Cadenas de Seda

El Ayuno de las Palabras

Relatado por: Elizabeth Whitmore

Cinco días. Ciento veinte horas de una farsa ejecutada con precisión quirúrgica.

Durante el día, Henry y yo éramos la estampa de la perfección aristocrática. Paseábamos por los jardines bajo el zumbido lejano de los drones de la prensa, él con su mano apoyada ligeramente en mi cintura y yo fingiendo que su cercanía no me provocaba un escalofrío de rechazo... y algo más que no me atrevía a nombrar. Almorzábamos con Margaret y Beatrice, quienes se convirtieron en mi búnker emocional. En esas mesas, Henry era el extraño; nosotras tres hablábamos de arte, de la recuperación de mi padre y de los sueños de fotografía de Bea, mientras él revisaba la bolsa en su iPad, aislado en su torre de marfil financiera.

Pero las noches eran lo peor. Al cerrar la puerta de la suite, la máscara caía.

Él se encerraba en su estudio y yo me quedaba en la inmensidad de la cama matrimonial, rodeada de un lujo que me recordaba a cada segundo mi condición de "adquisición". A veces, lo escuchaba caminar de madrugada, el sonido de sus pasos sobre el parqué era el único recordáculo de que no estaba sola en ese mausoleo.

El quinto día, el aire en la mansión cambió. La tregua había terminado.

—Mañana a las ocho, Miller te llevará a la Galería d’Hiver —dijo Henry durante nuestra última cena de "luna de miel", rompiendo un silencio de media hora—. El director, Marcus Thorne, ya tiene tus credenciales. Espero que tu desempeño esté a la altura del apellido que ahora portas.

—No te preocupes, Henry. Portaré el apellido con la misma frialdad con la que tú portas tu corazón —respondí, dejando la servilleta sobre la mesa—. Mi padre ha completado su primera semana de desintoxicación. Los médicos dicen que está estable. Así que mi parte del trato va por buen camino.

Henry dejó su copa de vino y me miró fijamente. La luz de las velas bailaba en sus ojos azules, dándoles un aspecto casi humano por un segundo.

—Me alegro por tu padre, Elizabeth. De verdad. Pero recuerda: mañana el mundo deja de mirarnos a través de un teleobjetivo y empezamos la vida real. Si vas a trabajar, hazlo bien. No quiero que la prensa diga que la nueva señora Ashford es solo una cara bonita en una oficina cara.

—La prensa dirá lo que tú les pagues por decir, ¿no es así? —me levanté, sintiendo una extraña urgencia por salir de su presencia—. Buenas noches, Henry. Disfruta de tu última noche en el diván. Mañana empiezo a recuperar mi vida, aunque sea bajo tu vigilancia.

Caminé hacia la escalera sin mirar atrás. Sentía su mirada clavada en mi espalda. Cinco días de encierro habían servido para una sola cosa: entender que Henry Ashford no era solo un hombre de negocios, era un enigma que empezaba a obsesionarme a mi pesar.

La luna de miel de cartón piedra había terminado. Mañana, la guerra se trasladaba a la ciudad.




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