Cadenas de Seda

Secretos entre Seda y Cristal

Relatado por: Elizabeth Whitmore

La cena continuaba entre el tintineo de la platería y el duelo de miradas entre Henry y yo. Sin embargo, mi atención se desvió hacia Beatrice. La joven, siempre tan vivaz, cambiaba por completo cuando Julian Vane hablaba. Sus ojos, usualmente chispeantes de travesura, se volvían suaves, casi vulnerables. Observé cómo sus dedos jugaban con el borde de su servilleta cada vez que Julian le dedicaba una de sus sonrisas perezosas.

—¿Y tú, Beatrice? —preguntó Julian, inclinándose hacia ella con una familiaridad afectuosa—. ¿Has terminado ya ese proyecto de fotografía en el Soho?

—Casi, Julian —respondió ella, y noté un leve rubor subiendo por su cuello—. Me falta capturar la luz del amanecer sobre el Támesis, pero Henry dice que es una pérdida de tiempo.

—Henry cree que todo lo que no se traduce en dividendos es una pérdida de tiempo —rio Julian, dándole un apretoncito juguetón en el brazo—. Tú sigue disparando. Tienes un ojo privilegiado.

Vi el destello de adoración en la cara de Beatrice. Pero también vi el dolor silencioso cuando Julian, minutos después, miró su teléfono con una sonrisa diferente.

—Es Clara —dijo Julian, disculpándose con Lady Margaret—. Su estreno de teatro terminó y quiere que pase a buscarla. Ya saben cómo son las actrices, necesitan el aplauso incluso después de que cae el telón.

El silencio que cayó sobre Beatrice fue casi físico. Henry solo asintió, indiferente a las corrientes emocionales que cruzaban la mesa.

Tras la cena, mientras los hombres se retiraban a fumar un puro y discutir la gala de mañana, Beatrice me llevó a su santuario: un cuarto lleno de cámaras analógicas y rollos de película.

—Lo viste, ¿verdad? —me preguntó de espaldas, fingiendo que ordenaba unos lentes.

—Es difícil no notarlo cuando se mira a alguien como si fuera el sol —respondí con suavidad.

Beatrice se giró, con los ojos empañados.

—Tiene treinta y dos años, la edad de Henry. Me lleva ocho. Me ha visto crecer, Lizzie. Para él soy la hermana pequeña de su mejor amigo. Y ahora está con Clara... ella es tan glamurosa, tan "actriz". Yo solo soy la niña Ashford que toma fotos.

Me acerqué y le tomé las manos.

—Tu secreto está a salvo conmigo, Bea. Henry podrá ser de hielo, pero tú tienes fuego. No dejes que Clara o la edad de Julian te apaguen.

—Gracias, Lizzie —susurró ella, abrazándome—. Me alegra tanto que Henry te haya traído. Creo que eres lo único real que ha entrado en esta casa en años.

El momento de la calidez terminó abruptamente cuando la puerta se abrió. Henry estaba allí, impecable, con esa mirada que parecía estar auditando mi alma.

—Julian se ha ido —anunció con frialdad—. Elizabeth, es hora de que Miller te lleve a la suite principal. Mañana a las seis de la mañana vendrá el equipo de estilistas. La gala es en el Guildhall. Será televisada por los canales financieros. No puedes permitirte ni un cabello fuera de lugar.

—¿Televisada? —sentí un nudo en el estómago.

—Así es. Vamos a presentar nuestro compromiso como la unión del siglo. Quiero que el mundo crea que eres la mujer que me hizo olvidar a Bianca. Aunque ambos sepamos que solo eres la mujer que salvó a su padre de una celda de hormigón.

Beatrice le lanzó una mirada de reproche, pero Henry ya se había dado la vuelta.

—Buenas noches, Elizabeth —dijo por encima del hombro—. Duerme. No quiero ojeras que el maquillaje no pueda tapar.

Me quedé sola en el pasillo, mirando su espalda alejarse. El contraste era brutal: la ternura no correspondida de Beatrice por Julian, y este pacto de odio que yo tenía con Henry.

Mañana sería el debut. El mundo vería a la "pareja perfecta", pero bajo los vestidos de diseñador y las joyas de un millón de libras, yo solo sentía el frío de las cadenas de Henry Ashford apretándose alrededor de mi cuello.




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