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Alguien lo dejó atrás mucho antes de que ellos llegaran. Había pertenecido a otros y a esos otros nadie los recordaba.
Lo encontraron por casualidad tres meses después de lo de Piedra Escarlata, cuando una cacería los llevó a las afueras de un pueblo olvidado de Kansas. El pueblo ni siquiera figuraba en los mapas actuales. Solo una carretera secundaria que nadie usaba, unas casas abandonadas y, al final de un camino de tierra que los árboles estaban tragando, una vieja casa de piedra.
Habían ido tras una criatura que resultó ser solo un mapache enfermo y de mala suerte. Pero cuando Alec propuso volver al coche y seguir adelante, Calipso se quedó mirando la casa.
—Podría servir —había dicho Trey, apoyado contra la puerta principal, evaluando la estructura con esos ojos que parecían medirlo todo.
—¿Para qué? —preguntó Alec—. ¿Para tener un sitio donde pudrirnos más lentamente?
—Para tener un sitio, punto. No podemos vivir siempre en moteles y en el coche.
Kicker había dado la razón a Trey, lo cual no ocurría a menudo. El interior era un desastre. Hojas secas amontonadas en las esquinas, una escalera de madera que crujía al mirarla, paredes agrietadas por donde se colaba el viento. Pero los cimientos eran sólidos. Pero el sótano estaba intacto. Kicker bajó primero, con una linterna en una mano y el revólver en la otra, y cuando la luz barrió el espacio subterráneo, todos se quedaron callados.
El sótano era grande. Mucho más de lo que parecía desde fuera. Las paredes eran de piedra maciza, el suelo de tierra compactada y, en el fondo, había una puerta de hierro que daba a una segunda cámara. Alguien había usado ese lugar para algo en algún momento. No para vivir. Para protegerse.
—Esto es un búnker —dijo Trey, pasando la mano por las paredes—. Antiguo. De los que se construían durante la Guerra Fría. Alguien lo reforzó después con símbolos de protección.
—¿Quién? —preguntó Alec.
—No lo sé. Pero lo hicieron bien.
Kicker caminó hasta el fondo, probó la puerta de hierro. Estaba cerrada, pero no con llave. Con algo peor. Un sello tallado en el metal que brilló débilmente cuando la luz de la linterna lo tocó.
—Magia —dijo en voz baja—. Magia vieja.
Calipso se acercó a él. Algo en ese sello le resultaba familiar, aunque no sabía por qué. Extendió una mano y tocó el metal. El sello parpadeó como si la reconociera y luego se apagó. La puerta se abrió con un chirrido metálico.
Dentro no había nada. Solo una habitación vacía, del mismo tamaño que la primera, con el suelo de tierra y las paredes de piedra. Pero el aire era diferente. Más limpio. Más seguro.
—Podríamos quedarnos aquí —dijo Calipso, sin pensarlo.
Kicker la miró. Trey también. Alec arqueó una ceja.
—¿En serio? ¿En este cascarón?
—En este cascarón —repitió ella, con una convicción que no esperaba—. Podemos arreglarlo. Reforzar lo que hace falta. Trey puede investigar los símbolos, Alec puede poner trampas en el perímetro, Kicker... Kicker puede hacer que no parezca una casa embrujada.
—Eso último va a ser difícil —murmuró Alec.
Pero nadie dijo que no.
Y así, durante las semanas siguientes, la casa de piedra en las afueras de aquel pueblo olvidado de Kansas se convirtió en algo que ninguno de ellos había tenido en años. Un lugar propio. No un motel. No un coche. No una casa de seguridad prestada. Un búnker. Un refugio. Una base.
Trey limpió los símbolos de protección y añadió otros nuevos, más fuertes, más modernos. Alec enterró trampas a lo largo del perímetro y colocó alarmas en todas las ventanas. Kicker reparó la puerta principal, cambió las tablas podridas de las ventanas por otras nuevas, instaló una estufa de leña en la sala principal que olía a hierro quemado y a esperanza. Calipso se encargó de las habitaciones. No había mucho que hacer: colchones viejos que encontraron en una tienda de segunda mano, sábanas que olían a detergente barato, una mesa grande que Alec arrastró desde el garaje hasta la sala principal.
Calipso colgó una lámpara en el techo de su habitación: una buhardilla pequeña con una ventana que daba al bosque y decidió que aquel era su sitio. Le gustaba tener un sitio al que volver. Un lugar donde los mapas se quedaban en la mesa sin que nadie los doblara mal. Donde podía dejar un libro abierto y encontrarlo igual al día siguiente.
Los hermanos Braxton compartían la planta baja. Trey tenía su rincón con los libros; Alec, su silla rota donde se sentaba a afilar cuchillos mientras escuchaba rock clásico en un viejo transistor. Kicker dormía en el sofá del salón, junto a la puerta, porque decía que así oía cualquier cosa que se acercara.
Nadie lo llamaba hogar. Era demasiado pronto para esa palabra.
Pasaron los meses. Las cacerías seguían, como siempre. Un aquelarre al sur de Misuri, un nido de vampiros en Colorado, un espíritu vengativo en una carretera perdida de Nebraska. Volvían al búnker cada vez que podían, aunque fuera solo por una noche. Dormían en sus propios colchones, comían en su propia mesa, guardaban sus armas en sus propias estanterías.
Y Calipso, que había pasado años sintiéndose como una invitada en la vida de los demás, empezó a sentir que aquel lugar era su hogar.
Pero los secretos no se quedan enterrados para siempre.
Esa noche, Trey revisaba un tomo encuadernado en piel que había encontrado en una subasta de objetos malditos en Nueva Orleans. Lo había limpiado él mismo de cualquier rastro oscuro, página por página, con paciencia de monje. Alec afilaba una hoja dentada con movimientos precisos y repetitivos, sentado en una silla que crujía cada vez que se movía. Kicker estaba de pie junto a la ventana más grande, mirando la noche a través de una rendija entre las tablas, con una mano dentro de la chaqueta donde guardaba el revólver. Calipso, sentada en el borde de la mesa con las piernas colgando, escuchaba todo sin interrumpir. Tenía diecisiete años ahora, pero su postura ya era la de alguien que ha aprendido a medir cada palabra antes de soltarla.
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Editado: 27.04.2026