Relatado por: Elizabeth Whitmore
La habitación en el ala este era un mausoleo de buen gusto. Muebles de diseño italiano, sábanas de mil hilos y un silencio que pesaba más que las deudas de mi padre. Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos. Todavía sentía el frío de la mirada de Henry cuando echó a Bianca. No era solo que no la amara; era que la había borrado de su existencia como quien elimina un archivo corrupto de una computadora.
Un suave toque en la puerta me sacó de mi estupor.
—¿Se puede? —Beatrice asomó la cabeza. Su sonrisa era tan genuina que me sentí desarmada—. Traje refuerzos. O al menos, algo de azúcar.
Entró con una bandeja de té y macarrones de colores. Se sentó a mi lado con una informalidad que no encajaba con el apellido Ashford.
—No le hagas caso a mi hermano, Lizzie. ¿Puedo llamarte Lizzie? Henry tiene el corazón guardado en una caja fuerte cuya combinación olvidó hace años —suspiró, ofreciéndome un macarrón de pistacho—. Lo que hizo con Bianca fue... duro, pero ella le rompió algo por dentro. Él no sabe procesar la traición si no es con una armadura de hielo.
—Es un déspota, Beatrice —dije, aceptando el dulce. Mi voz tembló un poco—. Me mira como si fuera un mueble que acaba de comprar en una subasta.
Beatrice me puso una mano en el hombro. Sus ojos brillaron con una comprensión que me hizo querer llorar.
—Entonces vamos a asegurarnos de que seas el mueble más caro y peligroso que jamás haya tenido. Escucha, mi madre y yo estamos de tu lado. Si necesitas escapar de sus reuniones aburridas o simplemente alguien que le lleve la contraria, aquí me tienes. Considerame tu infiltrada en las líneas enemigas.
Por primera vez desde que firmé ese maldito contrato, sonreí. No era una sonrisa de farsa, sino de alivio. Beatrice no era como Henry; ella era luz, y en este lugar, yo necesitaba una linterna.
—Gracias, Bea —susurré.
—¡Bien! Ahora, arréglate. Tenemos invitados para la cena. Julian está aquí, y es el único que puede decirle a Henry que es un idiota sin que lo despidan.
Bajamos al comedor principal. La mesa de roble negro estaba puesta para cinco. Henry ya estaba allí, de pie junto al bar de cristal, hablando con un hombre de su misma estatura pero de actitud mucho más relajada.
—...y te digo, Henry, que si sigues apretando tanto las tuercas de esa fusión, la máquina va a estallar —decía el hombre con una sonrisa perezosa.
—La presión es lo que crea los diamantes, Julian —respondió Henry sin girarse.
—O el polvo, amigo mío. O el polvo.
Henry se giró cuando entramos. Su mirada se detuvo en mí. Lady Margaret, su madre, se acercó de inmediato y me tomó del brazo con una ternura infinita.
—Elizabeth, querida, estás radiante. Julian, te presento a mi futura nuera, Elizabeth Whitmore.
Julian Vane se acercó y me tomó la mano, dándole un beso caballeroso pero con un brillo de picardía en los ojos.
—Un placer, Elizabeth. Soy Julian, el encargado de recordarle a este bloque de hielo que todavía es humano. Veo que Henry finalmente ha hecho una inversión con excelente gusto.
—Cuidado, Julian —advirtió Henry, acercándose a nosotros. Su presencia parecía absorber el oxígeno de la habitación—. Elizabeth está aquí por negocios, no para tus juegos de palabras.
—Oh, vamos, Henry —intervino Lady Margaret, sentándose a la cabecera—. Es una cena familiar. Deja los negocios en la puerta. Elizabeth, siéntate a mi lado, quiero que me cuentes sobre la galería de arte donde trabajabas.
La cena fue un campo de batalla de sutilezas. Mientras Lady Margaret y Beatrice me envolvían en preguntas amables, Henry permanecía en un silencio vigilante, cortando su carne con una precisión quirúrgica. Julian, por su parte, no dejaba de lanzarme miradas de curiosidad, como si estuviera tratando de descifrar el acertijo detrás de mi llegada.
—Dime, Elizabeth —soltó Henry de repente, rompiendo la charla amena—. ¿Ya le contaste a mi madre que tu primera acción como "prometida" será acompañarme mañana a la gala de la City? Necesito que el anuncio del compromiso sea impecable. Nada de sentimentalismos, solo una declaración de intenciones.
—Lo haré, Henry —respondí, manteniendo la voz firme—. Pero no esperes que use el guion de Bianca. No soy una modelo que busca cámara. Soy una Whitmore, y aunque estemos en deuda, todavía sé distinguir entre la clase y la arrogancia.
Julian soltó una carcajada que resonó en todo el comedor. Henry apretó la mandíbula, y por un breve instante, vi una chispa de algo parecido al respeto —o quizás al desafío— en sus ojos azules.
—Me gusta ella —dijo Julian, levantando su copa—. Henry, creo que finalmente has encontrado a alguien que no se rompe bajo tu presión.
Henry me miró fijamente, su copa de vino tinto suspendida en el aire.
—Ya veremos —murmuró él—. La noche es joven, y el contrato apenas ha comenzado.
Editado: 30.03.2026