Cadenas De Sangre Y Cenizas

Ojos Escarlatas (Silvain)

El ritual había comenzado hacía una eternidad de sesenta minutos. A través de las paredes de piedra fría, los cánticos se filtraban como humo venenoso; voces femeninas se entrelazaban en armonías disonantes, tejiendo palabras en dialectos olvidados que hacían que la piel de Silvain hormigueara con una estática enfermiza. En lo más profundo, su zorro, antaño vibrante y salvaje, se encogía en un rincón oscuro de su mente, gimoteando ante aquella magia de sangre que apestaba a muerte y sacrificio.

Desde el piso de arriba, el silencio de Azreth era lo que más dolía. El chico había dejado de gritar. El silencio no era paz; era el sonido de la rendición o, peor aún, el vacío dejado por una vida que se apaga. Silvain cerró los párpados con fuerza, intentando crear un santuario de oscuridad en su interior, pero Morghana no lo permitía. A través del vínculo que los unía, él podía sentir la exaltación de ella. La mente de la bruja estaba en llamas, energizada por el sufrimiento ajeno, y cada fragmento de aquel placer sádico era empujado por la garganta de Silvain a través de la conexión.

—Compañeros —la voz de ella se deslizó por su conciencia, pegajosa e impura—. Lo compartimos todo, mi amor. Hasta el éxtasis de la ofrenda.

—No —susurró él a la negrura, con la garganta tan seca que las palabras parecían arena—. No lo somos. No podemos serlo.

Pero el vínculo pulsaba, una prueba física e innegable. O al menos eso creía, hasta que el suelo bajo sus rodillas saltó.

Una explosión colosal sacudió los cimientos del edificio. Silvain jadeó, el aire fue expulsado de sus pulmones mientras polvo y fragmentos de yeso llovían sobre sus hombros. Gritos de terror reemplazaron instantáneamente los cánticos rituales. No eran gritos de mando, sino de pánico puro. Otro estruendo, más cercano, hizo que las paredes de piedra gimieran, y Silvain encogió las piernas contra el pecho tanto como las cadenas se lo permitían.

El aire cambió. La estática de la magia de las brujas fue barrida por algo mucho más denso y antiguo. Era una furia que no gritaba; rugía silenciosamente, una presión atmosférica que hizo que los oídos de Silvain chasquearan. Y entonces, el grito de Azreth perforó el caos; no fue un pedido de socorro, sino un llamado desesperado de esperanza.

—¡Kaelith! ¡KAELITH!

Antes de que Silvain pudiera procesar el nombre, la puerta del sótano dejó de existir. No fue derribada; fue atomizada en una nube de brasas y astillas incandescentes. Una luz carmesí, vibrante y peligrosa, inundó el calabozo. Silvain se protegió el rostro con los brazos, con los ojos ardiendo tras tanto tiempo en la penumbra.

A través del hueco de sus dedos, la vio.

Surgió entre el humo como una pesadilla convertida en salvación. Era alta, imponente, con cabellos negros donde mechones rojos brillaban como filamentos de lava. Pero fueron sus brazos lo que lo paralizaron: los tatuajes rúnicos pulsaban en un escarlata vivo, moviéndose bajo la piel como si las propias letras tuvieran vida y sed de sangre. Y entonces, sus ojos se encontraron con los de él.

El impacto fue físico. No fue el toque gélido y posesivo de Morghana. Fue como si el sol de verano finalmente hubiera tocado su piel tras años de invierno eterno. Una onda de calor dorado y reconfortante irradió de su pecho, extendiéndose por cada nervio, cada cicatriz, cada centímetro de su cuerpo exhausto. Era un hogar. Era seguridad. Era... real.

La mujer se detuvo. La mano que acababa de pulverizar la puerta bajó lentamente y, por un breve instante, su máscara de furia vaciló, revelando un hambre ancestral y un reconocimiento que hizo que el corazón de Silvain tropezara.

—¿Dónde está mi demonio? —Su voz era un trueno contenido, baja y letal.

Silvain intentó formular una respuesta, pero su voz estaba perdida en algún lugar entre el asombro y el alivio. Kaelith, el nombre ecoaba en su mente como una oración. Ella desvió la mirada hacia las muñecas de él. Vio las heridas abiertas, el metal hechizado que lo quemaba, los harapos sucios y la delgadez enfermiza de sus hombros.

La temperatura en el sótano pareció caer al cero absoluto. Su furia ya no era solo una explosión; era un abismo.

—¿Quién te hizo esto? —La pregunta llegó cargada de una promesa de destrucción tan vasta que Silvain sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal.

Sin embargo, lo que lo dejaba verdaderamente aturdido era lo que sentía en el centro de su alma. El vínculo con Morghana, esa cuerda fría y pesada, parecía una mentira grotesca ante la llama dorada que ahora cantaba en su sangre al mirar a la extranjera. Era imposible. Nadie tenía dos compañeros. A menos que... a menos que hubiera sido engañado desde el primer día.

—¡Aquí arriba! ¡Estoy aquí arriba! —El grito de Azreth rompió el trance.

Kaelith vaciló por un segundo, con la mirada presa en la de él. —Volveré —prometió, y la sinceridad en esa voz fue como un bálsamo sobre sus heridas—. Nadie volverá a tocarte. Lo prometo.

Desapareció escaleras arriba, y Silvain quedó envuelto en el rastro de su esencia, un aroma a ozono y fuego. Escuchó la masacre. No había otra palabra para lo que estaba ocurriendo allá arriba. Los gritos de las brujas eran cortados con una eficiencia brutal. Una a una, las voces que lo atormentaron durante tres años fueron silenciadas por el acero y la sangre.

Cuando los pasos regresaron, Silvain se encogió contra la pared, un hábito de supervivencia demasiado arraigado para ser olvidado. Pero quien bajó primero fue Kaelith. Estaba manchada de rubí, pero traía a Azreth en brazos. El chico se aferraba a su cuello como si ella fuera el único suelo firme en un mundo que se desmoronaba.

Detrás de ella, Morghana fue lanzada al sótano por una fuerza invisible. La bruja, antes tan intocable y majestuosa en su crueldad, ahora no era más que un montón de mantos desgarrados y dignidad herida. Parecía pequeña. Patética.




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