Calipso: Entre almas y demonios

☾ CAPÍTULO 5: LAS PIEZAS EN SU LUGAR ☽

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Pasaron dos semanas desde la llamada con Valda. Dos semanas de cacerías rutinarias, de noches en el búnker, de miradas que Calipso esquivaba porque sabía que, si se encontraban con las suyas, alguien terminaría preguntando. Y ella no quería mentir. Pero tampoco podía decir la verdad.

El libro la llamaba.

No era una voz. No era un sueño. Era una sensación física, como un imán en el pecho que siempre apuntaba hacia el este. Lo sentía cuando se despertaba, cuando comía, cuando empuñaba un cuchillo en medio de una cacería. El libro quería que ella lo encontrara. Y ella, contra todo sentido común, quería encontrarlo también. Pero no era solo el llamado insaciable de algo ajeno; era la esperanza de entenderse a sí misma, de descubrir por fin si había una razón para esa sombra que le pesaba en los huesos desde hacía años. Tal vez, si lo encontraba, podría dejar de sentirse a merced del destino y, finalmente, tomar las riendas de su propia historia.

La Muerte había dejado de visitarla en sueños después de lo del espejo. Pero su presencia seguía ahí, como una sombra al borde de su campo visual, como un susurro que se callaba cuando ella giraba la cabeza. Calipso sabía que no estaba sola. Sabía que algo dentro de ella estaba cambiando, creciendo, preparándose para ocupar un lugar que no había pedido, pero que ya no podía rechazar.

El problema era encontrar el libro sin que los demás se dieran cuenta.

Trey había notado algo. Lo veía en la forma en que la miraba desde detrás del grimorio, con esos ojos castaños que parecían leer más allá de las palabras. Alec era más directo: le había preguntado dos veces si estaba enferma, si necesitaba descansar, si quería quedarse en el búnker mientras ellos salían a cazar. Kicker, por su parte, no preguntaba. Kicker observaba. Y cuando Kicker observaba, Calipso sabía que ya había llegado a sus propias conclusiones, aunque no las compartiera.

No podía seguir así. Tenía que encontrar el libro. Pronto.

La pista llegó de donde menos lo esperaba.

Estaban en un bar de carretera al sur de Illinois, a medio camino entre una cacería y la siguiente. Alec había conocido a un informante años atrás, un tipo flaco y nervioso que vendía información a cambio de protección y que siempre tenía algo jugoso cuando la cosa se ponía fea. Se llamaba Moe, llevaba una chaqueta de cuero tan vieja como él y olía a whisky barato.

—Hay algo moviéndose en el mercado negro —dijo Moe, bajando la voz aunque el bar estaba vacío—. Alguien está preguntando por un libro. Un libro muy específico. El de los Jinetes.

Kicker frunció el ceño.

—Ese libro no existe.

—Eso es lo que dice la gente que no sabe nada. La gente que sabe dice que sí. Y que no viene solo. Hablan de cuatro anillos que lo acompañan, piezas antiguas de poder. Nadie recuerda quién los forjó: unos dicen que fueron obra de los primeros magos antes de la caída de Babel; otros juran que se moldearon a partir de los huesos de los propios Jinetes, sellados para que sus nombres no volvieran a pronunciarse. Hay incluso una leyenda más antigua: que en una noche de tormenta, cuando el cielo se abrió como una herida, los magos antiguos cubrieron las huellas de los Jinetes con hierro fundido y hueso, y así nacieron los anillos, cada uno enfriado con la sangre de un rey caído.

Moe se inclinó hacia ellos.

—Dicen que quien reúna los cuatro puede abrir las puertas del umbral y hablar con la Muerte misma, pero siempre a cambio de algo que no se recupera jamás. Por eso los buscan todos: demonios, brujas, algún ángel caído. Y ahora vosotros también, aunque no lo sepáis.

Respiró hondo antes de continuar.

—Son más que reliquias. Funcionan como llaves. Si alguien los junta, puede despertar el poder de los Jinetes o liberar fuerzas que ningún humano debería tocar. Pero usarlos tiene un precio: te conviertes en objetivo de todos los que los codician y su poder podría arrasar ciudades o romper el equilibrio del mundo. Nadie sabe cuánto cuesta de verdad hasta que ya es tarde.

—Nosotros no buscamos nada —dijo Trey, con su voz calmada de siempre—. Solo cazamos.

—Claro, claro. Y yo soy el Papa. —Moe dio un trago a su vaso y se limpió la boca con la manga—. Mira, yo solo paso la información. Lo que hagáis con ella es cosa vuestra. Pero si os interesa el libro, hay un hombre en St. Louis que dice tener una copia. No es la original; dicen que la original está sellada en algún sitio al que nadie puede llegar. Pero una copia. Una que hicieron los monjes antes de que la iglesia quemara el original.

—¿Los monjes hicieron una copia? —preguntó Calipso, su voz sonó más aguda de lo que quería.

Moe la miró un segundo, evaluándola.

—Así me lo contaron. Pero ese hombre es peligroso. No es humano. Nadie sabe qué es, pero los que han ido a verle no han vuelto. Cobra caro por sus servicios.

—¿Cuánto? —preguntó Alec.

—No hablo de dinero. Hablo de favores. De esos que te manchan el alma para siempre.

El silencio se instaló en la mesa.

Calipso sintió el peso de tres miradas sobre ella. No dijo nada. Pero en su cabeza, las piezas empezaban a encajar.

El hombre de St. Louis vivía en una iglesia abandonada en el barrio más pobre de la ciudad. Las ventanas estaban tapiadas con láminas de metal oxidado, y la puerta principal había sido reforzada con barras de hierro que parecían recientes. Pero alguien había pintado runas negras en las paredes exteriores, símbolos que Trey reconoció al instante.




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