Relatado por: Elizabeth Whitmore
El sonido de la puerta principal de la mansión cerrándose tras nosotros fue como el golpe de un mazo en una sentencia. Se acabó. No más flashes, no más brindis hipócritas, no más felicitaciones de gente que, hace una semana, no me habría dirigido la palabra.
Henry se soltó la corbata de seda con un gesto brusco mientras caminábamos por el vestíbulo. Ya no era el "novio devoto" de las fotos; volvía a ser el CEO implacable.
—Miller ha llevado tu equipaje a la recamara principal —dijo sin mirarme
—Cinco días encerrada contigo —suspiré, sintiendo el peso del vestido de novia como si fuera de plomo—. Es una forma muy específica de tortura, Henry.
Él se detuvo al pie de la gran escalera y se giró. La luz de la luna entraba por el ventanal, afilando sus rasgos.
—Es una simulación necesaria, Elizabeth. Si nos viéramos trabajando mañana mismo, los rumores de un matrimonio por contrato se dispararían. Y ambos sabemos que eso no le conviene a la salud de tu padre ni a mis acciones.
Subimos las escaleras en un silencio tenso. Al llegar a la suite principal, me quedé paralizada en el umbral. La habitación era inmensa, decorada con un lujo asfixiante: flores blancas frescas por todas partes, una botella de champán en hielo y una cama de dimensiones ridículas cubierta de pétalos.
—Esto es... demasiado —dije, señalando la cama.
—Cortesía del ama de llaves. Ella también cree en la farsa —Henry entró y dejó su chaqueta sobre un sillón de terciopelo—. No te preocupes. El vestidor es lo suficientemente grande como para que no tengas que verme si no quieres. Yo dormiré en el diván del estudio anexo, pero ante el servicio, esta es nuestra habitación compartida.
Me acerqué a la ventana, mirando la oscuridad de los jardines. La adrenalina del día se estaba evaporando, dejando solo un cansancio que me calaba hasta los huesos.
—Henry... —lo llamé en voz baja, sin girarme—. ¿Valió la pena? Todo este despliegue, el dinero, el engaño... ¿De verdad te sientes más poderoso ahora que tienes una esposa que te odia?
Escuché sus pasos acercarse, pero no se detuvo a mi lado. Se quedó a un par de metros, manteniendo esa distancia de seguridad que ambos necesitábamos para no estallar.
—El poder no se trata de ser amado, Elizabeth. Se trata de ser inalcanzable. Ahora, nadie puede cuestionar mi estabilidad. Tú tienes tu seguridad financiera y yo tengo mi imagen limpia. Es un intercambio perfecto.
—Eres una máquina —murmuré, girándome para enfrentarlo—. Ni siquiera hoy, después de decir esos votos frente a Dios y tu familia, puedes admitir que hay algo humano en ti.
Él me miró fijamente. Por un segundo, sus ojos bajaron a mis labios, todavía teñidos del rojo del beso en el altar, y vi una chispa de algo que no era cálculo financiero. Era hambre. Una hambre oscura y contenida que me hizo retroceder un paso.
—Mañana empezaremos la rutina —dijo él, recuperando su frialdad—. Desayunaremos en la terraza para que el personal nos vea. Después, puedes ir a tu galería o hacer lo que quieras, siempre que no salgas de los límites de la propiedad. Estos cinco días son nuestra tregua. No me provoques y yo no te cuestionaré.
—Trato hecho —respondí, apretando los puños—. Pero no esperes que use esos pétalos de rosa, Henry. Guárdalos para alguien que crea en tus mentiras.
Él soltó una risa seca y desapareció por la puerta del estudio, cerrándola tras de sí.
Me quedé sola en la suite, rodeada de seda blanca y flores que ya empezaban a marchitarse. Me quité la tiara de los Ashford y la dejé sobre la mesilla. Pesaba menos que mi propio nombre. Mañana sería el primer día de nuestra "luna de miel" de cartón piedra, y yo solo podía pensar en cuánto tiempo tardaría el hielo de Henry en quemarme por completo.
Editado: 30.03.2026