13 DEKÉMVRIOU
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—¿Qué haces, Dee?
—Es domingo por la mañana —respondo sin dejar de dibujar en la tableta gráfica—. ¿Qué crees que hago?
Dorian Vogiatzis, mi mejor amigo y el chico dorado de Foxley, se ríe.
—¿Otro diseño del vestido para tu τεlετου? ¿Cuántos van ya, quinientos?
—Casi, este es el número trescientos veintiséis.
La luz que entra por los arqueados ventanales ilumina el estudio entero a pesar de la ausencia del sol, resaltando el gran mural de las nueve musas danzando en la pared.
Aparto la vista del boceto del vestido turquesa para mirar a la pantalla del PC Exéli All-in-One sobre el escritorio. Dorian está en su habitación del Lycēu, viéndose tan guapo como siempre. Su pelo rubio oscuro está ligeramente despeinado y la picardía brilla en sus encantadores ojos del color del chocolate fundido.
—Cualquier vestido se verá espectacular en ti. No tienes que preocuparte tanto.
—Lo sé, pero quiero que sea uno realmente especial.
En Foxley, el τεlετου importa más que cualquier otra celebración. No es solo un cumpleaños, es el rito que marca nuestra entrada a la vida adulta antes de abandonar nuestras casas para ir al Lycēu.
—Yo también quiero que sea un día especial para ti.
La suave insinuación en su voz me pone algo nerviosa. El τεlετου es una celebración de varios ritos y uno de ellos consiste en escoger un compañero con el que adentrarse en la vida adulta. O sea, tener sexo.
El rito no es una obligación y puedes rechazarlo, pero nadie lo hace ya que es una tradición esperar hasta tu τεlετου para perder la virginidad. Muchos esperan hasta ese día para confesar su amor a la persona que les gusta eligiéndola; otros confirman su amor al elegir a su pareja y otros simplemente eligen a alguien que les atraiga y que les diga que sí. Porque siempre existe el riesgo de ser rechazado. Y puede llegar a ser un rechazo muy humillante; lo vi de cerca una vez. Pobre chica.
Sé que Dorian espera que lo elija igual que lo esperan los demás. Nuestra relación siempre ha sido exclusivamente de amistad, pero mis sentimientos por él son obvios.
—¿Volverás para las vacaciones de verano? —pregunto, cambiando de tema porque de momento lo único que me interesa de mi cumpleaños es que sea el mejor que nadie ha celebrado nunca. En los ritos ya pensaré después.
Conociéndome, Dorian no insiste.
—¿Te dijeron tus padres que planean que vayamos a las cabañas de la isla? Ariadne y su madre también irán.
Esas dos son como garrapatas pegadas a mi familia.
—No te hablaré si pasas tiempo con ella —advierto trazando nuevas líneas en el boceto.
Mis amenazas nunca son vacías.
Dorian suspira teatralmente y niega con la cabeza como si estuviera regañando a dos niñas problemáticas.
—¿No podemos ser todos buenos amigos?
—Tú eres mi único amigo —declaro tajantemente—. Los demás son solo caras con máscaras felices.
Esta vez su suspiro es real y más pesado.
—Te quiero, Dori —digo antes de que trate de decir algo que no sirva de nada.
Sus ojos se iluminan como siempre que digo esas palabras. Él sabe que no le digo eso a nadie más, ni siquiera a mis padres.
—Yo también te quiero, Dee.
☄️
Lo primero que veo al salir del estudio es el retrato de mi abuela.
Marjorie Chrysomallis era digna de ser esculpida por Miguel Ángel.
Con el pelo rubio ondulado, los ojos verdes y la piel dorada, todos rasgos clásicos de los Chrysomallis, fue considerada una de las mujeres más hermosas del mundo.
—Parecía un ángel, pero ciertamente no lo era.
Me tenso al escuchar las irrespetuosas palabras de mi madre, que camina por el pasillo hasta detenerse a mi lado.
—Por lo menos no era una hipócrita.
Tomo los ataques verbales de mi madre hacia mi abuela de manera personal, no solo porque la adoraba, sino porque nos parecemos de muchas maneras.
—Si hubiese dejado de lado su cinismo, hubiese entendido la belleza de lo que la rodeaba —sus palabras casi parecen responder a mis pensamientos—. Solo eligiendo ver lo bueno en lugar de lo malo, su final podría haber sido distinto.
Mi resoplido tiene un regusto amargo.
—Quizás simplemente no tenía ganas de vivir en vuestro utópico cuento de hadas. Tal vez no quería fingir, así que obligó a los demás a hacerlo por ella.
—Dánae... —pronuncia mi nombre en un tono que ruega por algo que soy incapaz de dar.
—¿Sabes por qué puse su retrato frente a la estancia de la casa en la que paso más tiempo? —pregunto girándome para encontrarme con su mirada—. Para verla todos los días y recordar quién quiero ser.
Soy inmune al dolor que veo en sus ojos. No me siento culpable por no pensar como ella. Estoy harta de que trate de hacer que vea el mundo a través de su lente de color rosa.
—Puedes ser como quieras, zoí mou —asegura dulcificando su voz —. Tu padre y yo nunca te impondremos nuestros pensamientos. Es solo que sentimos que serías más feliz si cambiases un poco tu punto de vista.
Pero ese es el problema con el punto de vista, que cada uno tiene el suyo.
Y la historia siempre cambia dependiendo de quien te la cuente.
En este mismo pasillo está retratada la historia de este lugar.
O más bien la historia desde el punto de vista de los Chrysomallis.
Más de doscientos años atrás, mis antepasados tuvieron el nada despreciable honor de descubrir el séptimo continente.
Curiosamente deshabitado, pero lleno de recursos naturales.
Mi antepasado, un ex marqués español exiliado, desembarcó con su flota de barcos y, tras contemplar la riqueza del continente sin dueño, decidió regalárselo a su amada esposa griega, que lo nombró Tasmanti.
Tasmanti se convirtió en un hogar no solo para ellos y su familia, sino para todos los habitantes de la isla griega Cyanida, que estaba apenas sobreviviendo a la conquista turca.
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Editado: 11.09.2026