Relatado por: Henry Ashford
Dormir en el diván de mi propio estudio no era parte del plan original. El cuero estaba frío, recordándome cada segundo que mi "esposa" ocupaba la suite principal por una transacción financiera y no por un arrebato de pasión. El éxito tiene un precio, y el mío era el insomnio.
Me levanté a las cinco de la mañana y salí a la terraza. El servicio ya había dispuesto el desayuno. Las portadas de los periódicos eran unánimes: "La Boda del Siglo". Casi derramo el café. Si el mundo supiera que el "amor" costó diez millones de libras, las acciones de Ashford Global caerían en picado.
Escuché el siseo de la puerta. Elizabeth apareció con una bata de seda crema, el cabello desordenado y una mirada que me atravesó como un picahielo.
—Buenos días, señora Ashford —dije, ocultándome tras el Financial Times.
—No me llames así cuando no haya cámaras, Henry —respondió, sentándose frente a mí—. Mi alma no está en el contrato, solo mi firma.
Se sirvió café en silencio. La observé. No había rastro de la chica asustada de Chelsea. Esta mujer de mármol era un desafío que mi cerebro calificaba como "error de sistema".
—He revisado los informes de la Galería d’Hiver —anuncié, tratando de recuperar el control—. Tendrás autonomía total en cuatro días.
—¿Invertiste en una galería para tenerme vigilada? Eres predecible —su sarcasmo era una navaja afilada.
—Es una inversión estratégica —mentí. En realidad, quería que tuviera algo que la mantuviera ocupada y lejos de mis pensamientos.
El sonido de pasos ligeros y risas nos interrumpió. Mi madre, Lady Margaret, y Beatrice entraron en la terraza. No venían a "comprobar nuestra felicidad"; venían a ver cómo estaba Lizzie. Desde que les confesé los términos del acuerdo —porque ocultarles la verdad a ellas era imposible—, se habían convertido en sus protectoras oficiales.
—¡Lizzie, querida! —Margaret se acercó y le dio un beso en la mejilla, ignorándome por completo—. ¿Cómo has pasado la primera noche? Henry puede ser un anfitrión... gélido, pero espero que la suite sea de tu agrado.
—He sobrevivido, Margaret —respondió Elizabeth con una sonrisa genuina que nunca me dedicaba a mí—. Gracias por preguntar.
Beatrice se sentó al lado de Lizzie y le tomó la mano.
—No dejes que mi hermano te abrume con sus horarios y sus informes, Lizzie. Recuerda que, aunque esto sea un papel firmado, esta es tu casa ahora. Y nosotras estamos aquí para asegurarnos de que no te sientas en una oficina.
Me aclaré la garganta, sintiéndome como un intruso en mi propio hogar.
—Estamos desayunando, Beatrice. No es momento para conspiraciones domésticas.
—No son conspiraciones, Henry —replicó mi madre, mirándome con una decepción que me escocía—. Es humanidad. Algo que parece que no incluiste en las cláusulas de tu contrato. Elizabeth ha hecho un sacrificio enorme por su familia, lo mínimo que puedes hacer es tratarla con el respeto que se merece una socia, si es que la palabra "esposa" te queda grande.
Me quedé en silencio, apretando la taza de café. Ver a las tres mujeres unidas contra mí me generó una sensación extraña: una mezcla de irritación y un respeto involuntario por la red de seguridad que habían tendido bajo los pies de Elizabeth.
—Me voy al despacho —dije, levantándome—. Tengo llamadas con Nueva York. Elizabeth, compórtate..
—No te preocupes, Henry —respondió ella, mirándome fijamente mientras las tres mujeres compartían una mirada de complicidad—. Soy excelente siguiendo guiones. Al fin y al cabo, tú escribiste la obra.
Salí de la terraza con el pulso acelerado. Mi madre y mi hermana sabían la verdad, y ahora Elizabeth tenía aliadas dentro de mis muros. La "tregua de cinco días" acababa de volverse mucho más complicada de lo que mi lógica de negocios podía manejar.
Editado: 30.03.2026