Relatado por: Elizabeth Whitmore
El salón de baile del hotel Savoy era un océano de cristales de Swarovski y orquídeas blancas. El aire estaba saturado con el aroma del champán de mil libras la botella y el murmullo constante de la aristocracia británica diseccionando nuestro "amor".
Henry me sostenía por la cintura con una posesividad que me erizaba la piel. No era afecto; era el marcaje de un territorio. Sus dedos, firmes sobre la seda de mi vestido de novia, quemaban a pesar del frío que emanaba de su mirada.
—Es el momento del primer baile, Elizabeth —susurró en mi oído—. Trata de no parecer que estás contando los segundos para que esto termine.
—Cuento los segundos para que me sueltes, Henry. Hay una diferencia —respondí, forzando una sonrisa radiante para un fotógrafo.
La orquesta comenzó un vals clásico. Henry me guio hacia el centro de la pista con una destreza impecable. Estábamos tan cerca que podía sentir el latido de su corazón contra mi pecho. Por un instante, la música borró el contrato. Solo existía la presión de su mano en mi espalda y la forma en que sus ojos azules me escaneaban, buscando una grieta en mi armadura.
A unos metros de nosotros, Beatrice y Julian compartían la pista. Julian bailaba con una elegancia relajada, pero sus ojos no estaban en Clara, su novia actriz, quien lo observaba desde la mesa con una expresión de aburrimiento refinado. Sus ojos estaban en Beatrice, a quien trataba con la misma ternura de siempre.
—Estás muy callada hoy, pequeña Bea —dijo Julian, inclinando la cabeza hacia ella—. ¿Te asusta que tu hermano finalmente haya sentado cabeza?
—No soy pequeña, Julian. Y no me asusta Henry, me asusta la mentira en la que vive —respondió Beatrice, tratando de mantener la voz firme mientras su corazón tronaba.
Julian la estrechó un poco más, un gesto que en él era pura protección de "hermano mayor" postizo, pero que para Beatrice era una tortura.
—Henry tiene suerte. Elizabeth es excepcional. Pero tú, Bea, tú brillas más que todos los diamantes de esta sala.
Beatrice bajó la mirada, ocultando el dolor.
—Si brillara tanto, Julian, quizás podrías ver lo que tienes justo delante de ti.
Julian frunció el ceño, confundido por el dardo en sus palabras, pero antes de que pudiera responder, el protocolo los obligó a separarse.
Relatado por: Henry Ashford
Vi a Julian soltar a mi hermana y desvié la mirada de inmediato. Beatrice siempre había sido una niña sentimental; probablemente estaba abrumada por la fastuosidad de la boda. No era asunto mío. Mi única prioridad era la mujer que tenía entre mis brazos.
Elizabeth estaba pálida, pero su belleza era letal bajo las luces del Savoy. Al final del baile, según la tradición, debía besarla de nuevo. La acerqué hacia mí, sintiendo su resistencia inicial flaquear ante la proximidad de nuestros cuerpos.
—El espectáculo debe continuar —dije antes de inclinarme.
Esta vez, el beso no fue solo para las cámaras. Fue un choque de voluntades. Mis labios presionaron los suyos con una intensidad que no estaba en el guion. Por un segundo, sentí que ella me devolvía el beso con una rabia desesperada, una chispa de fuego que me hizo desear que este matrimonio fuera real, solo para tener el placer de domarla.
Nos separamos, ambos respirando con dificultad. Sus labios estaban rojos y sus ojos verdes brillaban con un odio que se sentía extrañamente vivo.
—Felicidades, Henry —dijo ella, limpiándose la comisura de los labios con un gesto de desdén—. La función ha terminado. Ahora, llévame a esa jaula que llamas hogar. Tengo un contrato que empezar a cumplir.
Caminamos hacia la salida entre aplausos. Yo ignoraba por completo el suspiro de tristeza de mi hermana o la mirada confundida de Julian. En mi mundo, las emociones eran ruidos innecesarios. Lo único que importaba era que Elizabeth Whitmore ahora era, legalmente, Elizabeth Ashford.
Editado: 30.03.2026