El calor del sol del verano ya entraba por el balcón, filtrándose entre las cortinas blancas, cuando Amelia despertó. Tomar el turno vespertino había sido la mejor decisión de su vida. Podía despertar pasando el medio día si quisiera. Pero ese día no. Ese día era diferente. Se levantó de un sobresalto de su cama, con una enorme sonrisa
- Bien. Hoy es el día. - Dijo con un brillo inusual en la mirada. Antes de correr a la ducha. Al poco tiempo unos berridos entonados resonaron por todo el lugar.
Su departamento no era grande, pero se veía toda la intención de que fuera acogedor, con plantas colgantes que rozaban el cristal. El sofá, cubierto de mantas y cojines suaves en tonos pastel, parecía más un refugio que un mueble. Sobre la pared, un pizarrón con múltiples pendientes convivía con cuadros pequeños, llenos de sonrisas en fotos que habían congelado un micro momento en el tiempo.
Una mesa aguardaba ligeramente desordenada a que alguien la limpiara: libretas abiertas, lápices y plumas fuera de su lugar, una laptop suspendida, esperando volver a la acción, una taza adornada con un mensaje motivacional: “Tú puedes. No te rindas” tenía café frío a medio beber. Aquella escena era una prueba clara de que Amelia, era de esas personas que empezaba muchas cosas al mismo tiempo y terminaba pocas.
El dormitorio seguía la misma dinámica que el sillón. Y se había convertido en algo diferente a su destino inicial, siendo, ahora, el refugio de diversos animales de peluche como si se tratase de algún zoológico o un refugio animal.
En el buró, descansaban dos fotos. En una, ella y su novio, Santiago, sonreían felices. En la otra, sus padres sonreían nerviosos y la miraban con esa expresión que decía: “Te amamos y confiamos en ti.”
Aquel lugar decía a gritos que era el departamento de una chica en sus veintes, viviendo sola por primera vez, y cada objeto parecía decir lo mismo: lo estoy intentando. Y, para sus padres y amigos, eso ya era bastante.
Amelia no tardó en salir de la ducha, completamente fresca envuelta en una toalla, tarareando una canción con el cabello empapado goteando. Con aire risueño se dirigió a la cocina. Pan a la tostadora. Mermelada en el cuchillo.
<<Hoy sí. >> Pensó. <<Estoy decidida. Hoy sí entraré a la universidad.>>
Se dijo mientras untaba la mermelada en el pan. << Solo voy a preguntar. >> Se animó. Dándole un mordisco a la tostada. - No es como si ya me fuera a sentar en un pupitre. - Se dijo, aún con el pan todavía en la mano. - Además… - Caminó hacia el closet. <<Hoy estoy lista. Llevo días preparando el outfit perfecto. - Sacó del closet una blusa clara sin mangas, con olanes en los hombros y un pequeño moño negro al cuello. Y lo combinó con una falda larga negra y unos zapatos bajos del mismo color. Amelia sonrió al verse al espejo. <<Esto me dará el empujón que necesito.>> Comenzó a posar. <<No importa que me haya costado el salario de una semana. Debo verme. Visualizarme, como toda una universitaria. Esa es la idea.>> Se dijo a sí misma dándole un gran bocado a la tostada, que con el peso de la gravedad, cayó inevitablemente sobre su blusa blanca.
- Oh, no.
***
Más tarde, Amelia caminaba por la calle con los ánimos desinflados, tuvo que aceptar la derrota... La blusa blanca, fue insalvable y ahora descansaba en el bote de la ropa sucia, con una mancha rosada del tamaño de su mano, con pocas esperanzas de volver a verse tan linda como el día que la compró. <<Mil quinientos pesos tirados a la basura.>> Pensaba, sorbiéndose la nariz.
Ahora aquella falda desentonaba con absolutamente todo lo que había dentro de su closet. La había comprado solo para combinarla con esa blusa. Nada más. A cada paso que daba, le parecía que su ropa conspiraba contra su plan de verse como una universitaria sofisticada, empujándola de nuevo a parecer una Pippi Longstokin en tonos rosados y suaves, pero en vez de trenzas color zanahoria, llevaba el cabello largo y lacio con un mechón rosado, que se tiñó en un arranque impulsivo para confirmar su identidad.
A sus ojos ahora lucía un atuendo común y vulgar. El mismo que había traído las otras veces que había fracasado. A excepción de una diadema blanca con un pequeño adorno de flor de sakura, Era su favorita.
- Genial…- Murmuró. Sabía que su destino estaba cerca. - Simplemente genial. - Amelia se acarició su cabello con nerviosismo y se acomodó la diadema. <<Tranquila. Era esto o el uniforme de la cafetería Dark Moon. Concéntrate.>>
Llegó más rápido de lo que había esperado. El edificio era enorme. Serio. Imponente. Se detuvo en seco. Estudiantes pasaban a su lado, cargando mochilas pesadas, hablando de materias, horarios y exámenes. Amelia sintió cómo el ruido la envolvía. Un ligero hormigueo le recorrió las piernas, mientras su determinación comenzó a desvanecerse, arrastrada por las mismas dudas: ¿Tendré lo que se necesita para terminar la carrera? ¿Cómo saber si estoy eligiendo la correcta? ¿Y si a la mitad descubro que no es lo que deseaba? ¿O peor aún… si terminaba y al buscar trabajo se daba cuenta que no era realmente buena en ello?
Apretó los puños y sacudió la cabeza.
- No. Hoy no haré lo mismo. - Se dijo a sí misma. - Vamos, Mimi. Llevas casi tres años esperando este momento. Tú puedes. - Respiró hondo, y decidida dio un paso adelante. Entonces…