Relatado por: Elizabeth Whitmore
Las puertas del Guildhall se abrieron como las fauces de una bestia dorada. El estruendo de los flashes era casi ensordecedor, una lluvia de luces blancas que buscaba cualquier grieta en nuestra fachada. Sentí la mano de Henry en mi cintura; no era un gesto de afecto, sino un anclaje. Su palma era firme, cálida a través de la seda de mi vestido, recordándome que ahora era parte de su inventario.
—Sonríe, Elizabeth —murmuró Henry cerca de mi oído, su aliento rozando mi piel—. Mañana quiero que el Financial Times hable de tu elegancia, no de tus nervios.
A nuestro lado, Lady Margaret y Beatrice caminaban con una gracia innata. Margaret saludaba a los embajadores y magnates con la soltura de una reina, mientras Beatrice, aunque lucía espectacular con un vestido lavanda que resaltaba su juventud, mantenía la mirada fija en la entrada, buscando a alguien.
—Estás perfecta, Lizzie —me susurró Beatrice, acercándose un poco—. Ignora los susurros. Eres la mujer más imponente de este salón.
Pero los susurros eran difíciles de ignorar. “Mírala, la hija de Whitmore... de la ruina al diamante de los Ashford”, “Dicen que Henry compró su libertad”. Apreté la mandíbula y levanté el mentón. Si me habían comprado, me asegurarían de que el precio fuera impagable.
De repente, el ambiente pareció cambiar. Una ráfaga de perfume caro y risas ensayadas anunció la llegada de los últimos invitados.
Julian Vane entró en el salón. Se veía impecable con su esmoquin, pero toda la atención se la llevaba la mujer que colgaba de su brazo: Clara Montrose. La actriz era una visión de lentejuelas doradas y labios rojos. Se movía con una teatralidad que hacía que todos los ojos se posaran en ella.
Vi de reojo cómo Beatrice se tensaba. Su mano, que sostenía una copa de champán, tembló apenas un milímetro. Julian saludó a la multitud con su carisma habitual y se dirigió directamente hacia nosotros.
—Henry, Margaret —dijo Julian, con una sonrisa que no llegaba a ser tan brillante como de costumbre al notar la rigidez de Beatrice—. Elizabeth, estás absolutamente deslumbrante. Clara, querida, te presento a la mujer que ha logrado lo imposible: capturar a Henry Ashford.
Clara me escaneó con una mirada profesional, midiendo mi valor en segundos.
—Un placer, Elizabeth. He oído tanto sobre la "situación" de tu familia... qué afortunada eres de tener a Henry como tu caballero de brillante armadura —dijo Clara, con una voz cargada de una falsa dulzura que ocultaba un dardo venenoso.
—La fortuna es un concepto relativo, Clara —respondí, sosteniéndole la mirada con una frialdad que aprendí de Henry en tiempo récord—. A veces, la armadura es solo para quien sabe cómo portarla, no para quien busca el foco de la escena.
Julian soltó una carcajada baja, pero sus ojos se desviaron hacia Beatrice.
—Bea, estás preciosa hoy. ¿Ese vestido es nuevo?
—Sí —respondió Beatrice, con una voz pequeña pero digna—. Gracias, Julian. Clara, espero que disfrutes de la fiesta. Henry, Lizzie... si me disculpan, iré a buscar a unos amigos de la academia.
Beatrice se retiró con paso rápido, y mi corazón se encogió por ella. Julian hizo amago de seguirla con la mirada, pero Clara lo reclamó de inmediato, tirando de su brazo para llevarlo hacia un grupo de productores.
Henry, que había permanecido en silencio observando el intercambio, se inclinó hacia mí.
—Bien hecho con Clara. Ella busca debilidad; tú le diste una pared de mármol —dijo, y por primera vez, su voz no era de mando, sino de una observación casi respetuosa—. Ahora, nos toca el baile. La prensa está esperando la foto oficial.
—¿El baile? —sentí un vuelco en el estómago—. No estaba en el contrato que tuviera que bailar en una vitrina.
—Todo está en el contrato, Elizabeth. Especialmente lo que no está escrito —me tomó de la mano y me guio hacia el centro de la pista—. Sígueme el paso. Y trata de no parecer que odias cada segundo de mi cercanía. El mundo tiene que creer que somos fuego, no hielo.
Cuando la orquesta comenzó a tocar un vals lento, Henry me atrajo hacia él. La distancia desapareció. Podía sentir el latido de su corazón contra mi pecho, una cadencia rítmica y fría que contrastaba con el calor de sus manos. El salón desapareció, los flashes se volvieron borrosos, y por un momento, solo existió la presión de su cuerpo contra el mío y el odio compartido que empezaba a transformarse en algo mucho más peligroso: una atracción que ninguno de los dos quería admitir.
Editado: 30.03.2026