Calipso: Entre almas y demonios

☾ CAPÍTULO 4: EL PRECIO DE LAS RESPUESTAS ☽

⛧ 。°✦ ☽༓☾ ✦ °。⛧

El pergamino estuvo escondido tres días en el doble fondo del armario de la habitación de Calipso, junto a un par de cuchillos de plata que ya no usaba y a una foto doblada del búnker recién encontrado, con los cuatro delante de la puerta principal, sonriendo como si fueran una familia de verdad. No lo había usado. No todavía. Valda era paciente y tenía que serlo más aún.

Los días en el búnker se habían vuelto rutinarios, casi domésticos. Kicker se levantaba siempre el primero, cuando el sol apenas asomaba por las rendijas de las ventanas tapiadas y ponía la cafetera a calentar en la estufa de leña. Trey solía aparecer después, con un grimorio bajo el brazo y alguna teoría nueva sobre la criatura que cazaban esa semana. Alec dormía hasta que el olor del café se colaba por debajo de su puerta, y salía malhumorado, con el pelo hecho un desastre y los ojos todavía medio cerrados, pero con las manos listas para lo que hiciera falta.

Calipso había aprendido a moverse en esos espacios. Sabía cuándo callar y cuándo hablar. Sabía cuándo ofrecer ayuda y cuándo apartarse para no estorbar. Pero también sabía que, desde los sueños con la Muerte, una parte de ella ya no estaba del todo allí. Era como si mirara el mundo a través de un cristal empañado: veía las formas, los colores, los movimientos, pero algo se interponía entre ella y lo real.

A veces, Kicker la llamaba por su nombre y ella tardaba unos segundos en reaccionar, perdiéndose entre palabras. Había noches en que oía risas al otro lado del pasillo y el impulso de unirse se apagaba antes de empujarla a levantarse. Si Alec le lanzaba una broma, ella sonreía, pero esa sonrisa era para ella misma, lejos de los demás. Esa nueva barrera invisible no solo la alejaba del mundo, sino que a veces la obligaba a retraerse cuando lo único que sus amigos necesitaban era oírla. Y aunque entendía que se volvía cada día más distante, no sabía cómo regresar del lugar donde la Muerte la reclamaba en sueños.

Esa mañana, Alec estaba sentado en la mesa principal con un plato de huevos revueltos que Kicker le había puesto delante sin preguntar. Trey hojeaba un mapa de Nebraska, marcando con cruces rojas los lugares donde habían desaparecido personas en las últimas dos semanas. Kicker observaba a través del cristal mientras sostenía la taza de café entre las manos, dejando que el vapor le rozara la cara.

—Hay algo raro en este caso —dijo Trey, sin levantar la vista—. Las desapariciones no siguen un patrón normal. No son lunas llenas ni días específicos. Es al azar. O eso parece.

—Nada es al azar —respondió Alec con la boca llena—. No en este trabajo.

—Por eso digo que es raro. Algo está eligiendo a sus víctimas por una razón que todavía no entiendo.

Calipso estaba sentada en el borde de la mesa, con las piernas colgando y una taza de café entre las manos. Escuchaba, asentía cuando tocaba, pero su mente estaba en otro sitio. Esa noche anterior, la Muerte había vuelto a visitarla en sueños. No había sido como otras veces. No había espacio gris ni palabras claras. Solo una imagen: un libro abierto sobre una superficie de piedra, cuyas páginas ardían con llamas que no quemaban el papel. Y una voz lejana que decía: "No esperes demasiado. El libro encuentra a quien lo busca, pero también atrae a quienes lo temen."

—Calipso.

Parpadeó. Trey la miraba desde el otro lado de la mesa, con esos ojos castaños que parecían ver siempre un poco más de lo que ella quería mostrar.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió demasiado rápido—. Solo cansada. No dormí bien.

—Has estado rara las últimas semanas —dijo Alec, pinchando un huevo con el tenedor—. Más callada de lo normal. Y lo tuyo, ya es decir.

—No estoy rara. Estoy pensando.

—Pensar en qué.

—En cómo matar al próximo hijo de puta que se cruce en nuestro camino. ¿Te sirve?

Alec soltó una risa corta y levantó las manos en señal de rendición.

—Tranquila, no iba a acusarte de nada. Solo pregunto.

Kicker cerró el puño contra la pared y lo dejó caer con un roce seco antes de girarse. Su mirada azul, profunda y cansada, recorrió a Calipso de arriba abajo. No dijo nada. Kicker nunca decía mucho cuando algo le preocupaba. Pero Calipso sabía leerlo: los labios apretados, la mandíbula tensa, las manos que se movían hacia los bolsillos de la chaqueta como si buscaran algo que hacer.

—Hoy vamos al pueblo —dijo Kicker, rompiendo el silencio—. Hay que reponer víveres y Trey quiere hablar con la dueña de la tienda de antigüedades. Dicen que tiene cosas que no debería tener.

—¿Cosas como qué? —preguntó Calipso.

—Como un espejo que habla —respondió Trey—. O eso dicen los rumores.

—Los espejos que hablan nunca son buena noticia —murmuró Alec.

—Los espejos que hablan son espejos, y punto —dijo Kicker—. Pero si hay algo detrás, lo averiguaremos.

El pueblo se llamaba Millsborough, y era de esos sitios que el tiempo había olvidado por pura pereza. Una calle principal con un semáforo que llevaba años parpadeando en amarillo, una iglesia con las puertas siempre abiertas y nadie dentro, y una tienda de antigüedades que olía a naftalina y a mentiras. La dueña era una mujer mayor llamada Edna, con gafas de pasta negra y dedos cubiertos de anillos que tintineaban cada vez que movía las manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.