Calipso: Entre almas y demonios

☾ CAPÍTULO 2: LO QUE NO SE CUENTA ☽

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Pasaron tres semanas desde lo de Piedra Escarlata.

Tres semanas de carreteras secundarias, moteles de mala muerte y conversaciones que siempre terminaban en el mismo punto muerto. Trey había revisado el grimorio de cabo a rabo tres veces. Alec había llamado a todos sus contactos, tanto a los vivos como a los no tan vivos. Kicker había pasado noches enteras frente al ordenador, buscando en foros que ni siquiera él entendía del todo.

Nada.

Los Segadores no aparecían en ningún libro. Nadie había oído hablar de ellos. Era como si hubieran surgido de la nada, hubieran dicho lo que tenían que decir y se hubieran desvanecido en el aire. Alec mencionó una vez que, en los foros más antiguos, alguien hablaba de criaturas que apenas rozaban la frontera entre la vida y la muerte, seres que solo dejan rastros en historias que nadie se atreve a escribir. Algunos decían que los Segadores eran ecos de un tiempo olvidado, sombras de una guerra tan vieja que ni los demonios la recuerdan. Otros susurraban que son lo que viene antes de una gran ruptura, heraldos de algo que, tarde o temprano, trastorna el equilibrio. Pero todo eran susurros, rumores que se deshacían si uno los miraba demasiado de cerca.

Calipso los dejaba buscar. Les daba las gracias. Asentía con la cabeza cuando Trey le explicaba una nueva teoría descartada. Pero ya no escuchaba con la misma atención que antes.

Porque desde aquella noche, algo había cambiado dentro de ella.

No era el cuerpo. Era algo más profundo. Un despertar lento, como si una parte de ella que había estado dormida durante años hubiera abierto los ojos por primera vez. Pero ese despertar no llegaba limpio ni amable. Calipso lo sentía como una grieta que crecía dentro, una invasión sigilosa y persistente. Empezó con sueños. Imágenes borrosas que se desvanecían al despertar: un caballo blanco, una corona de huesos, un libro encuadernado en piel negra. A veces despertaba sobresaltada y temblorosa, buscando en las sombras de la habitación algo que explicara la desazón en el pecho. Luego vinieron las sensaciones. La certeza de que podía hacer más de lo que hacía. De que sus límites no eran los que ella creía. Ese pensamiento, lejos de reconfortarla, la llenaba de miedo; no sabía si quería ese poder, ni si alguna vez podría controlarlo. Una parte de ella luchaba contra lo que despertaba, aferrándose con fuerza a la rutina, al calor de sus amigos, negándose a aceptar que tal vez ya no era la misma.

Y luego, hace tres noches, la visita.

Había estado durmiendo en el asiento trasero del coche mientras Kicker conducía por una carretera oscura en algún lugar de Kansas. Los hermanos Braxton iban discutiendo en voz baja sobre la dirección correcta. Calipso se había dejado llevar por el ruido del motor y el vaivén del coche, y entonces el sueño la había atrapado.

No estaba en el coche. Estaba en un lugar que no existía. Un espacio vacío, gris, sin suelo ni cielo. Solo ella, flotando en la nada.

Y delante de ella, una figura.

Era una mujer. No podía decir su edad porque cambiaba cada vez que parpadeaba: a veces joven, a veces vieja, a veces algo que no era ni lo uno ni lo otro. Vestía de negro, pero no un negro común. Era el color de la ausencia. Del vacío. De lo que queda cuando todo lo demás se ha ido.

—Llevo mucho tiempo esperándote —dijo la mujer.

Su voz no llegaba a los oídos. Llegaba directamente a los huesos, a la sangre, a ese lugar dentro de Calipso que hasta hacía poco había estado dormido.

—¿Quién eres? —preguntó Calipso; su propia voz sonó pequeña en aquel vacío.

—He tenido muchos nombres. Parca. Segadora. La Huesuda. Pero el que más me gusta es el más simple. —La mujer sonrió y su sonrisa era amable y terrible al mismo tiempo—. Muerte. La Muerte auténtica. No la que conocen los hombres, ni la que temen los demonios. Yo soy la primera. La original. Y estoy aquí porque voy a morir.

Calipso quiso hablar, pero la Muerte levantó la mano.

—No es algo que pueda evitar. Todo lo que comienza, termina. Incluso yo. Pero antes de irme, debo dejar mi puesto a alguien. Alguien que sea mitad una cosa y mitad la otra. Alguien que entienda tanto la vida como la muerte. Alguien como tú.

—No quiero ser la Muerte —dijo Calipso.

—No importa lo que quieras. Importa lo que eres. Y tú, Calipso, eres la única que puede ocupar mi lugar. No ahora. Aún no estás lista. Pero dentro de unos años, cuando tu poder madure por completo, tendrás que decidir. ¿Aceptarás el testigo o lo rechazarás? Pero si lo rechazas, no habrá otro. El equilibrio se romperá. Y lo que venga después será peor que cualquier infierno que hayas conocido.

—¿Por qué me eliges a mí? ¿Por mis padres?

La Muerte negó con la cabeza.

Tus padres no eran especiales. Tu madre era una humana corriente que se enamoró de un demonio corriente. Murieron los dos antes de que pudieras conocerlos, asesinados por otros demonios que buscaban su poder. Pero tú... tú naciste con algo que ninguno de ellos tenía. Una chispa. Un vacío en tu interior que puede llenarse con la muerte misma. No eres especial por lo que heredaste. Eres especial por lo que eres. Hay quienes llevan todo el cielo o todo el infierno metido en la sangre. Pero en ti hay una puerta entre ambos sitios, una frontera andante. Eres como un eclipse: ni completamente sombra, ni completamente luz, sino el cruce entre dos cosas que rara vez se tocan. Eso te hace distinta. Esa fisura es lo que te permite ver, cruzar, y quizás cambiar el equilibrio entre los mundos.

—No entiendo nada.

—Lo entenderás. Con el tiempo. Pero ahora solo quiero que sepas una cosa: existe un libro. El Libro de los Jinetes del Apocalipsis. En él están escritas todas las verdades sobre los cuatro jinetes: la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte. Si vas a ocupar mi lugar, necesitas leerlo. Necesitas entender lo que significa ser lo que serás. Pero recuerda algo más: no todos los que han buscado ese libro han sobrevivido para contar lo que han encontrado. El libro tiene poder, más de lo que imaginas. Hay secretos en sus páginas que pueden trastornar la mente, abrir puertas que deberían permanecer cerradas. Algunos dicen que incluso pronunciar su verdadero nombre en voz alta puede cambiar el destino de quien lo pronuncie.




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