Cadenas del destino

Prólogo

La lluvia caía de forma constante, como si el cielo hubiese decidido vaciarse por completo aquella noche. No era una tormenta furiosa, sino persistente, paciente, un telón de agua que envolvía la casa y la aislaba del resto del mundo. Las gotas golpeaban el techo con un ritmo monótono, casi hipnótico, y al deslizarse por las canaletas producían un murmullo continuo, parecido a un susurro lejano. El viento, ocasional pero firme, hacía crujir las ramas de los árboles del exterior, que se inclinaban y regresaban a su lugar como si respiraran al compás de la lluvia.

Dentro, la casa estaba en calma. La luz cálida del comedor se extendía por las paredes, suavizando las sombras y dándoles formas amables. Las ventanas, empañadas por el contraste entre el frío de afuera y el calor del interior, devolvían apenas reflejos borrosos de la familia sentada a la mesa. Más allá del vidrio, la oscuridad se acumulaba espesa, impenetrable, pero allí dentro parecía no tener poder alguno.

La mesa estaba servida con cuidado. Cuatro platos alineados, cuatro vasos llenos hasta la mitad, cubiertos colocados con precisión. El aroma de la comida recién hecha flotaba en el aire, mezclándose con el olor tenue de la madera y el detergente del piso recién limpiado. Del estofado ascendía un vapor lento, perezoso, que se disipaba al tocar la luz.

El padre ocupaba la cabecera, con las mangas de la camisa arremangadas y el gesto cansado de quien ha terminado una larga jornada, pero satisfecho. Comía despacio, saboreando cada bocado. Frente a él, la madre acomodaba una servilleta con una sonrisa tranquila, de esas que nacen sin esfuerzo, como si la simple rutina de la cena fuese suficiente para mantener el mundo en equilibrio.

A su derecha, la niña de seis años balanceaba las piernas bajo la mesa, incapaz de estarse quieta. Sus pies no alcanzaban el suelo y chocaban suavemente contra la madera en un vaivén distraído. Observaba el vapor que se elevaba del plato como si fuese algo mágico. A la izquierda del padre, el hijo mayor, de trece años, comía en silencio, con la mirada perdida hacia la ventana, atento al repiqueteo de la lluvia, siguiendo con los ojos las gotas que se deslizaban por el vidrio.

—Mañana, si deja de llover, podemos salir al parque —dijo la madre, rompiendo el silencio con un tono ligero, como si la idea en sí misma pudiese despejar las nubes.

—Si deja de llover —respondió el hombre, alzando una ceja y sonriendo—. A este paso, vamos a necesitar un bote.

La niña rió suavemente. Fue un sonido pequeño, frágil, pero bastó para llenar el comedor de una calidez especial, de esas que no se ven, pero se sienten. Durante unos minutos, la tormenta no era más que un ruido lejano, un fondo constante que no amenazaba. La casa se sentía cerrada al mundo exterior, protegida, como si nada pudiera atravesar esas paredes.

Entonces se escuchó un golpe.

No fue fuerte, ni prolongado. Fue seco. Un impacto breve contra el techo, distinto al golpeteo irregular de la lluvia. Demasiado definido. Demasiado aislado.

La niña se sobresaltó y el tenedor resbaló de sus dedos, chocando contra el plato con un tintineo agudo.

—¿Qué fue eso? —preguntó, llevándose las manos al borde de la mesa. Su voz tembló apenas, lo suficiente para que los demás lo notaran.

El padre levantó la mirada de inmediato. Su sonrisa se desdibujó, no por miedo, sino por atención. Se quedó quieto, escuchando, mientras la lluvia seguía cayendo como si nada hubiese ocurrido.

—Tranquila —dijo el padre, con un tono firme pero amable, esforzándose por mantener la normalidad—. Seguramente fue una rama. Con este viento...

Sus palabras quedaron suspendidas unos segundos más de lo necesario, como si él mismo esperara que algo las contradijera.

El hijo frunció el ceño. No podía explicar qué le incomodaba de aquel sonido, pero sabía que no encajaba del todo con la tormenta. Había sido demasiado preciso, demasiado... intencional. Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando las manos en la mesa, preparado para levantarse, pero su padre ya se había puesto de pie.

—Voy a revisar —anunció.

Se movió hacia la ventana del comedor y apartó la cortina con cuidado, lo justo para asomarse. Afuera no había nada más que oscuridad compacta, interrumpida por la lluvia que caía en diagonales torcidas por el viento. El vidrio le devolvió el reflejo distorsionado de su propio rostro, pálido bajo la luz artificial. Intentó observar el techo desde el ángulo que le permitía la ventana. Nada. Ninguna sombra. Ningún movimiento extraño.

—¿Ves algo? —preguntó su esposa, sin levantar la voz, aunque su sonrisa se había tensado.

—Nada en absoluto —respondió él tras unos segundos—. Solo la tormenta.

Regresó a la mesa y tomó asiento, como si el simple gesto pudiera devolver las cosas a su lugar. Continuaron comiendo, pero la cena ya no tenía el mismo sabor. La conversación se apagó por sí sola. La niña avanzaba despacio, llevando el tenedor a la boca sin apartar del todo la mirada del techo, como si esperara que algo volviera a golpearlo. El adolescente sentía una presión incómoda en el pecho; le costaba respirar con normalidad, como si el aire se hubiese vuelto más pesado, más denso.

Pasaron varios minutos sin que ocurriera nada.

Demasiado silencio.

Entonces, la luz parpadeó.

Una vez. Dos veces.

Las sombras saltaron por las paredes, estirándose y contrayéndose de forma antinatural.

—¿Papá? —susurró la niña, aferrándose al borde de la mesa.

—Está bien —respondió él con rapidez, quizá demasiada—. A veces pasa cuando llueve fuerte.

Pero incluso mientras lo decía, algo en su interior permanecía tenso, alerta. Tenía la sensación incómoda de que la casa estaba escuchando, de que el silencio entre los truenos era más profundo de lo que debería ser, casi expectante.

Entonces llegó el sonido desde el piso superior.

No eran pasos definidos. No era un golpe. Era un roce lento, irregular, como si algo se desplazara arrastrándose sobre el suelo. El sonido fue breve, pero bastó. La madre dejó el vaso sobre la mesa con un cuidado excesivo, evitando que hiciera el menor ruido.




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