Cadenas de Seda

El Brillo de la Armadura

Relatado por: Elizabeth Whitmore

A las seis de la mañana, mi habitación dejó de ser un refugio para convertirse en un centro de operaciones. Un ejército de estilistas, bajo las órdenes directas de Henry, invadió mi espacio con fundas de seda y maletines de cosméticos que costaban más que mi educación universitaria.

—Ni una imperfección —había sido la única instrucción de Henry antes de irse a su oficina.

Mientras me depilaban, maquillaban y peinaban, me sentía como un lienzo en blanco siendo pintado por manos extrañas. Escuchaba los susurros del equipo. Los rumores ya volaban por las redacciones de la prensa rosa: "¿La heredera caída de los Whitmore? Es un rescate financiero, no una boda", decían en los blogs. Me mordí el labio inferior, sintiendo el sabor metálico de la humillación. Tenía que callar esas bocas. No por Henry, sino por la dignidad de mi padre.

—¡Oh, Lizzie! Estás... divina.

Beatrice y Lady Margaret entraron justo cuando terminaban de ajustarme el vestido. Era una pieza de alta costura en seda azul medianoche, con un escote que rozaba la insolencia y una caída que me hacía parecer dos pulgadas más alta.

—Henry no sabrá qué decir —susurró Lady Margaret, colocándome un collar de diamantes que pesaba como una cadena—. Elizabeth, querida, sé que esto es difícil, pero recuerda: hoy tú eres la reina de este tablero. No dejes que nadie vea la grieta en tu corona.

—Gracias, Margaret —respondí, mirándome al espejo. Ya no era la Lizzie que contaba centavos para pagar la luz; era una desconocida de mirada dura y elegancia letal.

Bajamos al gran salón donde Henry esperaba junto a la escalera. Llevaba un esmoquin a medida que resaltaba su físico imponente. Cuando me vio, sus ojos azules se entrecerraron. Hubo un segundo, apenas un parpadeo, donde su máscara de hielo se agrietó y vi algo parecido a la fascinación. Pero se recuperó rápido.

—Aceptable —dijo, extendiéndome el brazo—. Procura no tropezar con la cola del vestido.

Estábamos a punto de salir cuando la puerta principal se abrió de golpe. Seguridad no pudo detenerla.

—¡Vaya, vaya! El desfile de las máscaras ha comenzado.

Bianca.

Llevaba un vestido rojo sangre, corto y vulgar para los estándares de la mansión, y sus ojos estaban inyectados en una mezcla de alcohol y despecho. Se tambaleó hacia nosotros, señalándome con un dedo cuyas uñas estaban desconchadas.

—Mira a la pequeña cenicienta —escupió Bianca, riendo con amargura—. ¿Cuánto te pagó, Henry? ¿Cuál es tu tarifa por dormir con un hombre que tiene un bloque de hielo por corazón? ¡Todo Londres sabe que tu padre es un estafador y que tú eres solo el pago de su fianza!

Sentí que el mundo se detenía. La sangre abandonó mi rostro. Lady Margaret dio un paso al frente con una elegancia gélida.

—Bianca, ya te hemos mostrado la salida una vez. No nos obligues a que la policía sea quien te la enseñe ahora —dijo Margaret con una autoridad que me heló la piel.

Henry, sin embargo, no se movió. Ni siquiera soltó mi brazo. Su voz salió con una calma que daba más miedo que cualquier grito de Bianca.

—Bianca, estás siendo... ineficiente. Si crees que tus gritos van a detener esta transacción, es que nunca me conociste. Elizabeth tiene algo que tú perdiste en el momento en que me traicionaste: valor de mercado y clase.

Henry me miró, y por primera vez, me apretó el brazo con una fuerza que no era dolorosa, sino posesiva.

—Vámonos, Elizabeth. Tenemos una gala que conquistar. Miller, que retiren esta basura de mi entrada.

Salimos de la mansión dejando a Bianca gritando obscenidades tras nosotros. Dentro del coche, el silencio era denso. Yo temblaba de furia y vergüenza.

—No dejes que te afecte —dijo Henry, mirando por la ventana—. Ella tiene razón en algo: el mundo sabe de la caída de tu padre. Pero esta noche, cuando entres del brazo de un Ashford, nadie se atreverá a mencionarlo. Vas a ser mi prometida, y mi palabra es la única ley que esos buitres respetan.

Me giré hacia él, mis ojos verdes encendidos.

—No lo hago por ti, Henry. Lo hago para que mi padre no sea el chiste de la noche. Pero que quede claro: me defendiste ante Bianca porque soy de tu propiedad, no porque te importe mi dolor.

Henry esbozó esa media sonrisa que me hacía querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo.

—Veo que estás aprendiendo rápido, Elizabeth. Las reglas del juego son simples: el poder no tiene sentimientos, solo resultados. Prepárate, estamos llegando.

Las luces de los flashes comenzaron a golpear los cristales del auto. El espectáculo estaba a punto de comenzar.




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