Relatado por: Elizabeth Whitmore
La luz del amanecer se filtraba por las pesadas cortinas de mi habitación, pero yo no había dormido más de dos horas. Mi mejilla todavía parecía arder por el recuerdo del impacto, no por el golpe físico que le di a Henry, sino por la mirada de desolación que vi en sus ojos antes de darle la espalda.
Un suave rascado en la puerta me sacó de mis pensamientos. No era el golpe autoritario de Henry; era algo más ligero.
—¿Lizzie? Soy Bea. Traigo café de verdad, no esa infusión de hierbas que mi madre insiste en que tomemos.
Me incorporé en la cama, frotándome los ojos.
—Pasa, Bea.
Beatrice entró cargando una bandeja de plata. Se veía cansada, con el cabello recogido en un moño desordenado. Se sentó a los pies de mi cama y me tendió una taza humeante.
—Oí los gritos anoche —dijo en voz baja, estudiando mi rostro—. Y oí el portazo. No me digas qué pasó si no quieres, pero... Henry ha estado encerrado en su despacho desde las cinco de la mañana. Miller dice que parece que ha visto a un fantasma.
—Es porque solo ve fantasmas, Bea —suspiré, sintiendo el nudo en mi garganta—. Me comparó con Bianca. Me acusó de estar "subastándome" al Vizconde de Harrington en medio de la gala.
Beatrice dejó escapar un bufido de indignación.
—Es un idiota. Un idiota funcional con demasiado dinero. Henry proyecta su miedo en todo el mundo, Lizzie. Desde que Bianca lo engañó, él cree que la lealtad es un mito urbano. Pero no tiene derecho a tratarte así.
Me quedé mirando el vapor que subía de mi café.
—Pasado mañana es la boda, Bea. Pasado mañana firmaré un papel que me unirá a ese hombre legalmente. Siento que me estoy lanzando a un precipicio y no hay red de seguridad. Mi padre está a salvo, sí, pero... ¿a qué precio?
Beatrice se acercó y me tomó la mano. Sus dedos estaban cálidos.
—Tranquilízate, por favor. Respira. Sé que ahora parece una sentencia de muerte, pero no estás sola. Me tienes a mí, y tienes a mi madre. Henry es... difícil, pero no es malvado. Solo es un hombre que ha olvidado cómo ser humano porque se ha pasado la vida siendo un balance de resultados.
—¿Cómo puedes ser tan optimista? —le pregunté, esbozando una sonrisa triste—. Tú también estás sufriendo por Julian, y aun así intentas consolarme a mí.
Beatrice bajó la mirada, y por un momento, la máscara de alegría de la familia Ashford se desmoronó.
—Porque si yo no puedo tener mi final feliz con Julian, al menos quiero que tú no te ahogues en este matrimonio. Lizzie, escucha: el contrato dice dos años. Úsalos. Usa su dinero para reconstruir tu vida, usa su nombre para limpiar el de tu padre. No dejes que él te rompa. Si tienes que ser su esposa de hielo ante el mundo, hazlo, pero guarda tu fuego para ti misma.
Nos quedamos en silencio un largo rato, compartiendo el peso de nuestros secretos. El hecho de que la boda fuera pasado mañana flotaba en la habitación como una guillotina suspendida.
—Prométeme que estarás conmigo en el altar —le pedí, sintiendo un miedo repentino.
—No me moveré de tu lado —prometió ella, apretando mi mano—. Y si Henry intenta decir alguna estupidez en los votos, le daré una patada en la espinilla antes de que termine.
Reímos juntas, una risa breve que alivió la tensión de la habitación. Pero cuando Bea se fue y me quedé sola otra vez, la realidad volvió a golpearme. Me levanté y caminé hacia el ventanal que daba a los jardines. A lo lejos, vi la figura de Henry caminando por el sendero de los robles, solo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha.
Pasado mañana.
Dos días para que el mundo me llamara Elizabeth Ashford.
Dos días para que el hombre que más despreciaba se convirtiera en mi dueño legal.
Cerré los ojos y, por primera vez, recé para que el tiempo se detuviera.
Editado: 30.03.2026