Cadenas de Seda

Cenizas y Promesas

Relatado por: Elizabeth Whitmore

El tic-tac del reloj de pie en el vestíbulo sonaba como una cuenta regresiva. Diez minutos. Ese era el tiempo que Henry Ashford me había concedido para desmantelar una vida y construir una farsa.

Subí las escaleras corriendo, pero mis pies pesaban como si arrastrara grilletes. No fui a mi habitación. Volví al despacho. Mi padre seguía allí, con la cabeza apoyada en el escritorio de mi madre, rodeado de esos papeles que olían a juicio final. Al verme entrar con el contrato firmado en la mano, levantó la vista. El alivio en su rostro fue lo que terminó de romperme el corazón; era el alivio de un hombre que se sabe salvado a costa de la libertad de su hija.

—Lizzie... yo... —balbuceó, intentando ponerse de pie.

—No digas nada, papá —lo interrumpí, mi voz era un susurro afilado—. Ya está hecho. Ashford pagará la deuda hoy mismo. Los abogados retirarán la denuncia.

Me acerqué a él y lo tomé por los hombros. Sus manos temblaban. Me dolió ver cuánto había envejecido en estos tres años; la arrogancia de los Whitmore se había evaporado, dejando solo a un hombre asustado que no sabía vivir sin la mujer que amaba.

—Escúchame bien —le dije, obligándolo a mirarme a los ojos—. Me voy con él. Voy a vivir en su mundo, voy a usar su apellido y voy a sonreír para sus cámaras. Pero necesito que me prometas algo. Necesito que este sacrificio valga la pena.

—Haré lo que sea, hija. Lo que sea.

—Busca ayuda, papá. Limpia este desastre. Ve a las reuniones, habla con el tío Joseph, busca una clínica si es necesario. No quiero volver en dos años y encontrarme con que vendiste mi vida a cambio de más botellas y más deudas. Sal de este hoyo, porque yo no podré sacarte desde donde voy.

Él asintió, sollozando, y me abrazó. El olor a whisky me dio náuseas, pero lo estreché con fuerza. Era el último abrazo de mi antigua vida.

—Te quiero, Lizzie. Tu madre estaría tan orgullosa de tu fuerza...

—No, papá —dije, apartándome y limpiándome una lágrima traicionera—. Mamá estaría horrorizada de que hayamos llegado a esto.

Bajé a mi habitación. No empaqué mucho. Unas cuantas fotos, el diario de mi madre y la ropa que todavía conservaba su dignidad. Metí todo en una maleta de cuero desgastado. Mientras cerraba la cremallera, escuché el claxon. Dos toques cortos. Impacientes. Imperativos. Como el hombre que esperaba afuera.

Bajé las escaleras por última vez. Al llegar a la puerta principal, no miré atrás. Sabía que si veía la pintura descascarada o el jardín descuidado de mi infancia, mis piernas se rendirían.

Afuera, la lluvia de Londres había comenzado a caer, una cortina fina y gris que empañaba los cristales del Rolls-Royce. Henry no se bajó para ayudarme. El chofer, un hombre de rostro inexpresivo llamado Miller, tomó mi maleta con un gesto de lástima profesional.

Subí al asiento trasero. El interior del auto olía a cuero nuevo, aire acondicionado y al perfume costoso de Henry. Él estaba allí, revisando algo en su tableta, la luz de la pantalla iluminando sus facciones angulosas y perfectas. Parecía una estatua de mármol tallada por un dios cruel.

No me saludó. No me preguntó cómo estaba mi padre.

—Miller, al Penthouse —dijo simplemente.

El auto se puso en marcha. Vi por la ventanilla cómo la silueta de mi casa se hacía pequeña, perdiéndose en la bruma. Me sentí como Perséfone siendo arrastrada al inframundo, solo que mi Hades no tenía interés en mi belleza, sino en mi utilidad corporativa.

—Llorar es una pérdida de electrolitos, Elizabeth —dijo Henry sin levantar la vista de su dispositivo—. Y en mi casa, no permito el desperdicio.

Me giré hacia él, apretando los puños sobre mi regazo.

—Y en mi mundo, Ashford, la gente que no tiene sentimientos es considerada un error de la naturaleza. Disfruta de tu "activo". Te va a costar mucho más que diez millones de libras.

Él apagó la tableta y, por primera vez, se giró hacia mí. Sus ojos azules brillaron con una intensidad peligrosa en la penumbra del coche.

—Lo dudo —murmuró, acercándose apenas unos centímetros, lo suficiente para que sintiera el calor de su cuerpo a pesar de su frialdad—. He comprado imperios enteros por menos. Mantén la barbilla alta, Condesa. Tenemos una cena con los accionistas mañana, y tu primera lección será aprender a mentir como si tu vida dependiera de ello. Porque, de hecho, la de tu padre lo hace.

Me hundí en el asiento, mirando la lluvia golpear el cristal. El viaje hacia mi nueva jaula acababa de empezar.




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