Cadenas de Seda

El Altar de las Apariencias

Relatado por: Elizabeth Whitmore

El vestido pesaba. No solo por las miles de perlas cosidas a mano en el corpiño de encaje francés, sino por lo que representaba. Era una armadura de seda blanca de Vera Wang, diseñada para gritar "estatus" a cada fotógrafo apostado en las puertas de la iglesia de Santa María en Mayfair. Tenía un escote barco que resaltaba la rigidez de mis hombros y una falda que se extendía metros detrás de mí, como el rastro de una vida que ya no me pertenecía.

—Estás... impresionante, Lizzie —susurró Beatrice, ajustándome el velo de tul—. Pareces una reina de hielo, pero de las que ganan todas las guerras.

—Solo espero sobrevivir a esta batalla, Bea —respondí, mirándome al espejo.

Lady Margaret entró en la habitación, vestida en un elegante traje sastre de Chanel color champán. Se acercó y me colocó una tiara de la familia Ashford: diamantes y zafiros que habían pasado de generación en generación.

—Elizabeth, hoy el mundo verá amor porque eso es lo que necesitan creer para que las acciones de Henry sigan subiendo —dijo Margaret con una suavidad maternal que me desarmó—. Pero para nosotras, hoy eres oficialmente parte de este círculo. Pase lo que pase ahí fuera, aquí dentro tienes una familia.

Sus palabras fueron el único bálsamo para mis nervios. Mi padre no estaba para entregarme; estaba en la clínica, luchando su propia guerra. Caminaría sola hacia el hombre que me había comprado.

Relatado por: Henry Ashford

—Si aprietas más la mandíbula, Henry, vas a necesitar un dentista antes de decir "sí" —dijo Julian, ajustándome la flor en el ojal de mi frac—. Relájate. Es una boda, no una ejecución pública. Aunque, viendo tu cara, entiendo la confusión.

—Es una transacción, Julian. Y las transacciones requieren precisión —respondí, mirando mi reflejo. Estaba impecable, pero me sentía como un extraño en mi propio cuerpo.

—Clara dice que Londres está convencido de que esto es un romance de película. "El magnate que salvó a la heredera en desgracia". Es una narrativa poderosa —Julian me miró con seriedad—. Solo asegúrate de que la narrativa no te devore a ti también.

Las puertas de la iglesia se abrieron y la música de la orquesta llenó el espacio sagrado. Me coloqué en el altar, con Julian a mi lado. El banco de la izquierda estaba lleno de la élite de Londres; el de la derecha, el de los Whitmore, estaba dolorosamente vacío, a excepción de unos pocos parientes lejanos que buscaban limosnas sociales.

Entonces la vi.

Elizabeth apareció al final del pasillo. El sol de la mañana atravesaba los vitrales, bañándola en luces de colores y haciendo que los diamantes de su tiara lanzaran destellos cegadores. Caminaba sola, con una barbilla tan alta que desafiaba a Dios mismo. No era la novia sumisa que el directorio esperaba; era un desafío envuelto en seda.

Al llegar a mi lado, no hubo calidez. El aire entre nosotros se volvió gélido. Le ofrecí la mano y, cuando ella la tomó, sentí un leve temblor que me atravesó como una descarga eléctrica.

—Estás deslumbrante, Elizabeth —susurré para que solo ella me oyera, cumpliendo con el protocolo del "novio enamorado".

—Ahorra tus cumplidos para la prensa, Henry —respondió ella sin mover un solo músculo de su rostro—. Empecemos con esto de una vez.

El sacerdote comenzó la ceremonia. Habló de unión, de respeto y de amor eterno. Palabras que sonaban huecas en mis oídos, pero que veía cómo los invitados devoraban conmovidos. Cuando llegó el momento de los votos, la miré fijamente a los ojos. Eran dos esmeraldas llenas de un fuego que ninguna cantidad de mi hielo lograba apagar.

—Yo, Henry Ashford, te tomo a ti, Elizabeth Whitmore... —mi voz fue firme, proyectando la seguridad de un hombre que ha obtenido el premio más codiciado.

Ella repitió las palabras con una voz clara que resonó en toda la catedral. No vaciló. No dudó. Era una profesional del sacrificio.

—Puede besar a la novia.

Me incliné hacia ella. Sentí el aroma a violetas y esa rabia contenida que siempre emanaba de su piel. Mis labios tocaron los suyos en un beso que, ante los ojos del mundo, fue un sello de pasión, pero que para nosotros fue el roce metálico de dos espadas chocando.

Nos giramos hacia la congregación. Los aplausos estallaron, los flashes de las cámaras iluminaron la penumbra de la iglesia como relámpagos. Henry y Elizabeth Ashford. El matrimonio perfecto del año.

—Felicidades, Señora Ashford—le dije mientras caminábamos por el pasillo central, saludando a la multitud con sonrisas ensayadas—. Acabas de convertirte en la mujer más poderosa de Inglaterra.

—Y tú, Henry —respondió ella, saludando a una cámara con una gracia exquisita—, acabas de comprarte el problema más grande de tu vida. Espero que tu balance de resultados esté listo para las pérdidas.




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