Cadenas de Seda

Fantasmas en el Espejo

Relatado por: Henry Ashford

La gala era un tablero de ajedrez y Elizabeth era mi pieza reina. Debo admitir, aunque solo sea en la privacidad de mis pensamientos, que su actuación era impecable. Se movía entre los tiburones de la City con una calma que rayaba en la insolencia. Sin embargo, el veneno de la duda es una sustancia que se filtra por las grietas más pequeñas.

—Henry, querido, tu prometida es una revelación —dijo Lord Sterling, dándome una palmada en el hombro—. Aunque algunos dicen que es un milagro financiero más que un romance.

—Los milagros no existen en mi balance de resultados, Sterling. Solo las buenas decisiones —respondí con voz plana, aunque por dentro, la mención a su "caída" me irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Me separé de ella para atender una llamada de Singapur en el balcón privado. Fueron apenas diez minutos. Pero al regresar, el aire del salón se sintió diferente.

Cerca de la gran escalinata, Julian y Clara se despedían de un grupo de invitados. Julian reía, pero su mirada se desviaba constantemente hacia donde estaba Elizabeth, quien ahora conversaba con el Vizconde de Harrington. El Vizconde, un hombre que coleccionaba deudas y esposas con la misma ligereza, le sostenía la mano a Elizabeth durante un tiempo que excedía cualquier cortesía social.

Me acerqué justo cuando Julian y Clara llegaban a su altura para despedirse.

—Ha sido una noche fascinante, Elizabeth —dijo Clara, ajustándose su estola de piel con un gesto de triunfo—. Espero que la vida en la mansión Ashford no sea tan... monótona como sugieren las malas lenguas. Aunque, con Henry, supongo que siempre tienes los informes de bolsa para entretenerte.

—La monotonía es un lujo que solo se permiten los que no tienen nada en qué pensar, Clara —respondió Elizabeth con una sonrisa que era puro hielo—. Disfruta de tu estreno.

Julian dio un paso adelante. Ignoró a Clara y tomó la mano de Elizabeth. Su gesto fue suave, casi protector, algo que me hizo tensar la mandíbula hasta que me dolió.

—No dejes que el brillo de estas lámparas te ciegue, Lizzie —le susurró Julian, lo suficientemente alto para que yo lo oyera—. Si alguna vez sientes que el aire aquí es demasiado pesado, recuerda que tienes amigos.

Él me lanzó una mirada de advertencia antes de alejarse con Clara. Esa frase, ese "tienes amigos", resonó en mi cabeza como una alarma. Vi a Elizabeth sonreírle al Vizconde una última vez antes de que yo llegara a su lado. La misma sonrisa que Bianca le daba a sus "amigos" antes de apuñalarme por la espalda.

—Nos vamos. Ahora —dije, tomándola del brazo con una brusquedad que hizo que varios invitados giraran la cabeza.

El trayecto en el Rolls-Royce fue un campo de batalla de silencios. Elizabeth miraba por la ventana, el reflejo de las luces de Londres bailando en sus ojos verdes. Yo solo podía ver la mano del Vizconde sobre la suya.

En cuanto entramos en el vestíbulo de la mansión y Miller cerró las puertas dobles, la furia contenida estalló.

—¿Qué demonios crees que estabas haciendo? —le espeté, mi voz retumbando contra las paredes de mármol.

—¿Haciendo qué, Henry? —ella se soltó de mi agarre, dejando caer su bolso de seda sobre la mesa del recibidor—. Estaba cumpliendo con mi parte. Fui la prometida perfecta. Hablé con tus socios, sonreí a tus enemigos. ¿Qué más quieres de mí?

—¡Estabas coqueteando con Harrington a la vista de todos! —mi rabia, alimentada por el recuerdo de Bianca rogando de rodillas horas antes, se desbordó—. Y Julian... ¿qué fue eso de "tienes amigos"? ¿Ya estás tendiendo redes, Elizabeth? ¿Ya estás buscando un hombro donde llorar cuando mi "frialdad" sea demasiada para ti?

—¡Eres un paranoico! —gritó ella, y el sonido fue como un cristal rompiéndose—. Harrington hablaba de mi padre. Estaba ofreciéndome contactos para limpiar el nombre de los Whitmore. Algo que tú, con todo tu dinero, te niegas a hacer porque prefieres tenerme bajo tu bota.

—¡No soy estúpido! —me acerqué a ella, invadiendo su espacio hasta que nuestras sombras se fundieron—. Conozco esa mirada de gratitud femenina. Es la que usa Bianca cuando quiere conseguir algo. ¿Ya calculaste cuánto vale tu lealtad esta noche? ¿Harrington te ofreció un trato mejor que el mío? ¿Acaso vas a subastarte al mejor postor antes de que lleguemos al altar?

El bofetón fue rápido y certero. El sonido del impacto de su mano contra mi mejilla cortó el aire.

Me quedé helado. Nadie, en toda mi vida adulta, se había atrevido a tocarme así. Elizabeth no retrocedió. Su pecho subía y bajaba con violencia, y sus ojos estaban llenos de unas lágrimas que se negaba a dejar caer.

—No vuelvas a compararme con ella —dijo con una voz que temblaba de odio puro—. Bianca te engañó porque no te amaba. Yo ni siquiera tengo el lujo de odiarte en paz porque tengo que agradecerte la libertad de mi padre. Pero no te equivoques, Henry Ashford. Mi lealtad no está en subasta. Mi lealtad es un regalo que tú no mereces y que, claramente, no sabes reconocer.

Se recogió la falda del vestido azul, ese que yo mismo había elegido para que pareciera una reina, y subió las escaleras con una dignidad que me hizo sentir pequeño en mi propia casa. Escuché el eco de sus tacones y luego el portazo violento de su habitación.




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