Cadenas de Seda

El Inventario del Hielo

Relatado por: Henry Ashford

El silencio dentro del Rolls-Royce era exactamente como a mí me gustaba: pesado, costoso y bajo mi control. A mi lado, Elizabeth Whitmore se deshacía en silencio. No me inmuté. Los sentimientos son variables ruidosas que ensucian cualquier balance de resultados.

—Llegamos, señor —anunció Miller mientras los portones de hierro forjado de la mansión en Surrey se abrían con un susurro electrónico.

—Bájate —ordené, abriendo mi propia puerta—. Y endereza la espalda. No eres una víctima, Elizabeth. Eres una inversión. A partir de hoy, ante el mundo, eres mi prometida. Actúa como tal.

Al entrar, el frío de mi mundo fue interrumpido por mi madre, Lady Margaret, y mi hermana, Beatrice. Ambas se lanzaron sobre Lizzie con una calidez que me resultó ajena.

—¡Elizabeth, bienvenida! —dijo mi madre, tomando sus manos—. Siento mucho lo de tu padre, pero aquí estarás a salvo hasta que organicemos la ceremonia.

—¡Es preciosa, Henry! —exclamó Beatrice—. Vamos a necesitar renovar todo ese armario para el anuncio oficial del compromiso.

—Basta —corté con voz monótona—. No es una invitada de honor. Es la mujer que portará mi apellido por contrato. Llévenla a sus aposentos en el ala este.

Justo cuando iba a retirarme, el sonido de unos tacones frenéticos detuvo el tiempo. Bianca.

Entró como un huracán mal gestionado, con el maquillaje corrido y un vestido de Versace que gritaba desesperación. Se lanzó hacia mí, ignorando a mi familia y a la mujer que ahora ocupaba su lugar oficial.

—¡Henry! Cometí un error, ese idiota no significó nada —sollozó, intentando colgarse de mi cuello—. Por favor, echa a esta... a esta chica. Sé que este compromiso es solo para castigarme. Te amo, Henry.

La miré con la misma intensidad con la que observo un informe de quiebra.

—Suéltame, Bianca —dije, apartando sus manos con una fuerza mecánica—. Estás manchando mi camisa.

—¡Henry, no seas así! —suplicó ella, cayendo de rodillas—. ¿Cómo puedes ser tan frío? ¡Soy yo! ¡Tu Bianca!

—Eras una cláusula en mi vida que ya ha sido rescindida —respondí, mirándola desde arriba—. Seguridad te acompañará a la salida. Miller, sácala de mi vista.

Bianca gritó algo incoherente mientras el personal la levantaba del suelo. Giré la cabeza y me encontré con la mirada de Elizabeth. Estaba estática, observándome como si fuera un monstruo.

—¿Cómo puedes...? —susurró ella, con un asombro aterrado—. Estaba rota. Te estaba rogando. Ella... ella te amaba.

Caminé hacia Elizabeth hasta quedar a centímetros de su rostro.

—El amor es una mala gestión de las expectativas, Elizabeth —sentencié—. Ella rompió un pacto de lealtad. Y en mi mundo, los pactos rotos no se renegocian. Se eliminan.

Me alejé hacia las escaleras, dejando tras de mí el rastro de mi propia glaciación.

—Elizabeth, asegúrate de estar lista para la cena. Y no quiero ver ese rastro de lástima en tu cara. No te queda bien. Mañana el mundo sabrá que te casarás conmigo; procura que no piensen que vas camino al matadero




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