
Silvain fijó los ojos en una grieta del techo, intentando anclarse a algo real. Tres años. Tres años desde que aquella mano se extendió hacia él en el bosque. Era solo un joven perdido, hambriento de pertenencia, y las palabras de Morghana fueron el veneno más dulce que jamás probó: "Eres mi compañero. Finalmente te encontré". Creyó en la promesa de un hogar, pero encontró solo una celda. El vínculo surgió como un sol dorado, calentando su pecho, pero con el tiempo, el sol se convirtió en un incendio que consumía todo lo que él era.
La primera vez que su sangre corrió, se culpó a sí mismo. En la centésima, simplemente lo aceptó.
Un sonido metálico proveniente de arriba interrumpió sus pensamientos, y el cuerpo de Silvain se tensó instantáneamente. Pasos. El crujir de la madera bajo el peso de varias personas era un presagio de desgracia. Su corazón se disparó, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Hoy era noche de reunión. Las reuniones significaban que dejaría de ser solo el juguete de Morghana para convertirse en el espectáculo del aquelarre. El sudor frío brotó en su frente mientras la bilis subía, quemándole el esófago.
La puerta se abrió de par en par, y la luz de las velas hirió su visión como dagas de fuego. Desvió el rostro, lágrimas involuntarias rodando por sus mejillas sucias. Doce sombras se proyectaron en las paredes, y al frente de ellas, Morghana caminaba con la elegância de una divinidad cruel. Su belleza era una máscara impecable; el rostro simétrico y los ojos verdes vibrantes escondían la podredumbre de casi un siglo de magia negra.
—Silvain —entonó ella, con la voz como miel sobre vidrio roto. Su vestido púrpura flotaba sobre la suciedad del sótano, intocado por el mundo mundano—. Mi dulce compañero. ¿Tienes frío?
Él permaneció en silencio, con la mandíbula rígida. Responder era caer en una trampa; el silencio era la única barrera que aún poseía.
Morghana suspiró, un sonido cargado de una paciencia teatral. —Siempre tan testarudo. Eso cambiará hoy, amor. Tenemos invitados especiales.
La sangre de Silvain se congeló. Invitados significaban que el horror se expandiría más allá de aquellas doce mujeres. Sin embargo, Morghana no se detuvo ahí. Hizo un gesto hacia las sombras detrás de ella, y el sonido de cadenas arrastradas llenó el ambiente. Elara y Sybeth aparecieron cargando un bulto vivo.
Era un chico. Pequeño, delgado, con pequeños cuernos negros que asomaban entre su cabello oscuro y ojos violetas que rebosaban un terror puro y primitivo. Un demonio, pero poco más que un niño.
—¡Suéltenme! ¡No hice nada! —El grito del chico se quebró en un sollozo desesperado—. ¡Solo estaba cazando, lo juro!
—Silencio —ordenó Morghana, y el aire pareció solidificarse alrededor del cuello del chico. Se atragantó, con los ojos casi saliéndose de las órbitas mientras era arrojado brutalmente al suelo frío, a pocos metros de Silvain.
Los ojos violetas se encontraron con los ámbar de Silvain. En aquel breve instante, Silvain no vio a un monstruo o a un enemigo; vio un espejo de su propia ruina.
—Perfecto —declaró Morghana, ensanchando su sonrisa—. Dos ofrendas para el ritual. Un omega zorro y un demonio menor. A las Hermanas les encantará.
—El sacrificio será rápido. Más o menos —comentó Moira, la bruja más anciana, con una risa seca que recordaba al aleteo de un cuervo—. Dependiendo de cuántos errores cometamos.