16 DEKÉMVRIOU
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Cuenta una leyenda que Artemisa y Apolo nacieron en el séptimo día del séptimo mes después de siete meses de ser engendrados.
La mujer más importante del árbol genealógico de los Chrysomallis también tenía un mellizo sietemesino.
Razón por la que se convirtió en una tradición familiar. El culto a esos dos dioses, el número siete y los mellizos.
Sentada en la limouzína, reviso mi diario de mneme mientras la sonata n.º 11 de Mozart suena por los altavoces.
Mi rutina diaria está perfectamente programada. Todo, desde que me despierto escuchando la misma canción hasta lo que como y la hora a la que finaliza el día, está en un horario que rara vez varía.
Pero estos últimos días algo ha interferido con mi cuadriculada vida.
—¿Sabes cuándo va a terminar la calima? —pregunto a Stan con la esperanza de que me diga algo mejor que el "solo durará unos días" de mi padre.
Ya ha pasado casi una semana desde que la calima empezó.
—Anoche dijeron en las noticias que como máximo durará hasta el viernes —responde Stan, encontrándose con mi mirada por el espejo retrovisor—. Para el fin de semana, el cielo estará despejado.
Llegamos a la entrada de Silver Foxley Academy y, tras abrirme la puerta, Stan sujeta un paraguas bajo el que me refugio de la molesta arenisca. Tras dejarme en la puerta, se despide con una educada reverencia.
Hoy es el último día de clases antes de las vacaciones de verano, por lo que solo tenemos jornada escolar hasta la ceremonia de final de periodo que se celebra al mediodía.
Faltan tres meses para mi graduación. En ese momento ya se habrá celebrado mi τεlετου, por lo que podré comenzar mi carrera en el Lycēu en abril.
Entro al salón de mi primera clase y noto que Miss Coral no ha llegado todavía. También noto que mis compañeros me observan de manera poco disimulada en un expectante silencio.
Parece que la calima no es lo único que va a romper mi rutina hoy.
Avanzo con tranquilidad hasta mi escritorio mientras me quito los guantes. Retiro el asiento de terciopelo azulado para sentarme y dejo el bolso maletín en el gancho. Solo entonces observo lo que alguien ha dejado sobre mi escritorio.
Un libro.
La portada es un fondo blanco con ramas doradas entretejidas.
Una corona de oro está sujeta entre las ramas.
El Príncipe Cruel.
Capto el mensaje.
Levanto la mirada y mis compañeros apartan rápidamente la suya, aunque no antes de que perciba su deleite. No se atreven a ser ellos los que se opongan a mi despotismo, pero disfrutan de que haya una persona dispuesta a hacerlo.
Y solo hay una persona.
Una persona que me regala un libro de fantasía juvenil para decirme que soy mala.
Tal vez estoy siendo demasiado blanda.
La tonta de Ariadne ni siquiera ha hecho el punto que cree.
—¿De quién es? —pregunto al aire porque me encantan mis juegos.
—Es mi regalo para este día tan especial —declara Ariadne girando en su asiento para mirarme con una presumida sonrisa—. Pensé que lo podrías encontrar interesante.
Sí, hay una gran ironía en recibir este libro justo hoy. Tal vez ha hecho medio punto.
Y en realidad es un gran regalo. Nosotros podemos leer libros de autores de otros continentes gracias a Internet, pero los libros físicos no llegan aquí.
La lectura siempre ha sido uno de mis pasatiempos y me gusta tener mis favoritos en papel. Otra cosa que mis padres repudian porque el papel que usan proviene de la tala de árboles.
—Me pareció interesante lo hipócrita que era Jude —pronuncio las palabras con una lentitud intencionada—. Juzgaba a Cardan cuando en realidad lo que quería era ser como él.
Me reclino en el cómodo asiento con la mirada fija en ella antes de continuar:
—Se hubiera casado con un troll si eso la hacía un hada. Su obsesión me recordó a la de Bella por ser un vampiro. La conclusión de ambos libros es la misma: los seres humanos envidian a los que son mejores que ellos y su obsesión por igualarlos a veces les lleva al amor y otras al odio —alzo la ceja con ironía—. Aunque detrás de eso lo que hay en realidad es una profunda envidia.
La sonrisa en la boca de Ariadne se marchita. Obviamente, es del tipo que ni siquiera hace un análisis de lo que lee. Simplemente ve a la prota odiar a otro personaje y asume que son la buena y el malo.
Debe creer que es lo mismo en nuestra historia. Ella, siendo la heroína que lucha contra la malvada villana. Aunque, como la buena de Jude, solo es una justiciera porque no tiene otra opción.
—Lo que no entiendo es qué quieres decirme a través del libro —continuo sin dejarla responder—. ¿Que me odias, pero quieres un hueco en mi mundo porque lo amas? ¿Que te sientes atraída en secreto hacia mí y quieres que nos casemos y gobernemos juntas? ¿O que incluso si te mando al exilio no te rendirás?
Varios de nuestros compañeros se ríen y no es tanto por adularme como porque en el fondo les divierte ver a dos personas destrozarse verbalmente. Es algo inherente al ser humano. Algo que se puede ignorar, pero no cambiar.
—En realidad, el mensaje del libro es que, por muy poderoso que sea un tirano, el ingenio de una persona común es capaz de derrotarlo —explica Ariadne recuperando su jactancia—. Cardan cometió un error al subestimar a Jude porque la veía por debajo de él.
Siento una risa burbujear en mi garganta. No una alegre.
—La veía por debajo de él porque ahí era donde estaba. Y donde terminó —hago una pequeña pausa antes de seguir—. El ingenio de Jude solo le sirvió para autoconvencerse de que estaba haciendo algo por alguien más que por sí misma al llevar una corona a juego con la de su malvado rey. Ni siquiera se dio cuenta de que solo era usada como un peón en el juego de alguien más siniestro. Al final terminó como siempre, humillada por Cardan.
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Editado: 11.09.2026