Narrado por Elizabeth
El olor a lluvia estancada y a moho dulce siempre me recordaba a mi madre. Antes, el aroma de la casa Whitmore era de jazmines frescos y cera para muebles cara; ahora, era el perfume del abandono. Ajusté mi blazer de lana —un McQueen de hace cinco temporadas que empezaba a deshilacharse en los puños— y observé mi reflejo en el espejo empañado del recibidor. Mi rostro estaba pálido, mis ojos verdes inyectados en una determinación que bordeaba la desesperación.
—¿Papá? —llamé, pero solo el silencio de la mansión de Chelsea me respondió.
Escuché el rugido de un motor de alta gama deteniéndose frente a la puerta. No era el taxi que esperaba. Era algo mucho más depredador. Me asomé por la ventana y lo vi: un Rolls-Royce negro, pulido hasta parecer un espejo, estacionado frente a nuestra fachada desconchada.
De él bajó Henry Ashford.
Incluso desde el segundo piso, su presencia drenaba el color de todo lo demás. Vestía un abrigo largo de cachemira oscura y caminaba con esa seguridad insultante de quien sabe que el suelo que pisa le pertenece, o le pertenecerá pronto. Él era el hombre que estaba comprando las deudas de mi padre como quien adquiere baratijas en un rastro.
Bajé las escaleras a toda prisa, con el corazón martilleando contra mis costillas. Abrí la puerta antes de que llamara.
—Llegas temprano, Ashford —dije, bloqueando la entrada con mi cuerpo. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Mi padre no está en condiciones de recibir a... buitres hoy.
Henry se detuvo a un paso de mí. Sus ojos eran de un azul gélido, casi metálico, y me recorrieron de arriba abajo con una mezcla de análisis clínico y desdén. No había ni rastro del hombre que solía aparecer en las revistas junto a Bianca Rossi; aquel Henry parecía tener fuego, este solo tenía hielo.
—Tu padre no está en condiciones de recibir a nadie, Elizabeth. Por eso estoy aquí —su voz era baja, una vibración que se sentía en el aire—. Y no me llames temprano. En mi mundo, si no estás diez minutos antes, ya vas tarde. Hazte a un lado.
—Esta sigue siendo mi casa.
—Por unas doce horas más, técnicamente —respondió él, sacando un sobre de cuero de su abrigo—. A menos que quieras escuchar mi propuesta.
Me obligué a no apartar la mirada. El aire entre nosotros estaba cargado de una electricidad estática, un odio tan tangible que casi podía saborearse. Cedí el paso con un gesto rígido y lo guié hacia el salón principal. Los muebles cubiertos con sábanas blancas parecían fantasmas que nos juzgaban.
Henry no se sentó. Se quedó de pie en el centro de la habitación, observando una mancha de humedad en el techo tallado.
—Bianca y yo hemos terminado —soltó de repente, sin preámbulos.
—Lo sé. Todo Londres sabe que tu "musa" prefería los encantos de un fotógrafo de veinte años a tu cuenta bancaria —repliqué con una sonrisa ácida—. ¿Viniste a buscar simpatía? Te equivocaste de código postal.
Él se giró hacia mí, y por un segundo, vi una chispa de furia pura en sus ojos antes de que la máscara de hierro volviera a su sitio.
—Vine a buscar un activo. Mi junta directiva quiere estabilidad. Mi abuelo quiere un heredero casado. Y tú... tú necesitas diez millones de libras antes del viernes si no quieres que Arthur Whitmore pase el resto de sus días en una celda de tres por tres compartiendo inodoro con estafadores reales.
El aire se escapó de mis pulmones. Sabía que la situación era mala, pero escucharlo en su voz, tan desprovista de emoción, lo hizo real.
—¿Qué quieres, Henry? —susurré, odiando la debilidad en mi tono.
—Un matrimonio. Dos años. Sin engaños, sin escándalos, sin el drama emocional que tanto parece gustarles a los de tu clase —sacó un contrato del sobre y lo dejó sobre una mesa auxiliar—. Serás la Condesa de Ashworth ante el mundo. Limpiarás mi imagen, asistirás a mis eventos y, a cambio, yo haré que el nombre Whitmore vuelva a ser intocable.
Me acerqué al documento. Las cláusulas eran una lista de prohibiciones. No podía viajar sin aviso, no podía hablar con la prensa, no podía... tener una vida.
—Es un contrato de propiedad —dije, levantando la vista hacia él.
—Es un rescate —corrigió él, acercándose tanto que pude oler su perfume: sándalo, pimienta negra y poder—. No me mires así, Elizabeth. No te estoy pidiendo que me ames. De hecho, preferiría que no lo hicieras. Solo quiero tu firma.
—Te odio —le dije, y la palabra salió cargada de toda la amargura de los últimos años.
Henry esbozó una sonrisa mínima, carente de cualquier calidez.
—Perfecto. El odio es honesto. El amor es... volátil. Te daré una hora para decidir. Si no firmas, llamaré a mis abogados para que procedan con la ejecución del embargo.
Se dio la vuelta y salió del salón, dejándome sola con el silencio de mis fantasmas y el peso de una pluma que se sentía más pesada que el mundo entero. Miré el contrato y luego hacia la planta alta, donde mi padre probablemente dormía su miseria.
Mi vida se había convertido en una subasta, y Henry Ashford acababa de ganar la puja.
Editado: 08.03.2026